Océano mar – Alessandro Baricco
Last Updated on: 7th abril 2026, 11:49 am
La Posada Almayer, un hotel en el mar, da cobijo a personajes variopintos: un profesor que quiere escribir una Enciclopedia sobre los límites de la naturaleza; una mujer que ha engañado a su marido; un pintor de retratos dispuesto ahora a pintar el mar; una adolescente enferma, acompañada de un párroco que escribe poesías; un hombre hosco, que casi no habla con nadie, pero que parece poder comunicarse con otros telepáticamente; y otro, sin nombre, que no sale de su habitación sino hasta el final de la novela; todos compartiendo el mismo hotel regenteado por cuatro niños, en lo que parecería un cuento inocente, fantástico incluso, sino fuera porque detrás, en el trasfondo, está el horror.
Pero no nos adelantemos: conforme entendemos sus vidas pareciera que todos están ahí por algún tipo de malestar, al que el mar se antoja como remedio —Baricco hace un gran trabajo recordándonos que no es sino hasta el siglo XIX que la sociedad europea comenzó a ver al mar de manera distinta. Alain Corbin, historiador de las sensibilidades, aborda este tema en profundidad en sus obras “El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa (1750-1840)” y “El mar: terror y fascinación“. En ellas, explica que nuestra actual atracción por el litoral es una “invención” reciente, producto de una profunda conversión de las miradas. Baricco lo pone de este modo:
Sólo la ciencia puede ciertas cosas, ésa es la verdad. Barrer siglos de asco –el terrible mar, regazo de corrupción y de muerte– e inventar aquel idilio que poco a poco se iba difundiendo por todas las playas del mundo. Curaciones como amores.
En paralelo, un militar toma a su cargo a un soldado que ha estado en África, y que supuestamente “lo ha visto todo”. Se llama Adams, o Thomas, y su historia es una de venganza: ha sido uno de los 15 sobrevivientes del naufragio de la fragata Medusa, misma que en 1816 encallara frente a las costas de Mauritania, y cuyo horror fuera retratado por Théodore Gericault.
Tras encallar en los arrecifes, las balsas de salvamento fueron insuficientes, por lo que 147 personas terminaron en una balsa improvisada a la que, supuestamente, el resto de las barcas salvavidas remolcarían a tierra firme. No se sabe si por azar o por una cruel decisión, la balsa fue abandonada a su suerte.
Nos salvaremos, por el odio que profesamos a los que nos han abandonado, y regresaremos para mirarlos a los ojos, y ya no podrán volver a dormir ni vivir ni escapar a la maldición que seremos para ellos nosotros, los vivos, y ellos, asesinados cada día, para siempre, por su propia culpa -quizás sea esa luz silenciosa o el mar, que oscila perezoso, como una tregua, pero lo que ocurre es que los hombres callan y la desesperación se convierte en mansedumbre y orden y calma.
Entre las provisiones había barriles llenos de vino y, al poco tiempo, estalló una pelea entre los oficiales y los marineros. En la primera noche a la deriva, veinte hombres fueron asesinados o se suicidaron. Al cuarto día solo quedaban 67 personas con vida. Ante la falta de víveres y agua, recurrieron al canibalismo para poder sobrevivir.
Y, alrededor de ellos, el mar, en toda su magnificencia, en todo su poder y, también, su indiferencia.
Es allí donde levanto la mirada y lo veo –yo–, lo veo: el mar. Por primera vez, después de días y días, verdaderamente lo veo. Y oigo su voz desmedida y el fortísimo olor y, dentro, su imparable danza, ola infinita. Todo desaparece y sólo queda él, frente a mí, sobre mí. Una revelación. Se diluye la mortaja de dolor y de miedo que me ha robado el alma, se deshace la red de las infamias, de las crueldades, de los horrores que se han apoderado de mis ojos, se disuelve la sombra de la muerte que ha devorado mi mente, y en la luz repentina de una claridad imprevisible finalmente veo, y siento, y – comprendo. El mar. Parecía un espectador, hasta silencioso, cómplice. Parecía marco, escenario, telón. Ahora lo veo y comprendo: el mar era todo. Ha sido, desde el primer momento, todo. Lo veo bailar a mi alrededor, suntuoso en una luz de hielo, maravilloso monstruo infi-nito. Él estaba en las manos que mataban, en los muertos que morían, él estaba en la sed y en el hambre, en la agonía estaba él, en la cobardía y en la locura, él era el odio y la desesperación, era la piedad y la renuncia, él es esta sangre y esta carne, él es este horror y este esplendor. No hay balsa, no hay hombres, no hay palabras, sentimientos, gestos, nada. No hay culpables ni inocentes, condenados y salvados. Hay sólo mar. Todas las cosas se han convertido en mar. Nosotros, abandonados por la tierra, somos el vientre del mar, y el vientre del mar somos nosotros, y en nosotros respira y vive. Contemplo cómo baila en su capa esplendorosa para alegría de sus propios ojos invisibles y finalmente sé que ésta no es la derrota de ningún hombre, puesto que todo esto se trata solamente del triunfo del mar, y de su gloria.
