Last Updated on: 21st diciembre 2017, 05:58 pm
Concibo la literatura como el arte de apresar algo de la palpitación del tiempo.
Ah.
De entrada, me parece que es un libro que se necesita leer en voz alta. Escuchar nuestra propia voz a la distancia, e imaginar la historia que se abre desde un punto específico hasta encontrarnos en medio de un paraje donde hay que hacer una pausa. A veces, es como llegar al cine cuando la película ya empezó. Es difícil, cierto, agarrar el ritmo. A momentos se nota exagerado, barroco inclusive, luego regresa y se vuelve a ir. Frases fabulosas que contienen al cuento en sí mismas. Alguien dice: “Pinta más que escribe“. Tal vez. Tizón dice: “Para mí, la prosa es música“. Sí. Lo cierto es que vale la pena el ejercicio, una lectura para caminar por la calle, necesario para “que todo adquiera otro ritmo, una velocidad diferente”.
A través de situaciones disímiles, los once cuentos (‘Carta a Nabokov’, ‘Los viajes de Anatalia’, ‘Los puntos cardinales’, ‘La vida intermitente’, ‘Escenas en un pic-nic’, ‘Villa Borghese’, ‘Austin’, ‘Familia, desierto, teatro, casa’, ‘En cualquier lugar del atlas’, ‘Cubriré de flores tu palidez’, ‘Velocidad de los jardines’) que componen el libro dan forma a un lectura imprescindible, sobre todo si se busca una bocanada de aire fresco.
