Balas en los ojos – Gabriel Rodríguez Liceaga

Lo que nos queda es inventarnos un mejor pasado, la ficción que resulta al sumar mentira y memoria

Para los que conozcan a Gabriel, o al menos lean su blog, verán en este libro algunas ideas familiares. La premisa de Balas en los ojos es la siguiente: Genaro recuerda el suicidio de su madre, y emprende una búsqueda por encontrar las pinturas que ella hacía cuando estaba viva. En el inter, habla de su padre, de su hermana, del Cruz Azul, de su amigo Miguel, de Mirna (una chica que le llama por teléfono para pedirle que borre su número de un baño público), de su trabajo, y de un par de etcéteras. La contraportada anuncia: “en esta novela (…) se palpa el vacío sentimental y la escasa preocupación humana que atosiga a los habitantes del joven siglo XXI, en un peculiar entorno urbano que sobrevive plagado de esperanzas demasiado desechables y personajes a los que ya no les queda mucho por ofrecer”.

Omitiré opinar de más por dos cosas: la novela es buena y cualquier detalle que pudiera comentar alrededor de ella sería un ejercicio de “intelectualidad” más allá del gusto sincero que me ha provocado leerla. Dos: el respeto profundo que Gabriel me inspira por atreverse a vivir esa vida que desde mi oficina sólo parece un sueño.

Diré, sin embargo, dos cosas: Gabriel maneja perfectamente lo que Palahniuk apunta como “Big voice vs Little voice”, esa capacidad del narrador para balancear dos narraciones: Big voice, donde el narrador habla directamente al lector, con observaciones acerca del mundo sin describir ninguna acción o situación física dentro de este, y Little voice, que apunta a las descripciones de las escenas o acciones físicas en el universo de la novela. Pero es la big voice de Balas en los ojos lo que emociona de esta novela, chest-thumping rants, imágenes que logran resignificar la realidad que nos rodea, dotar de un nuevo sentido a los perros callejeros, a las bromas en la televisión, al Paseo de la Reforma, a una película porno.

Segundo: citando a Papeles Falsos, Gabriel pertenece a esa idea que Luiselli apunta: el lenguaje nos es insuficiente, y el papel de la escritura no es dar mayor claridad, sino distribuir silencios y vacíos. Hacerle hueco a la lectura.

No sé cómo explicar lo que sentí en ese momento. Ni siquiera me voy a esforzar en hacerlo. Tal vez por eso mismo decidí abandonar la escritura. Cuesta muchísimo trabajo seguir vivo en este mundo imposible de narrar.

Genaro y el perro son la misma cosa. Mirna y las pinturas, un mismo asidero que no llega. Todo, una serie de nostalgias que se van sucediendo unas a otras. El subtítulo de la novela es Historia de un suicidio. Pero no es el de la madre, sino el de todos nosotros en este siglo que nos sofoca.

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