Cualquier otro destino que se oponga ante esa fuerza es vana. Como el mar, la venganza resulta imparable.
El resto del libro es el colofón a las historias que hemos leído en un principio. “Los cantos del retorno”, los llama Baricco, pues es cierto que todos regresan a cierto origen –podría pensarse, por esto, que el regreso implica algún tipo de salvación, pero no es así. El regreso es solo una parte más del trayecto que cada uno de nosotros debe transitar, pero la salvación hace mucho que se ha perdido para siempre. Tal es la conclusión de Thomas, o Adams si se quiere, y quizás el peso que el libro deja sobre cada uno de nosotros.
Cómo decírselo a una mujer así, que tú querrías salvarte, y todavía más, querrías salvarla a ella contigo, y no hacer otra cosa que salvarla y salvarte, toda una vida, pero no es posible, cada uno tiene un viaje que realizar, y entre los brazos de una mujer se termina recorriendo caminos enrevesados, que ni siquiera comprendes tú, y en el momento preciso no puedes contarlos, no tienes palabras para hacerlo, palabras que estén bien, ahí, entre esos besos y sobre la piel, palabras apropiadas no las hay, puedes pasarte una vida buscándolas en lo que eres y lo que has sentido, pero no las encuentras, tienen siempre una música errónea, es la música lo que les falta, ahí, entre los besos y sobre la piel, es cuestión de música. Así que al final dices algo, pero resulta poca cosa.
Citas de Océnano mar, de Alessandro Baricco
«No sé. Las cosas más extrañas. Pero no es miedo, exactamente miedo…, es algo distinto…, el miedo viene de fuera, eso lo he comprendido, tú estás ahí y se te viene encima el miedo, estás tú y está él…, es así…, está él y estoy yo también, y en cambio lo que me sucede a mí es que de repente yo ya no estoy, sólo queda él.., que sin embargo no es miedo…, yo no sé lo que es, ¿vos lo sabéis?»
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«En cierto modo es como sentirse morir. O desaparecer. Eso es: desaparecer. Parece como si los ojos se te desprendieran de la cara y las manos se convirtieran en las manos de otro, y entonces tú piensas ¿qué me está sucedien-do?, y mientras tanto el corazón te late dentro una barbaridad, no te deja en paz… y por todas partes es como si algunos trozos de ti se te desprendieran, ya no los sientes…, en resumen, que estás a punto de desvane-certe, y entonces yo me digo tienes que pensar en algo, tienes que mantenerte aferrada a un pensamiento, si consigo hacerme pequeña en ese pensamiento después todo pasará, sólo hay que resistir, pero lo cierto es que…, eso es de verdad el horror…, lo cierto es ya no hay pensamien-tos, en ninguna parte en tu interior, ya no queda ni un pensamiento sino sólo sensaciones, ¿comprendéis?, sensaciones… y la más grande es una fiebre infernal, es un hedor insoportable, un sabor a muerte aquí en la gargan-ta, una fiebre y una dentellada, algo que muerde, un demonio que te muerde y te hace pedazos, una…” pag 28
El trabajo me cansa y el mar se rebela a mis obstinados intentos por comprenderlo. No me había imaginado lo difícil que podía ser estar delante de él. Y vago, dando vueltas con mis instrumentos y mis cuadernos, sin hallar el principio de lo que busco, la entrada a una respuesta cualquiera. ¿Dónde empieza el final del mar? O más aún: ¿a qué nos referimos cuando decimos mar? ¿Nos referimos al inmenso monstruo capaz de devorar cualquier cosa o esa ola que espuma en torno a nuestros pies? ¿Al agua que te cabe en el cuenco de la mano o al abismo que nadie puede ver? ¿Lo decimos todo con una sola palabra o con una sola palabra lo ocultamos todo? Estoy aquí, a un paso del mar, y ni siquiera soy capaz de comprender dónde está él. El mar. El mar.”
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Puesto que el barón de Carewall jamás lo había visto, el mar viajaba, en su mente, como un polizón a bordo de un velero detenido en un puerto con las velas arriadas, inofensivo y superfluo.
Habría podido reposar allí para siempre. Pero vinieron a sacarlo del nido, en un instante, las palabras de un hombre vestido de negro cuyo nombre era Atterdel, el veredicto de un implacable hombre de ciencia llamado a obrar un milagro.
-Yo salvaré a vuestra hija. Y lo haré con el mar.
