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Las ostras – Martín Cristal

¿Por qué uno se decanta por ciertos libros, más que por otros? En la hermeneútica de Ricoeur se podría simplificar así: cuando leemos, nos leemos. Las ostras comienza con un epígrafe de una obra de 1891, Los Misterios del Mar, en el que se lee el siguiente fragmento:

La Naturaleza, al hacerlas casi inmóviles en su punto de residencia, al aprisionarlas perpetuamente en su concha, y al negarles sexos separados, no podía otorgarles muchas necesidades ni muchos deseos variados ni ardientes; ha hecho de ellas unos animales casi apáticos, que viven y digieren en una beatífica tranquilidad rayana en la indiferencia.

Este preámbulo abre la vida de hombres y mujeres que, en el transcurso de unas horas, se enfrentarán a una tormenta: Jorge Berna, un ejecutivo inmobiliario y epítome contemporáneo del éxito –corrupto, poderoso, fachero–, se enfrenta al fracaso familiar. Franco Battaglia, empleado en una agencia de viajes, vive la angustia de que sus sueños se desmoronen. Alberto Ishikawa es un viudo melancólico que no sale de casa. Perla y Ariel Fisherman son un par de hermanos enfrentados a puntos de no retorno, a decisiones que transformarán sus vidas. En el centro de estas situaciones, el hilo que teje la narración es la terrible soledad en la que se encuentran sumergidos, el ostracismo del que es metáfora el título y que impide, en un inicio, que los personajes se relacionen con el mundo.

Encerrados en una prisión de la que no pueden salir jamás, estos forzados del mar no deben acusar a nadie más que a sí mismos de su reclusión perpetua.

Novela ambientada en Córdoba, Argentina –territorio literario poco conocido en México, diría David Miklos, y en la que me encuentro al momento de escribir este texto–, intercala monólogos conforme la tormenta meteorológica se acerca: hablan a momentos el ejecutivo, el viejo, el adolescente, hasta construir un retrato de la Argentina actual: el del poder y la corrupción, el de la clase media venida a menos, el de los olvidados. La prosa, precisa, va revelando las menudencias de la trama: conflictos que en un inicio se antojan superficiales dan lugar a una compleja serie de ausencias que empujan los pasos de sus personajes.

Lo miro entre mis dedos y pienso en lo complejo que ha sido armar este pez de papel, luego en la complejidad mayor de un pez verdadero, y luego en la complejidad indescifrable de unos seres que, tras siglos de observar a los peces, tratan de remedar su forma doblando un pedazo de papel, para cultivar mejor sus propias soledades y embellecer los días que les quedan por delante.

Todos estamos tratando de compensar algo, de resarcir los vacíos que nos dejó el pasado. En el caso del ejecutivo, Jorge Berna, la pescera funciona como metáfora de su hijo muerto en la pileta. Con Franco Battaglia, una rata a punto de morir ahogada es el clímax de la angustia del personaje. Estela, la ex esposa de Jorge, va al cirujano plástico para quitarse los senos postizos que su esposo le pidió se pusiera años atrás.

¿Reconstruir?, pregunto, incrédula.

El procedimiento que imagino a partir de esa palabra me aterra, pero al mismo tiempo hay algo en la idea de reconstruir que me parece hermoso, utópico, tan deseable como imposible.

Estela omite decir que para que exista una reconstrucción, antes tuvo que venir la desolación. El diluvio que llega es una metáfora de este rito de paso, el clímax que confronta las soledades de los distintos personajes y los lleva a un punto de no retorno donde los personajes buscan prevalecer ante el universo que los asfixia y destruye:

Viene hasta el vidrio para ver el Reino de la Muerte sumergido en el aire de este lado. Ese pez amarillo entiende muy bien lo que pasó. Sintió que la muerte se lanzaba dentro del agua en la forma del silencio y la asfixia –la espantosa asfixia, tan chiquito él, sus cabellos ondulantes–, pero logró resistir en la oscuridad mientras los demás fueron cayendo. Por eso se acerca ahora hasta el límite de estos dos mundos, la Vida y la Muerte, el límite que él cree haber empujado un poco, y mira si desde ahí puede despedirse de sus pares.

