Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo) – Mario Levrero

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mario levrero nick carterReseñar un libro de Mario Levrero exige un ejercicio atípico: ¿se juzgará a partir de las convenciones de la narrativa convencional? ¿Se le pedirá, como estamos acostumbrados, de un planteamiento, desarrollo y conclusión? ¿Necesitaremos, como lectores, sentirnos dentro de esa zona de confort que da el saber que, cerca de la última página, llegaremos a un desenlace? El lector tradicional, habituado a estos modelos –como la cama se amolda al cuerpo– encontrará en Levrero a un escritor poco digerible. El mote es de sobra conocido: Levrero es un raro. Tanto Bretón, en su Antología del Humor Negro, como Ruben Darío, con su libro Los Raros, gestionan en el mundo de la literatura un nuevo apartado para escritores poco convencionales. En palabras de Darío, hay en ellos jerarquías intelectuales, desdén a lo vulgar y la misma religión de belleza. Bretón es menos rígido con su esquema: para él, sus raros tienen que ver con lo subversivo, la separación consciente de lo convencional, la falta de solemnidad:

Para participar en el torneo negro del humor es indispensable haber salido victorioso de numerosas eliminatorias. El humor negro tiene demasiadas fronteras: la tontería, la ironía escéptica, la broma sin gravedad… (la enumeración sería larga), pero, sobre todo, es el enemigo mortal del sentimentalismo con aire perpetuamente acorralado –el eterno sentimentalismo sobre fondo azul– y de una cierta fantasía de corto vuelo, que se toma demasiado a menudo por poesía, persiste vanamente en querer someter el espíritu a sus caducos artificios, y que no dispone ya de mucho tiempo para alzar sobre el sol, entre las demás semillas de adormidera, su cabeza de grulla coronada.

Levrero, así, entra a formar parte de esta tradición, con una salvedad: su estilo no ha generado escuela –a diferencia del realismo mágico, cuyo engendro más claro es Isabel Allende– y pese a que la etiqueta formal más simple es la de surrealista, lo cierto es que su obra posee reglas propias que otros escritores no han podido –o han decidido no– seguir. Dicho esto, Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo) es una nouvelle publicada en 1975, y funciona en dos sentidos: como homenaje a la literatura policial popular, de la que Levrero era ávido lector –en particular al detective homónimo que inspira esta novela–, así como ejercicio metaliterario –la literatura sucediendo fuera del texto–.

Me distraje de los detalles. Sabía vagamente que una hija del Lord se había casado y habitaba con su marido un castillo; sabía que a ese castillo se invitaban a menudo personalidades… Pero comencé a preocuparme por mi imagen en el espejo: se había levantado del sillón y salía de la pieza. Traté de que el Lord no advirtiera mi preocupación, pero no podía menos que estar pendiente de lo que sucedía en el espejo.

La novela comienza con el encuentro de Nick Carter con un Lord que desea resolver una serie de amenazas que han recibido en el marco de una fiesta a celebrarse en el castillo de su hija. Nick Carter acepta la misión, pero en el inter necesita resolver otros misterios: el acecho de la Arácnida, así como la amenaza de Watson, el socio de los monstruos marinos. Como toda novela policiaca, cada hecho está relacionado entre sí y las vueltas de tuerca sirven a Levrero para mantener la tensión en la frenética serie de situaciones de las que somos testigos: trampas mortales con muñecas inflables, pesadillas en París, ataques de monstruos marinos, así como un drama edípico tejido en la raíz de la trama inicial. Levrero incluso se da el permiso de parodiar Los crímenes de la calle Morgue, primer cuento del tipo “misterio de la habitación cerrada” que, en 1841, generaría la escuela de la novela y el cuento policial:

Fue un crimen diabólico, preparado con dos generaciones de anticipación. El asesino, forzosamente, debía ser un científico experto en genética, quien alteró los cromosomas del padre y de la madre de Sir Richard, probablemente un tiempo antes de la boda. Así, Sir Richard llevaba en su código genético la orden de su propia destrucción, dentro de un plazo que podía ser perfectamente calculado por este hábil, genial y depravado científico… al enviarle, ahora, la amenaza por carta, lo obligaba a encerrarse por temor, y de este modo se creaba un falso enigma de Cuarto Cerrado. Era el crimen perfecto. Sólo que no contó con la presencia de Nick Carter.