Dentro del mar. Era para no creerlo, el apestado y pútrido mar, receptáculo de los horrores, y antropófago monstruo abisal -antiguo y pagano-, desde siempre temido y ahora, de repente te invitan como a un paseo, te ordenan, porque es una cura, te empujan con implacable cortesía dentro del mar. Es la cura de moda hoy en día. Un mar preferiblemente frío y fuertemente salino y agitado, ya que la ola forma parte integrante de la cura, por lo que de temible lleva consigo, técnicamente para superar y moralmente para dominar, en un desafío temible, pensándolo bien, temible. Todo con la certeza -digamos que con la convic-ción- de que el gran regazo marino puede quebrar el envoltorio de la enfermedad, reactivar los canales de la vida, multiplicar la redentora secreción de las glándulas centrales y periféricas, linimento ideal para hidrófobos, me-
lancólicos, impotentes, anémicos, solitarios, malvados, envidiosos y locos. Como el loco que llevaron a Brixton,
bajo la mirada impermeable de doctores y científicos, y que fue sumergido a la fuerza en el agua helada, sacudida por las olas, y después sacado de allí y, una vez medidas las reacciones y contrarreacciones, vuelto a sumergir, a la fuerza, que quede claro,
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El mar parecía, de repente, haber estado esperándolas desde siempre. De creer a los médicos, permanecía allí, desde hacía mile-nios, perfeccionándose pacientemente, con el único y preciso fin de ofrecerse como ungüento milagroso que ofrecer a sus padecimientos, del alma y del cuerpo. Así como iban repitiendo en salones impecables a maridos y padres impecables, los impecables doctores, saboreando té y midiendo las palabras para explicar, con paradójica cortesía, que el asco del mar, y el shock, y el terror, eran, en ver-dad, seráfica cura para esterilidades, anorexias, desfallecimientos nerviosos, menopausias, sobreexcitaciones, de-sasosiegos, insomnios. Ideal experiencia para sanar las turbaciones de la juventud y preparar para las fatigas de los deberes mujeriles. Solemne bautismo inaugural de jovencitas tansformadas en mujeres. De modo que procurando olvidar por unos instantes al loco en el mar de Brixton
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Sólo la ciencia puede ciertas cosas, ésa es la verdad. Barrer siglos de asco -el terrible mar, regazo de corrupción y de muerte- e inventar aquel idilio que poco a poco se iba difundiendo por todas las playas del mundo. Curaciones como amores. Y además esto: un día, en la playa de Depper, las olas trajeron a la orilla una pequeña barca, un residuo, apenas un pe-cio. Y allí estaban ellos, los seducidos por la enfermedad, esparcidos por la kilométrica orilla, consumando cada uno su cópula marina, bordados elegantes sobre la arena hasta donde alcanza la vista, cada uno en su burbuja de emoción, lascivia y miedo. A la salud de la ciencia que allí los había convocado, todos bajaron de su cielo a paso lento hacia aquel pecio que se resistía a encallar en la arena, como un mensajero temeroso de llegar. Se acerca-ron. Lo arrastraron hasta la orilla. Y vieron. Recostado sobre el fondo de la barca, con la mirada dirigida hacia lo alto y un brazo extendido hacia adelante, ofreciendo algo que ya no estaba. Lo vieron: un santo. De madera era la estatua. Pintada. El manto descendía hasta los pies, una herida cortaba la garganta, pero el rostro, aquel ros. tro, nada sabía de todo ello y reposaba, apacible, sobre una divina serenidad. Nada más en la barca: sólo el santo. Sólo.