La tormenta termina y, si acaso no todo está bien, sus personajes sobrevivirán para ver otro día más. Aún hay esperanza.

Para leer la tesis del propio autor al respecto de la novela (narra “historias de paternidad, en el presente pero con el eco de un ‘pasado reciente'”) visiten su blog, así como el texto de David Miklos al respecto de la misma. Hay, también, una interesante entrevista con el autor alrededor de la génesis del libro.

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Apuntes de la vida cotidiana no. 161214

Días intensos, días que no terminan de tener sentido. No encuentro nada más doloroso que escuchar a padres y madres gritar a quien sea que los escuche: vivos se los llevaron, vivos los queremos. Pero están muertos. En México a la muerte se le ha dado permiso y avanza por las calles, penetra en todas las cosas. Antes arrinconada en la nota roja, en lo risible de los tabloides, ahora su potencia impacta nuestras redes sociales, nuestra experiencia directa en anécdotas, en traumas. Dice Bifo en la conversación que tuvo en México: “¿cómo podemos sobrevivir?“.

*

Reinventar la vida parece una imposibilidad ante estos y otros eventos que nos asfixian a diario. Otro mundo es posible y, más aún, necesario. El reducto que me queda, que yo tengo, son las letras.  Necesito seguir.

*

Y sí, pero siempre hay un precio que pagar. Nunca lo he dicho, pero yo dejé a mi primera novia por la literatura. Quiero ser escritor, le dije, y la dejé sentada en la sala de su casa mirándome la espalda. Tenía 22 años. Desde esa vez he dejado muchas cosas y no me arrepiento. Desear ser escritor es lo mejor que pude desear en mi vida, pero no olvido que he dejado muchas cosas.

*

Pensemos en Borges, la cúspide de la literatura en español. Existen, en su obra, todos los mundos. No hay, sin embargo, sensualidad alguna. Nunca se puede tener todo:

Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

*

Todo puede fallar, dice Martín Cristal en Las Ostras:

Los hombres y las mujeres, sus órganos o su memoria, su lengua, sus actos. Pueden fallar los animales y sus sentidos, las máquinas y su repetición, las teorías sobre galaxias o planetas, las fuerzas, los sistemas, el antivirus, la puntería de los delanteros, la corazonada de los apostadores, el electricista que promete venir y nunca viene. Pueden fallar los cálculos más simples, los tratamientos indicados, los últimos intentos, los planes infalibles: todo puede fallar si antes se ha generado alguna especie de expectativa.

*

Todo puede fallar y fallará. Y aún así, seguir.

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Es la conciencia del hecho de que nos quieren asesinar a todos. Quieren reducir nuestra vida a una mierda invivible, empujarnos hacia un suicidio masivo – Franco Berardi “Bifo”

Una oleada de rebelión ha embestido al México de las desapariciones forzadas, a las ciudades norteamericanas de los crímenes racistas, a las ciudades italianas donde el fascismo agrede a estudiantes e inmigrantes.

Me parece que la clave para interpretar esto se encuentra en las palabras de una chica que fue entrevistada por una televisora norteamericana en la tarde del 5 de diciembre. Con una sonrisa hermosa e implacable a la vez, dijo:

“It’s not about black and white. It’s about life and death.” (“No se trata de blanco y negro. Se trata de vida y muerte.”)

¿Qué quiso decir? Me parece clarísimo. La rebelión contra el racismo es parte de la revuelta, por supuesto, pero el elemento más profundo es otro.

Es la conciencia del hecho de que nos quieren asesinar a todos.

Quieren reducir nuestra vida a una mierda invivible, empujarnos hacia un suicidio masivo.

