Apuntes de la vida cotidiana no. 020319

Me ocurre, en ocasiones, que me llegan ecos de París, D.F., la primera novela que escribí hace ya cinco años. Se abalanzan, la mayoría mayoría de las veces, sin que yo sepa a bien qué hacer con ellos. Intento ordernarlos sin mucho éxito, poniéndolos en cajones o como notas al pie en referencia a otros textos. Hace unos días, por ejemplo, me ha llegado en mis redes sociales un recordatorio: hace dos años que se publicó la traducción de la novela al francés. De aquel libro surgió, en 2018, una invitación para asistir a un festival de literatura en Lyon que organiza la fundación Belles Latines. En una de esas charlas, una mujer apuntó que la novela se conectaba con El otro cielo, de Julio Cortázar.

Por supuesto que se conecta con Cortázar, pensé en aquel momento, pero de ese texto nunca había escuchado hablar siquiera.

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Recuerdo esta anécdota ahora que me he mudado a Dubai. Entre los folios que he traído conmigo están las páginas de ese cuento —digo folios porque, al lado de los libros que he empacado, hay un centenar de páginas sueltas con textos que espero algún día poder recuperar.

Leo las primeras líneas:

Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra.

Moverse, quiso decir Cortázar, de un espacio a otro, de un momento a otro, sin ninguna resistencia.

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No acepté que desconocía ese texto de Cortázar y di una respuesta vaga sobre Rayuela y la forma que tenemos de mirar la realidad —en aquel momento, la literatura era para mí un combate con lo cotidiano ennegrecido. Regresé a Barcelona —viví de fines de 2016 a comienzos de 2019 en la Ciudad Condal— y  busqué el texto referido: estaba en Todos los fuegos el fuego, libro que sin duda había leído y del que recordaba otros cuentos. ¿Sería, acaso, que el germen de aquella historia se había quedado suspendido en mi cabeza como un cáncer, esperando años para finalmente germinar?

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Un año o dos atrás, cuando solo existía la versión en español del libro, me pasó algo similar: unos amigos que estaban de visita en la ciudad me comentaron un momento en la novela de Palinuro de México en la que un personaje describe un mapa de París sobre la Ciudad de México. La idea era la misma que la tesis inicial de mi novela. En este caso, sin embargo, tenía la absoluta certeza que no había leído dicha novela —en otras palabras, no había ninguna posibilidad de influencia.

Quedé desconcertado.

palinuro

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Quién sabe cuánto hace que me repito todo esto.

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En los pocos días que llevo en Dubai tengo el pobre hábito de documentar mis trayectos a través de historias de Instagram. Hay una magia, sin embargo, que he perdido al recorrer la(s) ciudad(es), acaso aquella intuición que me acompañaba antes y me predisponía para el asombro, la certeza (habría que decir, más bien, el deseo) de que al doblar una calle, al entrar en un bar, alguna situación se desdoblaría como el que abre una carta o compra un billete de avión.

Quién sabe cuánto hace que me repito todo esto, y es penoso porque hubo una época en que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas, empujando apenas con el hombro cualquier rincón del aire.

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En esta habitación me pregunto si no me ha pasado lo mismo que al protagonista del cuento de Cortázar, si acaso no he perdido en todos estos trayectos el motivo mismo que impulsaba el viaje. Al mirar sus páginas recuerdo que esperaba escribir de esto, es decir, de esa forma cortazariana de mirar el azar y la manera en que terminan conectándose unas cosas con otras, pero por alguna razón en este par de años no lo he hecho, acaso porque creía que al evitar hacerlo retendría toda esa alquimia conmigo, como quien mantiene a sus fantasmas en el diván con la ilusión de poder acceder a ellos en cualquier momento.

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Uno intenta crearse una manera de ver su vida de forma tal que tenga sentido. Pero, ¿qué si no lo tiene?

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Casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre.

La idea es Benjamiana: en París, se transita de una calle a otra y de un momento de la historia a otro a través de estos pasajes. Recuerdo que, desde hace años, me siento en un túnel: atrás ha quedado mi juventud. Avanzo a otro momento, uno del que tengo solo algunas intuiciones —o, debería decir, preocupaciones, derivadas de mi incapacidad por forjarme una vida.

Sé, en todo caso, que no he terminado de cruzar, pero siento que estoy cerca de llegar al otro lado.

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Se señalaban, en la antigua Grecia, sitios que bajaban al submundo. También nuestro existir de la vigilia viene a ser una tierra donde, por huecos casi imperceptibles, se puede descender a ese submundo, donde se abren espacios por los cuales desembocan los sueños. Pasamos ante ellos diariamente sin sospechar siquiera su existencia mas, al llegar el sueño, en seguida tratamos de atraparlos dando apresurados manotazos, hasta que finalmente nos perdemos entre sus oscuros corredores. El laberinto de casas que conforma la red de las ciudades equivaldría a la conciencia diurna; los pasajes (que son las galerías que llevan a su existencia en el pasado) desembocan de día, inadvertidamente, en esas calles. Pero después, al llegar la noche, bajo las ciegas masas de las casas de nuevo surge la espesa oscuridad.

Walter Benjamin, Obra de los pasajes, C 1 a, 2

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Repaso el fajo de páginas frente a mí. ¿Qué quiero encontrar? Acaso el pasaje que me lleve de nuevo a la obsesión que sentía en aquel momento. Resulta impresionante que haya tanto que me conecte con esos párrafos que no recuerdo. Las calles, sí, entre una ciudad y otra, pero también aquellos dedos; Irma o Josiane (¿acaso no son la misma?); la amenaza de Laurent (una o varias imposibilidades); la sombra del sudamericano (otro espejo), por mencionar tan solo algunas. Podría seguir pero, ¿qué caso tiene ahora tejer entre sí todo esto? Encuentro otra nota:

…era como para sentirse agradecido a Laurent y al amo, el miedo ajeno me servía para recorrer con Josiane los pasajes y los cafés. 

*

Por más que intento regresar a ese momento, no logro traspasar la puerta. Evito engañarme, como el personaje de Cortázar, y me digo que el pasaje ha sido cerrado, ahora para siempre —uno quisiera que las cosas duraran más, que fueran más estables los encuentros azarosos, pero los ecos, ecos son: voces muertas de otro momento. Escucho, por el contrario, otras en el pasillo: vienen a limpiar la habitación del hotel en el que me encuentro. El texto quedará aquí, inacabado, sin ningún tipo de conclusión, como en realidad sucede con las historias que cruzan nuestra vida. Y no está mal así.

 

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