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Él, Adams, inmóvil y ausente, en medio de la habitación. Y a su alrededor la bacanal de la memoria y de la fantasía que explota para pintar el aire con las aventuras de una vida que, dicen, es la suya / trescientos kilómetros a pie en el desierto / jura que lo ha visto transformarse en un negro y después volverse de nuevo blanco / porque tenía tratos con el chamán local, ahí es donde aprendió a hacer el polvillo rojo que / cuando los capturaron, los ataron a todos a un único árbol enorme y esperaron a que los insectos los cubrieran completamente, pero él empezó a hablar en una lengua incomprensible y fue entonces cuando aquellos salvajes, de repente / jurando que él había estado en aquellas montañas, donde no desaparece nunca la luz, y por eso nadie ha vuelto nunca sano de mente, excepto él, que, al volver, dijo solamente / en la corte del sultán, donde había sido aceptado por su voz, que era bellísima, y él, cubierto de oro, tenía la misión de permanecer en la sala de torturas y de cantar mientras los otros hacían su trabajo, todo para que el sultán no tuviera que oír el fastidioso eco de los lamentos, sino la be-leza de aquel canto que / en el lago de Kabalaki, que es tan grande como el mar, y allí creían que era el mar, hasta que construyeron una barca hecha de hojas enormes, hojas de árbol, y con ella navegaron de una costa a la otra, y en aquella barca estaba él, podría jurarlo / recogiendo diamantes en la arena, con las manos, encadenados y desnudos, para que no pudieran huir, y él estaba justo allí en medio, tan cierto como / todos decían que había muerto, la tempestad se lo había llevado consigo, pero un día a uno le cortan las manos, delante de la puerta Tesfa, a un ladrón de agua, y yo me fijo bien, y era él, él sin duda / por eso se llama Adams, pero ha tenido mi-llamaha Ra Me Nivar, que en la lengua Iocal quería decir el hombre que vuela, y otra vez, en las costas africanas / en la ciudad de los muertos, donde nadie osaba entrar, porque había una maldición, desde hacía siglos, que hacía que le explotaran los ojos a todos los que…
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Ann Deverià caminando por la orilla, con su chal morado. A su lado, una muchacha que se llama Elisewin, con su parasol blanco. Tiene dieciséis años. Quizás muera, quizás viva. Quién sabe. Ann Deverià habla sin separar los ojos de la nada que tiene delante. Delante en muchos sentidos. -Mi padre no quería morir. Envejecía pero no moría. Las enfermedades lo iban consumiendo y él, impertérrito, seguía aferrado a la vida. Al final, ni siquiera salía de su ha-bitación. Había que hacerle todo. Y así durante años. Se había atrincherado en una especie de fortaleza, muy suya, construida en el rincón más invisible de sí mismo. Renunció a todo, pero se aferró, con ferocidad, a las dos únicas cosas que de verdad le importaban algo: escribir y odiar Escribía fatigosamente, con la mano que podía seguir moviendo. Y odiaba con los ojos. Hablar, no volvió a hablar hasta el final. Escribía y odiaba. Cuando murió -por-que murió, por fin-, mi madre cogió aquellos centenares de hojas garabateadas y las leyó una a una. Eran los nombres de todos aquellos a los que había conocido, uno debajo del otro. Y al lado de cada uno, la descripción minuciosa de una muerte horrenda. Yo no he leído esas hojas. Pero los ojos -aquellos ojos que odiaban, cada minuto, de cada día, hasta el final- sí que los vi. Vaya si los vi.
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Después no es que la vida vaya como tú te la imaginas. Sigue su camino. Y tú el tuyo. Y no son el mismo camino. Es así…
No es que yo quisiera ser feliz, eso no. Quería… salvarme, eso es, salvarme. Pero comprendí tarde por qué lado había que ir: por el lado de los deseos. Uno espera que sean otras cosas las que salven a la gente: el deber, la honesti-dad, ser buenos, ser justos. No, los deseos son los que nos salvan. Son lo único verdadero. Si estás con ellos, te salvarás. Pero lo comprendí demasiado tarde. Si a la vida le das tiempo, muestra extraños recovecos, inexorables: y adviertes que, llegado ese momento, no puedes desear nada sin hacerte daño. Y ahí se desbarata todo, no hay manera de escapar, cuanto más te revuelves, más se enmaraña la red; cuanto más te rebelas, más te hieres. No se puede salir. Cuando ya era demasiado tarde, yo empecé a desear. Con todas mis fuerzas. Me hice mucho daño, como tú no te puedes siquiera imaginar.
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- Decidnos algunos más, padre Pluche.
- Ah, ahora os interesan las oraciones, ¿eh, Plasson?
- No sé…, está la Oración por un niño que no es capaz de decir las erres, o bien la Oración de un hombre que está cayendo por un barranco y no quisiera morir…
- No puedo creerlo…
- Bueno, obviamente es muy corta, pocas palabras…, o bien la Oración de un viejo a quien le tiemblan las manos, cosas así…
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Uno se construye grandes historias, ésa es la verdad, y puede seguir creyéndoselas durante años, no importa lo absurdas que sean, ni lo inverosímiles, te las llevas contigo y basta. Se es hasta feliz con cosas así. Feliz. Y podría no acabar nunca. Luego, un día, sucede que se rompe algo en el corazón del gran artefacto fantástico, zas, sin razón alguna, se rompe de repente y tú te quedas ahí, sin comprender cómo es que toda aquella fabulosa historia ya no la llevas encima, sino delante, como si fuera la locura de otro y ese otro fueras tú. Zas. A veces, basta con nada. Incluso una sola pregunta que aflore. Basta con eso.