Secuestros colectivos para aterrorizar a la población en Tamaulipas, en Guerrero.

Terror racista en las calles de Nueva York y Los Ángeles.

Esclavitud para los jóvenes de Milán y Madrid.

¿No es acaso evidente que una vida de miseria y miedo, de humillación y soledad, es peor que la muerte?

Es una cuestión de vida o muerte, para todos nosotros. Los cerdos de este planeta quieren transformarnos en muertos vivientes. Pero ahora empieza nuestro despertar. No seremos zombis. Si nos empujan a elegir algo así de radical, sabemos qué elegir: la vida. A cualquier precio, incluso el de correr el riesgo de morir”.

Texto vía Telecápita

Este jueves 11 de diciembre (2014) se presentó en el MUAC | Campus Expandido “Sesiones Surplus / Elefanta / Telecápita” con la conversación pública y presentación del libro “La sublevación”, en la que participarán el autor, Franco Berardi “Bifo” y César Enrique Pineda, presentados por Eugenio Tiselli y Alejandro Flores Valencia. El siguiente texto ha sido enviado por el autor en el marco de su visita a México.

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Humillaciones – Marcelo Mellado

Es triste la vida de un escritor mediocre

La de Mellado es una obra atípica, producto del rencor y de la sombra de la dictadura chilena. Recordemos: en Septiembre de 1973 las fuerzas militares y navales derrocaron al gobierno de Salvador Allende en un golpe de estado que llegó al corazón mismo de Santiago de Chile. A partir de ese momento, lo que se asumía como un respiro por la burguesía chilena, se convirtió en un régimen de terror cuya sombra persigue los vericuetos de la literatura chilena. La obra de Mellado no es ajena a esto. En el cuento Archivo Escolar, comenta:

Tomamos la costumbre de ir al cine como un modo de distraernos. Antes nunca fuimos con esa motivación recreativa porque creíamos que era un arte, el séptimo, como lo consideraba en ese entonces el sentido común cultural, pero hasta hacía poco nos servía como complemento de nuestra formación política. Era tan barato que parecía subvencionado para mitigar la sensación de horror, íbamos varias veces a la semana de esos meses de octubre y noviembre. Los acontecimientos del momento eran una catástrofe que enfrentábamos evasivamente, cuestión inútil o, al menos, paradojal, por la visibilidad invasora de los hechos. (…) Pero había que intentar una salvación posible. Nos persiguió un tiempo, quizás aún nos persigue, la culpa de no haber tomado las armas. Pero, ¿cuáles? Era irracional. Éramos pendejos. Si bien nos dábamos cuenta de la falta de sustentabilidad política del proceso, nos faltaba el instrumental teórico par exponerlo o argumentarlo.  Por eso lo del tren era una maqueta de esa necesidad. Con el tiempo pudimos jugar a ser más felices, a pesar del período que enfrentábamos.

Toda dictadura es kafkiana por definición. De los horrores de la dictadura de Pinochet y la DINA quedan múltiples testimonios, y definitivamente el de Marcelo Mellado no aporta mucho a ese momento, acaso se filtra como un fantasma en el momento o en sus tradiciones. El polo en el que gira este escritor chileno, entonces, es el rencor (“como motor narrativo y la inigualable capacidad para reírse de sí mismo”). De acuerdo a la contraportada, el libro representa una cúspide, “con más desgarro que nunca, y demuestran por qué Mellado es uno de los narradores chilenos que mayor interés ha generado”.

Hay una sensación extraña al leer a Mellado. Por un lado, es un intento fallido de Céline o Roberto Arlt, un borderline que puede seducir por su carácter amargo y sus constantes diatribas quasi paranóicas contra “el sistema”. Por el otro, es exasperante, exuda un tufo de “listillo” y sus cuentos son pontificaciones desde un  marco teórico caduco. En Capital Semilla, por ejemplo, poco pasa y todo parece ser un pretexto para criticar las trabas de la mafia gobernante y el discurso mesiánico del emprendedurismo:

La zona contaba con unos capitales que usan metáforas del campo semántico de la germinación floral o de la polinización, llamados captal semilla, o abeja, que promueven la razón emprendedora impulsada por el asistencialismo neoliberal, muy teñido de caridad perversa.