Toda tu historia me parece estúpida y traída de los cabellos, le contesta su interlocutora. Es cierto: los disparates de la trama principal llevan al detective de absurdo en absurdo. Debajo de esta serie estupideces, Nick Carter es también una parodia, una crítica a la idea de identidad:

Y allí sales, Nick Carter, andrajo humano. ¿A quién crees que podrás engañar con tu burdo disfraz de jardinero? Allí vas, arrastrándote como un gusano, sin querer admitir el vacío perverso de tu vida. ¿Qué son las aventuras acumuladas? ¿De qué te han servido? ¿A quién han servido? Ve, hacia la estación de ferrocarril, llevando al asesino, el perverso Watson-Tinker en tu bolso de mano. Crees tener el triunfo seguro sabiéndolo todo de antemano. Pero te engañas, Carter, despojo humano. Te engañas como te has engañado siempre.

Entre los autores que escribieron la vida de Nick Carter, destacan dos: Frederick Van Rensselaer Dey, quien se suicidó en 1922 y de quien se escribe lo siguiente en el St. Louis Post-Dispatch:

Dey had an incorrigible imagination. It made him famous as a writer, but it also had its penalties… He had always indulged a penchant for playing that he was a millionaire and spent his money accordingly. He would pose as a wealthy sportsman, a rich California fruit-grower, a millionaire railroad official—any fiction that seemed to lend glamour to his momentary position was not beyond the reach of his voracious imagination. As for the expense of his posing, that didn’t matter. It was worth any price to him just to be regarded for a few minutes as the romantic figure he sought to impersonate.

En la novela hay un momento en que Nick Carter recuerda glorias pasadas frente al televisor. En el caso de Dey, su comportamiento parece tener intersecciones con el Nick Carter de Levrero:

“Ahí viene Nick Carter, el detective más famoso del mundo, a resolver un enigma”. Pero en el fondo de tu almita sabes que no es cierto. El enigma eres tú, Nick Carter, el único enigma verdadero que nunca has podido resolver, el enigma de tu vida vacía, de tu verdadera identidad.

Vivir lo que no se es, como el actor que encarna otras personas dentro de su propia piel. Dey: escribir para hacer vivir a otro. El encargo de aquellos escritores que tomaron su pluma para continuar la existencia de ese Nick Carter narcisista es algo que podría ser el subtexto que acusa Levrero: el ejercicio literario como fracaso del yo.

Por un momento piensa en detenerse, volver sobre sus pasos y esperar el próximo tren a Londres, desentendiéndose de Lord Ponsoby y del Castillo. Pero la imagen que él mismo ha impuesto de Nick Carter no puede destruirse en un fracaso. ¡Adelante, Nick Carter! ¡Cumple con tu papel hasta el final!

Por supuesto, esto no es sino una conjetura llevada al campo del escritor –en una entrevista, Levrero confiesa: el escritor es un ser misterioso que vive en mí, y que no se superpone con mi yo, pero que tampoco le es completamente ajeno–. La novela, llena de cambios en la voz narrativa –de primera a tercera persona, desde el POV de Nick Carter al de un narrador difuso–, así como de notas de humor hartamente disfrutables, hacen de éste un libro que no necesita mayor desglose que el que se ha comentado en la primera parte. En el campo de la interpretación, el resto corresponde a cada lector.

Por último, si les interesa conocer más de Levrero, lean su trilogía involuntaria, La ciudadParís y El lugar, de las que, si la vida nos alcanza, hablaremos en otro momento. Una entrevista interesante puede ser leída aquí.

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