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Lo primero es mi nombre, lo segundo esos ojos, lo tercero un pensamiento: voy a morir, no mo-riré. Voy a morir no moriré voy a morir no moriré voy -el agua llega hasta las rodillas, la balsa se desliza bajo la superficie del mar, aplastada por el peso de demasiados hombres- a morir no moriré voy a morir no moriré -el olor, olor de miedo, de mar y de cuerpos, la madera que cruje bajo los pies, las voces, las cuerdas a las que aga-rrarse, mi ropa, mis armas, la cara del hombre que- voy a morir no moriré voy a morir no moriré voy a morir -las olas por todas partes, no hay que pensar ¿dónde está la tierra?, ¿quién nos lleva?, ¿quién tiene el mando?, el vien-to, la corriente, las plegarias como lamentos, las plegarias de rabia, el mar que grita, el miedo que
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Lo primero es mi nombre, lo segundo esos ojos, lo tercero un pensamiento, lo cuarto es la noche que se acerca, lo quinto son los cuerpos destrozados, atrapados entre los tablones de la balsa, un hombre como un pelele, colgado de un palo que le ha atravesado el tórax y que lo mantiene ahí, oscilando según la danza del mar, a la luz del día que descubre los muertos inmolados por el mar en la oscuridad, los separan uno a uno de sus horcas y al mar, que los ha atrapado, los restituyen, mar por todas partes, no hay tierra, no hay nave en el horizonte, nada -y es en ese paisaje de cadáveres y de nada donde un hombre se abre paso entre los otros y sin decir palabra se desliza hasta el agua y empieza a nadar, se va, simplemente, y otros lo ven y lo siguen, y a decir verdad algunos ni tan siquiera nadan, sólo se dejan caer al mar, sin moverse, desaparecen -incluso es dulce verlos —se abrazan antes de entregarse al mar -lágrimas en las caras de hombres inesperados- después se dejan caer al mar y respiran hondo el agua salada hasta bien dentro de los pulmones, abrasándolo todo, todo, nadie los detiene, nadie
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Nos salvaremos, por el odio que profesamos a los que nos han abandonado, y regresaremos para mirarlos a los ojos, y ya no podrán volver a dormir ni vivir ni escapar a la maldición que seremos para ellos nosotros, los vivos, y ellos, asesinados cada día, para siempre, por su propia culpa -quizás sea esa luz silenciosa o el mar, que oscila perezoso, como una tregua, pero lo que ocurre es que los hombres callan y la desesperación se convierte en mansedumbre y orden y calma -desfilan uno a uno ante nosotros, sus manos, nuestras manos, una ración para cada uno -es casi un absurdo, podría pensarse, en el corazón del mar, más de cien hombres derrotados, perdidos, derrotados, se alinean en orden, un dibujo perfecto en el caos sin dirección del vientre del mar, para sobrevivir, silenciosamente, con inhumana paciencia, e inhumana razón.
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el odio que busca un enemigo, rápido, para arrastrar al infierno -y en la luz que viene y desaparece recuerdo aquellos cuerpos corriendo hacia nuestros sables y el estallido de los disparos de fusil, y la sangre brotando de las heridas, y los pies resbalando sobre las cabezas aplastadas entre los tablones de la balsa, y aquellos desesperados arrastrándose con las piernas destrozadas hasta alguno de nosotros y, ya desarmados, mordernos en las piernas y permanecer aferrados esperando el disparo y la hoja que los destroce, al final -yo recuerdo-morir dos de los nuestros, literalmente despedazados a mordiscos por aquella bestia inhumana surgida de la nada de la noche, y morir decenas de ellos, descuartizados y ahogados, se arrastran por la balsa mirando hipnotizados sus mutilaciones, invocando a los santos mientras sumergen las manos en las heridas de los nuestros para arrancarles las vísceras -yo recuerdo-, un hombre se me echa encima, me aprieta el cuello con sus manos, y mientras intenta estrangularme no para de gimotear ni un instante «piedad, piedad, piedad», espectáculo absur-do, mi vida está en sus manos, y la suya sobre la punta de mi sable, que al final le penetra por un costado y después en el vientre y después en la garganta y después en la cabeza, que rueda al agua, y después en lo que queda, un amasijo de sangre, atrapado entre los tablones de la balsa, pelele inútil en el que empapo mi sable una vez, y dos y tres y cuatro y cinco