Discursos como este se presentan en varios cuentos. Mellado se regodea en ellos, intuyo presa de cierto revanchismo contra las instituciones culturales que lo han vejado. A menudo, sin embargo, resultan impenetrables:

Un pariente experto en estas lides del arte y del patrimonio cultural usa el término densidad para referirse a cierta matriz significativa que empapa un registro territorial y traza definiciones que delimitan un área de potencialidades identitarias, incluso alteridades repelidas, que se diferencian de otras por grados de visibilidad y comprensión, sobre todo en el caso del patrimonio intangible.

En Humillaciones, el cuento que le da el título al libro, Santibáñez se presenta como un catedrático despiadado, entendido en el arte de la humillación (“ha codificado muy bien el itinerario del desprecio”). Sus ambiciones lo llevan a perseguir una carrera política, pero un escándalo que lo vincula a prácticas sexuales cuestionables lo descarrila y acorrala en su casa, donde termina lloriqueando en una esquina. El retrato inicial se desdibuja y caricaturiza, rayando los bordes del cliché del personaje homosexual. Después, en lugar se centrarse en la humillación de Santibáñez y sus consecuencias, aparece un detective que observa con exasperante frugalidad la evolución de los hechos.

Como ya no tienen ninguna duda que despejar y no ofrece interés ni para el periodismo policial y menos para el género literario, que busca sus tópicos en la criminalidad común o hiperinstitucional, el trabajo de Conejeros empezó a diluirse en el magma del poder político.

El misterio del asesinato es resuelto por el narrador sin investigaciones relevantes ni ningún tipo de clímax. El homosexual empoderado es reducido a una niña llorona. El desenlace se centra en una promesa de coito. Lo que Mellado pretende exponer frente a nosotros son las humillaciones de Santibáñez y otros como él, donde son menoscabados y heridos en el amor propio, obligados a obedecer a un maquinaria cruel que siempre frustra sus planes, llámense estos arrancar un emprendimiento vitivinícola, gestionar un centro cultural o publicar un libro. Lo triste de dichos retratos es que resultan inconclusos: las consecuencias son pobres y los personajes, en medio de su enojo, resultan mediocres.

Hay, pese a esto, cuentos que salvan al libro: Archivo escolar, un rescate de la juventud y las estrategias de supervivencia en medio de la dictadura; Merca Litoral, sobre los devenires románticos de un dealer y un homosexual; Tango, mi favorito, cuyo motivo es la imposibilidad del amor y, finalmente, Soldado, un cuento emotivo e imposible. En estos textos Mellado está mucho más cerca a la estatura a la que aspira, esa que lo define como un representante “sólido” de la literatura chilena. Será que el rencor, que usa como estandarte, se ha convertido ya en un lastre.

Para un retrato interesante de Mellado a posta de una novela (La Hediondez), lean este artículo.

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No hay “violencia” en México, eso fue un disparate que inventaron guionistas de Hollywood o escritores que fueron a México “para ser violentos” – Jack Kerouac

Esto lo escribió Kerouac hace ya unos años, bajo el título “Mexican fellaheen“:

No hay “violencia” en México, eso fue un disparate que inventaron guionistas de Hollywood o escritores que fueron a México “para ser violentos” –conozco un estadounidense que fue a México para poder pelearse en los bares porque allí no meten preso a quien altera el orden público, Dios, vi a tipos luchando y dándose trompadas alegremente en el medio de la calle, cortando el tránsito y gritando de risa mientras la gente que pasaba los miraba divertida. México suele ser manso y amable, incluso si se viaja entre personajes peligrosos, como hice yo –”peligrosos” en el sentido que le damos en los Estados Unidos–, en realidad, cuanto más se aleja uno de la frontera, cuanto más te hundes en el país profundo, más amable es, como si el influjo de la civilización oscureciera la frontera como una nube.

