Last Updated on: 21st diciembre 2017, 05:30 pm
La memoria guardará lo que valga la pena. La memoria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado.
En cada capítulo, que a lo mucho toma un par de páginas, Galeano retrata momentos clave para entender aquella década.
El terror sale de las sombras, actúa y vuelve a la oscuridad. Los ojos enrojecidos en la cara de una mujer, una silla vacía, una puerta hecha astillas, alguien que no regresará. Guatemala 1967. Argentina 1977.
Memoria es lo que nos hace falta. Recuerdo el caso de Alfredo Astíz, el ángel rubio de la muerte, “símbolo del secuestro, las desapariciones y la tortura durante la dictadura en Argentina”. Un hombre se lo encuentra en una parada de autobús. Vos sos Astíz, ¿no? Sí, ¿y vos, quién sos? ¡Yo soy el que te va a romper la cara, hijo de puta! La respuesta es un golpe directo a la cara. El atacante: un torturado.
A veces me pregunto cuántos habrán soñado con una oportunidad así…
¿Y nosotros? ¿Tendremos que ser víctimas del horror para decidir tomar postura? No. Ser revolucionario, en el sentido transformador de las instituciones políticas, sociales, económicas e ideológicas, no significa estar tristes. “A la patria, tarea por hacer, no vamos a levantarla con ladrillos de mierda. ¿Serviríamos para algo, a la hora del regreso, si volviéramos rotos? Requiere más coraje la alegría que la pena. A la pena, al fin y al cabo, estamos acostumbrados”.
Creo que la recomendación del libro es clara. Más allá de esto, tenemos la sombra del PRI que asoma tomar de nuevo el poder, coludido con la principal televisora del país. La mayoría de nosotros no le daría un putazo a Salinas, a Echeverría, al Chapo, etc., si lo tuvieran de frente. Ellos son los hijos de ese periodo, engendros contra los que nosotros no nos hemos rebelado. A nosotros nos toca construir un nuevo periodo, uno que verdaderamente valga la pena.