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Lo primero es mi nombre, lo segundo aquellos ojos, lo tercero un pensamiento, lo cuarto la noche que se acerca, lo quinto aquellos cuerpos destrozados, lo sexto es hambre, lo séptimo horror y lo octavo los fantasmas de la locura, afloran en aquella especie de matadero, hórrido campo de batalla enjuagado por las olas, cuerpos por todas partes, pedazos de cuer-pos, rostros verduscos, amarillentos, sangre coagulada en ojos sin pupilas, heridas abiertas y labios cuarteados, como cadáveres vomitados por la tierra, inconexo terremoto de muertos, moribundos, adoquinado de agonías engastadas en el peligroso esqueleto de la balsa en el que los vivos -los vivos- deambulan robando a los muertos miserias de nada, pero sobre todo desvaneciéndose en la locura uno a uno, cada cual a su manera, cada cual con sus fantasmas, arrebatados a la mente por el hambre, y por la sed, y por el miedo, y por la desesperación. Fantasmas. Todos los que ven tierra, ¡Tierra!, o naves en el horizonte. Gritan, y nadie los escucha. Hay uno que escribe una carta de protesta formal al almirante para expresar su indignación y denunciar la infamia y reclamar de manera oficial… Palabras, plegarias, visiones, un banco de peces voladores, una nube que indica el camino de la sal-vación, madres, hermanos, esposas que aparecen para enjugar las heridas y ofrecer agua y caricias, hay alguien que busca afanosamente su espejo, su espejo, quién ha visto mi espejo, devolvedme mi espejo, un espejo, mi es-pejo, un hombre que bendice a los moribundos con blasfemias y lamentos, y alguien habla al mar, en voz baja, le habla, sentado en el borde de la balsa, lo corteja, podría decirse, y oye sus respuestas, el mar que responde, un diálogo, el último, otros al final ceden a sus respuestas astutas y, convencidos, se dejan caer en el agua y se entregan al gran amigo que los devora llevándoselos lejos -mientras sobre la balsa, adelante y atrás, continúa corriendo Léon, Léon el muchacho, Léon el chico, Léon que tiene doce años, y la locura se ha apoderado de él, el terror se ha adueñado de él, y adelante y atrás corre de un lado para otro de la balsa gritando sin descanso un único grito madre mia madre mía madre mía madre mía, Léon de la dulce mirada y de la piel de terciopelo corre demencialmente, pájaro enjaulado, hasta matarse, le estalla el corazón, o quién sabe qué, dentro, quién sabe qué para hacer que se desplome de ese modo, de repente, con los ojos desorbitados y una convulsión en el pecho que lo sacude y al final lo arroja al suelo, inmóvil, de donde lo recogen los brazos de Gilbert -Gilbert, que lo quería- y lo abrazan con fuerza -Gilbert, que lo quería y ahora lo llora y lo besa, inconsolable, era extraño ver, allí en medio, en medio del infierno, la cara de aquel viejo que se inclina sobre los labios de aquel niño, era extraño ver esos be-sos, cómo puedo olvidarlos, yo que vi aquellos besos, yo sin fantasmas, yo con la muerte a cuestas y ni tan siquiera la gracia de algún fantasma o de alguna dulce locura, yo que he dejado de contar los días, pero sé que cada no-che, de nuevo, aparecerá aquella bestia, tendrá que apa-recer, la bestia del horror, el matadero nocturno, esta guerra que libramos, esta muerte que sembramos alrededor para no morir, nosotros que
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Es allí donde levanto la mirada y lo veo -yo-, lo veo: el mar. Por primera vez, después de días y días, verdaderamente lo veo. Y oigo su voz desmedida y el fortísimo olor y, dentro, su imparable danza, ola infini-ta. Todo desaparece y sólo queda él, frente a mí, sobre mí. Una revelación. Se diluye la mortaja de dolor y de miedo que me ha robado el alma, se deshace la red de las infamias, de las crueldades, de los horrores que se han apoderado de mis ojos, se disuelve la sombra de la muerte que ha devorado mi mente, y en la luz repentina de una claridad imprevisible finalmente veo, y siento, y – comprendo. El mar. Parecía un espectador, hasta silen-cioso, cómplice. Parecía marco, escenario, telón. Ahora lo veo y comprendo: el mar era todo. Ha sido, desde el primer momento, todo. Lo veo bailar a mi alrededor, suntuoso en una luz de hielo, maravilloso monstruo infi-nito. Él estaba en las manos que mataban, en los muertos que morían, él estaba en la sed y en el hambre, en la agonía estaba él, en la cobardía y en la locura, él era el odio y la desesperación, era la piedad y la renuncia, él es esta sangre y esta carne, él es este horror y este esplen-dor. No hay balsa, no hay hombres, no hay palabras, sen-timientos, gestos, nada. No hay culpables ni inocentes, condenados y salvados. Hay sólo mar. Todas las cosas se han convertido en mar. Nosotros, abandonados por la tierra, somos el vientre del mar, y el vientre del mar somos nosotros, y en nosotros respira y vive. Contemplo cómo baila en su capa esplendorosa para alegría de sus propios ojos invisibles y finalmente sé que ésta no es la derrota de ningún hombre, puesto que todo esto se trata solamente del triunfo del mar, y de su gloria,
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Es difícil comprender todo esto. Si tuviera una vida por delante, quizás me la pasaría relatando esta his-toria, sin pararme nunca, mil veces, hasta que, un día, llegara a comprenderla. Pero delante sólo tengo un hombre que aguarda mi cuchillo. Y luego mar, mar, mar.