Curiosa la mirada del otro, sobre todo cuando es tan anacrónica. Den click acá si desean saber qué es fellaheen en la obra de Kerouac (inglés).

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Los cuentos de ‘El cuento’ – Edmundo Valadés

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El Cuento. Revista de Imaginación fue una publicación dirigida por Edmundo Valadés y Horacio Quiñones enfocada en el cuento corto. Fundada en 1964 y publicada hasta 1999, la revista llegó a publicar hasta 140 números de lo mejor de la cuentística mundial. En 1981, dispuesto a crear una antología de lo que, en su momento, fuera ya una antología, Edmundo Valadés decide seleccionar para la Universidad Nacional Autónoma de México (1981) 27 cuentos para un libro corto bajo la siguiente premisa:

Opté de preferencia por aquellos que mi intuición o mi experiencia, si no mi propia reacción espontánea, me indicaban que su trama y su desenlace provocarían un impacto íntimo en la imaginación o sensibilidad de quien los leyera. Es decir, tendí a elegir, en lo posible, aquellos que el cuentista armó con un dispositivo que hiciera estallar la sonrisa agradecida, la fantasía incalculada, la recreación sorpresiva o inesperada de la realidad; que produjera la revelación, fulminante o prodigiosa, de incidentes que nos ocurren o que ocurren a nuestro alrededor y que no habíamos sabido ver o captar.

 ¿Qué es lo que hace a un cuento un buen cuento? Dice Valadés:

No dudo de que los cuentos tienen sus leyes, pero no dejan de ser secretas. Leyes que al fin impone o descubre el mismo narrador. Por eso la dificultad de convertirlas en normas preestablecidas.

Ricardo Piglia, en su tesis sobre el cuento, explica que en el cuento clásico el escritor narra en primer plano la la anécdota y construye en secreto la elipsis. “El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.” Existe, también, otra variante: “la noción de espera y de tensión hacia el final secreto (y único) de un relato breve”, pero que desemboca en un final abierto –sin knock-out, como pidiera Cortázar. Estos dos polos, que resume muy bien Piglia en su texto de 1986, parecieran ser la brújula bajo la cual Edmundo Valadés escogiera esta pequeña antología entre más de diez mil textos que había publicado hasta ese momento. Tal vez lo breve del prólogo evitó generar una explicación más satisfactoria de los criterios que forjan un buen cuento. En todo caso, queda claro que la labor fue un ejercicio personal:

En mucho, dejé las decisiones a la memoria: que afloraran los que prestamente retrotraían el recuerdo de su sorpresa, de su gracia, de su drama o su composición para mí admirable. Sin duda, un poco inconscientemente, en ciertos casos también emergieron nombres antes que textos. Los nombres de cuentistas favoritos. Hubo que ayudar a la memoria, al advertir olvidos flagrantes o inexplicables.

Hay textos que se omiten, ya sea por extensión, o por que son –o eran– demasiado conocidos en aquel entonces. En todo caso, el libro es un testimonio de la labor que por más de tres décadas realizara Valadés. Decía Borges que “quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un mundo ligeramente distinto del mundo de las experiencias comunes”. Valadés propone aquí eso: los recovecos de la cotidianidad, de lo fantástico, de lo poético, de lo risible o lo patético. En todo caso, he recopilado el índice de dicho libro en este blog, como una manera de recuperar esos afectos de Valadés, ahora lejanos. La mayoría, salvo el 17, 19 y 23, son links. Sírvanse a leerlos:

