Cantos de vida y esperanza – Rubén Darío (el modernismo)

Leer a Rubén Darío en la actualidad resulta un tanto anacrónico y cursi. Vivimos en un mundo distinto, y qué ganas tendría yo de escuchar cantar la aurora, pero en vez de eso, tengo cada mañana un concierto de cláxones afuera de mi ventana. La lección que nos enseño Cortázar sobre la sorpresa, el nock-out, se ha perdido: ahora sólo nos queda un terrible hastío, y la certeza de que todo pende de ilusiones.

Pero regreso a Darío. Este post no es una reseña, si acaso simplemente una lección de historia, misma que retomo del prólogo que Editores Mexicanos Unidos nos deja en su edición de Cantos de vida y esperanza. Walter Benjamin parafrasea a Kafka antes de perder la vida: “hay muchísima esperanza, pero no para nosotros”. Acaso la poesía sea el único camino.

Cuando en 1888 el nicaragüense Rubén Darío publicó Azul en Santiago de Chile, dio plena vigencia continental al modernismo, una corriente literaria que significó sobre todo la expresión de la acuciante necesidad de asumir una identidad propia que sentían los jóvenes creadores de América Latina.

Para Darío, jefe visible del movimiento, y para sus seguidores, esa búsqueda de la propia voz implicaba romper con la estructura literaria colonial impuesta por España, salir del cascarón en que los había encerrado su dependencia artística, acompasar su marcha a la de los nuevos escritores universales y a partir de allí catapultarse hacia una expresión original y genuina.

(…) Los modernistas tuvieron que encauzar su  movimiento por entre las embravecidas aguas de los cambios políticos, los estallidos sociales, el emergente poderío cultural del mundo anglosajón, los manotazos de ahogado de una España decadente y la temerosa reticencia del resto de la vieja Europa, que observó preocupada la vocación autonomista de los jóvenes literatos de un continente en ebullición. Fue por ello la de los modernistas una apuesta riesgosa que estuvo, además, pautada por la urgencia.

Modernismo fue en rigor una palabra que reflejó el primario objetivo de actualización, pero lo paradójico fue que esos jóvenes parricidas buscaron proyectarse hacia el presente afirmándose rotundamente en el pasado. Dice Mario Benedetti: “los modernistas se encontraron con que tenían en las manos un clasicismo que habían copiosamente imitado pero no re-creado; un romanticismo no menos imitado, que ya empezaba a resultarles incómodo y campanudo y además, un indigenismo balbuciente, cuyo atraso tenía poco que ver con lo europeo y sí con la exigente, postergada realidad. De esos tres atrasos surgió un solo adelante: el modernismo”.

(…)Al buscar los basamentos para ese despegue, los modernistas fueron mucho más allá de la paradoja inicial. Lectores de Verlaine y de Barbey D’Aurevilly, admiradores de Poe y de Ibsen, entusiasmados gustadores de los nuevos escritores rusos, buscaron el eco de su propia voz en resonancias extranjeras. Fundieron en un mismo crisol sintetizador, técnicas y manifestaciones culturales de diversas procedencias y a partir de ellas intentaron instrumentar una nueva modalidad expresiva y lingüística que les sirviera de original carta de presentación ante el universo literario.

Este peculiar mestizaje tuvo en el propio Darío un representante singularmente adecuado. Admirador de la cultura francesa, su obra verificó abundantemente la influencia de la sangre negra de sus ancestros africanos. (…) El primer resultado de todo eso no fue, claro, la verdadera autenticidad. Fue el cosmopolitismo. Eso de todos modos significó un avance notorio, que promovió el ingreso de la literatura de América Latina a la segunda etapa que Mariátegui distingue en el proceso literario de los pueblos.

Rubén Darío, como líder de un parteaguas en la historia de la literatura -y su corazón, la poesía-, es una parada obligada para aquel poeta que desea conocer de dónde viene, y hacia dónde quiere dirigir sus versos. En Cantos de vida y esperanza, Darío comparte sus confesiones “lanzado a la conquista de una felicidad esquiva”.

Es un testimonio de cansancio y de amargura que no siempre se atreve a decir su nombre y que aparece una y otra vez soterradamente tras la imagen del Darío sensual, exultante, mordaz, irónico.

El prólogo presenta una clara dualidad entre el poeta y el hombre. El primero trascendió a su época y lideró un cambio sustancial en la literatura de su tiempo, reinventando el lenguaje y la vida a través de la poesía. El segundo, murió destruido por el alcohol y la soledad.



Categorías:Poesía

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