La única persona que de verdad me ha enseñado algo, un viejo que se llamaba Darrell, decía siempre que hay tres clases de hombres: los que viven frente al mar, los que se internan en el mar y los que logran regresar, vivos, del mar. Y decía: ya verás qué sorpresa cuando descubras cuáles son los más felices. Yo era un niño, por aquel en-tonces. En invierno miraba las naves en dique seco, sujetas con enormes armazones de madera, con el casco al aire y la quilla cortando la arena como una cuchilla inútil. Y pensaba: yo no me quedaré aquí. Quiero llegar hasta el interior del mar. Porque si hay algo cierto en este mundo, está allí. Ahora estoy allí, en lo más profundo del vientre del mar. Todavía estoy vivo porque he matado sin piedad, porque como esta carne arrancada a los cadáveres de mis compañeros, porque he bebido su sangre. He visto infinitas cosas que desde la orilla del mar son invisi-bles. He visto lo que de verdad es el deseo, y lo que es el miedo. He visto a hombres desmoronarse y transformarse en niños. Y después cambiar de nuevo y convertirse en bestias feroces. He visto soñar sueños maravillosos, y he escuchado las historias más hermosas de mi vida, contadas por hombres cualesquiera un instante antes de lanzarse al mar y desaparecer para siempre. He leído en el cielo signos que no conocía y contemplado el horizonte con ojos que no creía poseer. He comprendido lo que es verdaderamente el odio sobre estos tablones ensangren-tados, con el agua del mar encima, pudriendo las heri-das. Y no sabía lo que es la piedad antes de haber visto nuestras manos de asesinos acariciando durante horas los cabellos de un compañero que no acababa de morir.
He visto la fiereza en los moribundos arrojados a patadas de la balsa, he visto la dulzura en los ojos de Gilbert mientras besaba a su pequeño Léon, he visto la inteligencia en los gestos con que Savigny bordaba su masacre, y he visto la locura en aquellos dos hombres que una ma-nana abrieron sus alas y se marcharon volando, por el cielo. Aunque viviera mil años más, amor sería el nombre del leve peso de Thérèse, entre mis brazos, antes de deslizarse entre las olas. Y destino sería el nombre de este océano mar, infinito y hermoso. No me equivocaba allá en la orilla, en aquellos inviernos, al pensar que aquí se encontraba la verdad. He tardado años en descender has-encontraba la verdad. He tardado años en descender hasta el fondo del vientre del mar: pero he hallado lo que buscaba. Las cosas ciertas. Incluso la más insoportable y atrozmente cierta entre todas. Esta mar es un espejo.
Aquí, en su vientre, me he visto a mí mismo. He visto de verdad.
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Y para ser verdaderos hemos tenido que morir. ¿Por qué? ¿Por qué las cosas sólo llegan a ser verdaderas en la dentellada de la desesperación? ¿Quién ha trastornado el mundo de esta manera, para que la verdad tenga que estar en el lado oscuro, y la inconfesable ciénaga de una humanidad repudiada sea la única tierra inmunda en donde crece, únicamente, lo que no es mentira? Y, al final, ¿qué clase de verdad es ésta, que apesta a cadáver, y crece en la sangre, se nutre de dolor, y vive donde el hombre se humilla, y triunfa donde el hombre se agosta? ¿Es la verdad de quién? ¿Es una verdad para nosotros? Allá en la orilla, en aquellos inviernos, yo imaginaba una verdad que era quietud, era regazo, era alivio, y clemencia, y dulzura. Era una verdad hecha para noso-tros. Que nos esperaba, y que se reclinaría sobre noso-tros, como una madre reencontrada. Pero aquí, en el vientre del mar, he visto a la verdad construir su nido, meticulosa y perfecta: y lo que he visto ha sido un ave ra-paz, majestuosa en el vuelo, y feroz. No sé. No era eso lo que soñaba, en invierno, cuando soñaba con esto.
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Sobre todo no soportaba que alguien pudiera decir de él que se había salvado. No podía oír aquella palabra: salvado. Bajaba la cabeza, y entrecerraba los ojos, de una forma que era imposible ol-vidar. Yo lo miraba en aquellos momentos y no lograba darle un nombre a lo que leía en su rostro, y que, lo sa-bía, era su secreto. Mil veces llegué a rozar ese nombre. Aquí, en esta balsa, en el vientre del mar, lo he hallado. Y ahora sé que Darrell era un hombre experto y sabio. Un hombre que había visto. Pero, por encima de todas las cosas, y en lo más profundo de cada uno de sus instantes, era un hombre -inconsolable. Eso es lo que me ha enseñado el vientre del mar. Que quien ha visto la verdad permanecerá para siempre inconsolable. Y verdaderamente salvado sólo lo está quien nunca ha estado en peligro. Incluso podría dibujarse, ahora, una nave en el horizonte, y correr hasta aquí sobre las olas, y llegar un instante antes que la muerte y llevarnos consigo, y hacernos regresar, vivos, vivos: pero no sería esto lo que, en verdad, podría salvarnos. Aunque volviéramos a encontrar alguna vez una tierra cualquiera, ya nunca podríamos ser salvados.