  1. William Saroyan: Estimada Greta Garbo (inglés)
  2. José Revueltas: El sino del escorpión
  3. Villiers de L’Isle-Adam: La esperanza
  4. Julio Cortázar: Tu más profunda piel
  5. Han-Yu: Exhortación a los cocodrilos
  6. Cary Kerner: Olaff oye a Rachmaninoff
  7. Jorge Luis Borges: Episodio del enemigo
  8. Ambroce Bierce: Salto peligroso
  9. Anton Chejov: El enemigo
  10. Ray Bradbury: El dragón
  11. Juan Emar: El hotel Mac Quice
  12. Waldo Frank: Una piedra para dormir
  13. Karel Capek: Sobre los diez justos
  14. Adela Fernández: La jaula de la tía Enedina
  15. Guy de Maupassant: Condecorado
  16. Héctor Sandro: Modificación de último momento
  17. Joseph H. Cole: De nieve a lodo
  18. Jeno Heltai: Academia Berlitz
  19. Pedro Bovi-Guerra: Transcripción fidedigna de un manuscrito encontrado en un zafocón
  20. Lygia Fagundes Telles: Herbarium (portugués)
  21. Fredric Brown: Sorpresa
  22. Italo Calvino: La espiral
  23. Eduardo González Viaña: Vuelas en redondo, ángel de mi guarda
  24. David H. Keller: Un marido afortunado
  25. Flannery O’Connor: Las dulzuras del hogar
  26. Anatole France: La lección bien aprendida
  27. Mark Twain: Cómo llegué a director de un periódico de agricultura

En un apunte interesante, Alfonso Pedraza continúa con la antología de Valadés en su blog personal.

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Nosotros los otros (We others) – Steven Millhauser

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Un pueblo en el que un hombre empieza a abofetear a la población. Un chico enamorado del misterio que encierra un guante blanco. Un niño en la antesala de un domingo en el río. Una invasión alienígena decepcionante. Un centro comercial infinito. La vida después de la vida. Estos disparos son solo algunas de las premisas que Steven  Millhauser presenta en We others, antología de cuentos que presentó Vintage Books en 2011 con lo mejor de la prosa corta del galadornado con el premio Pulitzer. Poseedor de una imaginación vívida, capaz de trasladar a los lectores a lugares y situaciones remotas, Millhauser presenta en este libro lo mejor de su prosa con la siguiente nota:

Las historias de esta colección fueron escritas en el transcurso de 30 años. Al principio traté de seleccionarlas de una manera que parecieran representativas de mi trabajo, pero pronto me di cuenta que las historias que había omitido podrían ser representativas también. El método final no tuvo nada que ver con ser cauteloso o diligente. Escogí las historias que llamaron mi atención como si hubieran sido escritas por alguien a quien nunca hubiera leído. Lo que hace que una historia sea buena, o mala, o excelente, puede ser explicado y entendido hasta cierto punto, pero solo hasta cierto punto. Lo que seduce es misterioso y nunca puede ser aprehendido. Prefiero dejarlo así.

Jonathan Lethem (de quien hemos escrito aquí) escribió en el New York Times que este libro es una especie de Frankenstein, una colección de pedazos de libros previos con historias nuevas que “mezcla ensoñaciones y fantasías perversas o mórbidas con observaciones meticulosas.” Continúa en el mismo párrafo: “la temperatura de su prosa es de una fría febrilidad, jalándonos por igual a un arrobo Nabokiano, un enigma Borgiano y la melancolía plana y llana de la clase media de Sherwood Anderson.”

Uno de los mejores cuentos, “La cachetada” (The slap), narra cómo una noche de septiembre un hombre es abofeteado a punto de abordar su auto después de un día de trabajo. A partir de ese momento, las bofetadas suceden de manera más frecuente: al principio, cerca de la estación de tren. Después, en un camino solitario, en una cocina a medianoche. La amenaza es real pero, ¿es realmente una amenaza? Contado en la primera persona del plural, el cuento refiere a una colectividad trastocada, a la pérdida de toda seguridad.

