Mujeres – Charles Bukowski

Solamente quería cortar, estar muerto antes que llegara la muerte

“El cuerpo humano es sexuado. Es bien sabido que esta diferencia, la de los sexos, es el paradigma de la incompletitud no sólo de los cuerpos sino de los espíritus”, dice Lyotard en uno de sus ensayos. Este paradigma implica una búsqueda, un viaje, como muchos de nosotros sabemos. Luego Bolaño apunta: “los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí”.

Esto lo sabía Bukowski back in 1983 cuando publicó Mujeres, novela donde Henry Chinaski se encuentra en un excelente momento de su carrera literaria y se la pasa leyendo poemas, emborrachándose, y acostándose con mujeres. Esa es una primera lectura, la cómoda, la aspiracional (de tantos escritores “seducidos” por ese camino para dotar de emoción sus aburridos días), la superficial.

Las relaciones humanas eran extrañas. Quiero decir que pasabas un tiempo con una persona, comiendo, durmiendo y viviendo con ella, amándola, hablando con ella, yendo a los sitios juntos y, de repente, todo cesaba. Luego había un corto periodo de tiempo durante el cual no estabas con nadie, pero entonces otra mujer aparecía y tu comías con ella y jodías con ella y todo parecía tan normal como si hubieses estado esperando a que llegara y ella hubiese estado esperándote a ti.

La segunda lectura es la soledad, el sinsentido, la realidad kafkiana reducida a alcohol y sexo porque en ningún otro lugar es posible encontrarse a sí mismo. Mailer una vez apuntó, parafraseando, que el hombre solamente puede encontrarse a sí mismo en medio de una borrachera. A este hombre no le interesa nada, porque el mundo ha dejado de tener sentido. Ni el amor, siquiera, es un puerto seguro. A lo largo de las citas sarcásticas y las descripciones crudas de sus encuentros con distintas mujeres, Bukowski va revelando la enfermedad de este siglo: la insatisfacción.  Luego, los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega.

Como comentario final, la traducción de Anagrama deja mucho que desear. No tengo nada contra las traducciones españolas, pero esta en particular esta llena de inconsistencias que valdría la pena revisar. Por lo demás, la historia supera estas trabas, y el libro es un excelente opción para cualquier lector entusiasta.

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