Y lo que hemos visto permanecerá en nuestros ojos, lo que hemos hecho permanecerá en nuestras manos, lo que hemos sentido permanecerá en nuestra alma. Y para siempre nosotros, los que hemos conocido las cosas ver-daderas, para siempre nosotros, los hijos del horror, para siempre nosotros, los retornados del vientre del mar, para siempre nosotros, los expertos y sapientes, para siempre -seremos inconsolables.
Inconsolables.
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Cómo decírselo a una mujer así, que tú querrías salvarte, y todavía más, querrías salvarla a ella contigo, y no hacer otra cosa que salvarla y salvarte, toda una vida, pero no es posible, cada uno tiene un viaje que realizar, y entre los brazos de una mujer se termina recorriendo caminos enrevesados, que ni siquiera comprendes tú, y en el momento preciso no puedes contarlos, no tienes palabras para hacerlo, palabras que estén bien, ahí, entre esos besos y sobre la piel, palabras apropiadas no las hay, puedes pasarte una vida buscándolas en lo que eres y lo que has sentido, pero no las encuentras, tienen siempre una música errónea, es la música lo que les falta, ahí, entre los besos y sobre la piel, es cuestión de música. Así que al final dices algo, pero resulta poca cosa.
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Al día siguiente, Elisewin se marchó. Era a Carewall adonde quería regresar. Tardaría un mes, o toda una vida, pero allí regresaría. De lo que la esperaba no conseguía imaginarse gran cosa. Sólo sabía que todas aquellas historias, custodiadas en su interior, las tendría consigo, y para siempre. Sabía que en cualquier hombre que amara buscaría el sabor de Thomas. Y sabía que ninguna tierra escondería, en ella, la huella del mar.
Todo lo demás no era nada todavía. Inventarlo -eso sería lo maravilloso.
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Te he amado, André, y no sabría imaginarme de qué forma puede amarse más. Tenía una vida que me hacía forma puede amarse más. Tenía una vida que me hacía feliz y dejé que se desmoronara con tal de estar junto a ti, No te amé por aburrimiento, ni por soledad, ni por capri. cho. Te amé porque el deseo que sentía por ti era más fuerte que cualquier felicidad. Y sabía además que la vida no es lo suficientemente grande como para abarcar todo lo que consigue imaginarse el deseo. Pero no intenté detenerme, ni detenerte. Sabía que lo haría ella. Y lo hizo. Estalló de pronto. Había esquirlas por todas partes, y cortaban como cuchillos.
Después llegué aquí. Y esto no resulta fácil de explicar.
Mi marido pensaba que era un sitio para curarse. Pero curarse es una palabra demasiado pequeña para lo que aquí sucede. Y simple. Éste es un lugar donde te despides de ti mismo. Lo que eres se te va desprendiendo poco a poco. Y lo dejas atrás, paso a paso, en esta orilla que no conoce el tiempo y que vive un único día, siempre el mismo. El presente desaparece y tú te conviertes en memoria. Te despojas de todo, miedos, sentimientos, deseos: los guardas, como trajes viejos, en el armario de una desconocida sabiduría y de una paz inesperada. ¿Puedes comprenderme?
¿Puedes comprender que todo esto… es bello?
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Créeme, no se trata de una manera, más leve, de morir. Nunca me he sentido más viva que ahora. Pero es dis-tinto. Lo que soy es algo ya sucedido: y aquí, y ahora, vive en mí como un paso en una huella, como un sonido en un eco y como un enigma en su respuesta. No muere, no, no es eso. Se desliza hacia el otro lado de la vida. Con una ligereza que parece una danza.
Es un modo de perderlo todo, para encontrarlo todo.
Si consigues comprender todo esto, me creerás cuando te diga que me resulta imposible pensar en el futuro.
El futuro es una idea que se ha desprendido de mí. No es importante. Ya no significa nada. Yo ya no tengo ojos para verlo.
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Todo lo había preparado la tía Matilde, y Bartleboom no había podido oponerse categóricamente. Se había pro-metido. Pero no lo había asimilado muy bien. Había perdido un poco de aquel brillo…, se le había empañado el alma, no sé si me explico. Era como si hubiera estado esperando algo distinto, algo bien distinto. No estaba preparado para una normalidad como aquélla. Iba tirando, nada más. Después, un día, allí en Bad Hollen, fue con su prometida y su próstata a una recepción elegante, champán por todas partes y musiquillas alegres. Valses. Y allí se encontró con aquella Anna Ancher. Era una mujer es-pecial. Pintaba. Y bien, decían. Para entendernos, algo muy distinto de esa Maria Luigia Severina. Fue ella la que lo paró, en el guirigay de la fiesta.
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