Matthew had his own theory, which he sometimes believed: that everyone had a secret, a shameful thing they had done, and the reason they feared the stranger was that he made them remember that thing. (…) Far from spreading random terror, the Slapper was making a point: his target was not particular people, but the town itself. (…) It was the purpose of the attacks, Matthew Denis said, to punish all those who were guilty, not just those at the top of the heap, and what the victims were guilty of was living in our town.

El cuento no resuelve el misterio: The Slapper desaparece y lo único que persiste es la desazón de esa colectividad:

After all, we hadn’t been murdered. We hadn’t been raped, or beaten, or stabbed, or robbed. We had only been slapped. Even so, we had been invaded, had we not, we had felt threatened in our streets and homes, we had benn violated in some definite though enigmatic way.

Esta sensación se repite en cuento como “The invasion from Outer Space”, “Snowmen”, “The Knife Thrower” o “The Disapepearance of Elaine Coleman”, en los que el orden de la cotidianeidad es interrumpido por una otredad amenazante que, sin embargo, permanece difusa, inaprensible. “Tales of Darkness and the Unknown, Vol. XIV: The White Glove”, el segundo cuento del libro, es, por otro lado, una joya del suspenso. Un chico, enamorado del misterio por el misterio en sí, descubre un súbito arrebato ante el guante blanco de su mejor amiga.

I quickly came to know every detail of that glove. (…) But if the glove was creating a new Emily, a hidden Emily, it was also doing something to me. The peace I’d always felt in her presence was being replaced by wariness, by an almost physiological alertness, as if my body were warning me to watch her closely.

En la prosa de Millhauser, al igual que en la de Felisberto Hernández, lo importante no es que se descubra el misterio, sino que exista uno. En este sentido, Millhauser nunca tiene prisa por llegar al final del relato: ajeno a la tradición lacónica de Hemingway, Millhauser se pierde en vericuetos, en minuciosidades, extiende el misterio lo más posible para evitar llegar al desenlace. “Getting closer”, cuento parte de la colección, es una tesis al respecto:

Every day he could feel it coming closer. It was like waiting for the trip to the amusement park, like waiting for the circus tents to rise out of the fields the next town over. In another second the waiting will end. The day will oficially begin. It’s what he’s been hoping for, but here at the edge of the river he doesn’t want to let the waiting go. He wants to hand on with all his might. He’s standing on the shore of the river, the brown-green ripples are breaking at his toes. The sun is shining, Julia’s waving him on, the white barrels are rising and falling gently, and what he wants is to go back to the wooden sign with the tomahawk and start waiting for the shore of the river. What’s wrong with him? (…) If he goes into the river he’ll lose the excitement, the feeling that everything matters because he’s getting closer and closer to the moment he’s been waiting for.

En otra línea, Millhauser ofrece cuentos distintos que son, en su tesis, la misma historia. La primera dupla son “The Next Thing” y “The Barnum Museum”. El primer cuento desarrolla la idea de un centro comercial infinito que no solo captura el ocio y dinero de sus visitantes sino, posteriormente, el resto de su vida: emplea a la gente del pueblo, los muda a casas bajo la tierra, los hace trabajar horas extra. Similar al Centro de Saramago (La caverna, 2001), “la próxima cosa” cumple todos los deseos de sus visitantes y termina secuestrándolos. El museo Barnum, por su lado, es también un lugar infinito: posee, en un sentido inverso al centro comercial, todas las imaginaciones, todos los mitos, las leyendas. Tesis y antítesis: el mundo material ofrece deseos infinitos. La imaginación, por su parte, ofrece un escape a ese anclaje material, un mundo infinito como alternativa ante otro igual de vasto –la ficción como alternativa, como posibilidad.

If the Barnum Museum were to disappear, we would continue to live our lives much as before, but we know we would experience a terrible sense of diminishment. We cannot explain it. Is it that the endless halls and doorways of our museum seem to tease us with a mistery, to promise perpetually a revelation that never comes? If so, then it is a revelation we are pleased to be spared. For in that moment the museum would no longer be necessary, it would become transparent and invisible. No, far better to enter those dubious and enchanting halls whenever we like.

“August Eschenburg”, por otra parte, es la historia de un hombre dedicado al arte y a la fabricación de autómatas. Lo mecánico –la creación, casi perfecta, de los robots– se presenta como un acto mágico. El artista, devoto a su arte, no le interesa otra cosa más que la perfección, la dominación de la técnica. “Eisenheim the Illusionist” (hecho película en una adaptación que inserta con calzador una historia de amor por demás inexistente), presenta la misma tesis en una dirección distinta: aquí lo imposible es racionalizado y explicado banalmente a fuerza de soluciones químicas y espejos. August y Eisenheim, en rubros distintos, comparten la pasión por el arte, el deseo de culminar en el punto más alto de una era. Ambos, también, son figuras faustícas, se acercan al genio no por el favor de un demonio, sino por perseverar en el ethos protestante: ascetismo social, la voluntad expresada en el obrar. No extraña, así, que ambos personajes terminen solos: no hay nada más allá del arte, ningún consuelo.

“We others”, cuento que da título al libro, es interesante, pero no la mejor pieza del volumen. En palabras de Lethem, este cuento construye una historia de fantasmas sobre la tradición de Henry James. Narrado desde la perspectiva del fantasma, hay, en la transición a esa otredad fantasmal, un cambio en la substancia, un pasaje que sujeta al “yo” narrativo a reglas desconocidas:

Many of Millhauser’s stories suggest they are allegories of the artist’s existential condition, but rarely so forcefully as in this story’s opening lines: “We others are not like you. We are more prickly, more jittery, more restless, more reckless, more secretive, more desperate, more cowardly, more bold. We live at the edges of ourselves, not in the middle places. We leave that to you. Did I say: more watchful? That above all. We watch you, we follow you, we spy on you, we obsess over you.”

The speaker’s a ghost, a dead person who’s stuck around to haunt the living. Millhauser is the master of what might be called the Homeopathic School of Fantastic Writing: just the barest tincture of strangeness, eyedropped into the body of an otherwise mimetic story. The payoff for this withholding of weirdness can be a reader’s intensified complicity in defamiliarization: a sensation of slippage into the unreal just as we know it ourselves, from our dreams and fantasies.

Sabemos que los estadounidenses son afines a los adjetivos , pero es cierto que la prosa de Millhauser se sirve de varias tradiciones: la literatura fantástica, la literatura gótica del siglo XIX y el desencanto de la clase media de la sociedad estadounidense del siglo XX. Los editores empujan la comparación fácil con Borges y Kafka. Esto es engañoso. Borges es un palacio metafísico frente a las construcciones del norteamericano, y la prosa de Millhauser rara vez transmite la angustia implícita del señor K. No estar a la altura de las comparaciones de sus editores no demerita el trabajo de Millhauser: su obra es rica en escenarios y sensaciones, explora con rigor las sensaciones y ofrece mundos que la literatura realista pocas veces voltea a ver: las fantasías de la niñez (“Flying Carpets”), la imposibilidad del lenguaje (“History of a Disturbance”) o las disertaciones filosóficas del gato y el ratón (“Cat n’ Mouse”).

Como lector, mi cuento favorito del libro es “The Eighth Voyage of Sinbad”, texto que resignifica la lectura y convierte en infinitos los viajes de Sinbad en la voz de Scheherazade. Variante del museo Barnum, Sinbad vive, también, caminos y aventuras infinitas, tantas como sus lectores.

El libro en su totalidad es una excelente lectura, disponible en inglés vía Vintage Books, o bien en español a través de la traducción de . Otra reseña interesante puede ser leída en inglés en el Washington Post.