De las cosas maravillosas – Adolfo Bioy Casares

Cacería – María Teresa Andruetto

"Que todo te acontezca, lo bello y lo terrible" — Nietzche Trece cuentos de la escritora argentina ganadora del premio 'Hans Christian Andersen' en 2012. Aunque dicho premio falla cada dos años a lo mejor de la literatura infantil, Mondadori lo utiliza como carta de presentación de la escritora cordobesa —breve introducción para decir que Andruetto tiene camino andado. Los cuentos del volumen publicado en 2012 compilan historias varias, en las que acaso cruza con mayor frecuencia el desamor y la traición. No por esto, sin embargo, es un libro en el que solo transiten estos temas: hay otros registros —la empatía, la resignación, la felicidad, la culpa— que al final nos hablan de la vida y de una exploración intencional sobre lo femenino. La autora los define como 'una parte de su biografía' y está presente, sin duda, un pulso vital en los textos. Es difícil, a momentos, navegar en ellos —algunos cuentos zozobran por falta de claridad o debido a un conflicto turbio— pero los que triunfan nos ofrecen lecturas poderosas que acaso hablen, también, de todos nosotros. "La verdad, no sé cómo explicarlo, y aunque me digan, porque hay algunos que lo dicen, que si uno no tiene hijos no es tan difícil separarse, yo sé bien que es difícil, y sé que nosotras no podíamos, la gente a veces no lo sabe, pero el odio une más que el amor"

A photo posted by Roberto Wong (@robb.wong) on

*A partir de este post inauguro algunos comentarios cortos de libros desde Instagram. Tengan la bondad de seguirme también ahí.

 

amsterdam

Apuntes de la vida cotidiana no. 010415

1.

Regresas a Ámsterdam. En la víspera recuerdas una charla que tuviste con un amigo durante tu primer viaje hace cinco años. Hablaban de hongos alucinógenos y él te contó una historia muy extraña: un amigo suyo, años antes que tú y él se encontraran platicando en esta ciudad, comió unos hongos asiáticos que tenían un dragón en la envoltura. Pagó y, junto a un grupo de amigos, fueron un parque cercano “para estar en contacto con la naturaleza”.

El tipo en cuestión se comió su dosis y poco a poco comenzó a sentirse atrapado dentro de una naranja. A ti la idea te dio risa, pero tu amigo prosiguió con una seriedad que asumiste como falsa o excesiva. “Entonces”, continuó, “comenzó a gritar, a correr tratando de escapar”. Los que estaban con él –tu amigo no detalla si él se encontraba ahí o no– lo persiguieron, pero no demasiado rápido: también habían comido la misma droga y estaban casi noqueados. El hombre atrapado en una naranja se angustió a tal grado que continuó corriendo y salió del parque a una avenida. Un auto lo encontró de frente y lo atropelló.

Pensaste en el sentido moral que se escondía detrás de la historia y te dio pereza. Como tu amigo se quedó callado, te sentiste obligado a preguntar lo obvio: ¿y qué le pasó? Se encogió de hombros: “se fracturó un brazo y una costilla solamente”.

2.

Recuerdas que te contó esa historia porque ese día compraste unos hongos similares, aunque no logras acordarte si tenían un dragón o no en la envoltura. No supiste si te lo dijo como nota cultural o como un intento para disuadirte. Como hubiera sido, te los comiste. Sabían a tierra o a corcho. Recuerdas la sensación de movimientos, texturas y sonidos que se superpusieron a lo que te rodeaba, pero nada más. De ese Ámsterdam no queda sino el recuerdo de tus pupilas dilatadas y la imagen de una pared que no dejaste de mirar durante una hora.

3.

El segundo viaje termina y conservas unas cuantas memorias apresadas en fotografías. De regreso a casa cuentas tus experiencias y narras algunos detalles de la casa de Ana Frank, el Museo de Van Gogh y el Mercado de las Flores, cosas que no viste en tu primera visita y que nada tienen que ver con hongos ni accidentes ni naranjas.

4.

Años después eres viejo y no has vuelto a ver estas fotos. Por un azar –una naranja, un portobello– ambos viajes regresan y se tejen en tu memoria, atrapándote dentro de un espacio indefinido: el ayer o dos ayeres como gatos acariciándose entre sí. Te preguntas si esta sensación tiene o no relación con la historia que vagamente recuerdas y si, en todo caso, no es sino el desenlace de esa anécdota absurda que, años después, encuentra finalmente una conclusión.

mr burns post electric play

Mr. Burns, a post-electric play: memoria y sobrevivencia

El American Conservatory Theater presentó recientemente en San Francisco “Mr.Burns, a post-electric play”, obra en tres actos que mezcla la ciencia ficción, Los Simpsons y la figura del musical. La distopía explora a un grupo de hombres y mujeres que recuerdan un episodio de Los Simpsons:

Primer acto

Salvo por la presencia de un hombre que vigila el campamento con un arma, la escena parece cercana: el grupo ríe y habla sobre un capítulo de Los Simpsons alrededor del fuego. Intercambian voces, cada uno aportando distintos detalles del episodio. Un ruido provoca una reacción inesperada: todo el mundo se levanta asustado y saca un arma. Entre líneas se va tejiendo una realidad terrible: el mundo ha sufrido un holocausto nuclear y la vida, como existía, ha desaparecido. Un extraño llega, entonces, al campamento. Sobrepasado el sobresalto inicial –le apuntan con diversas armas y lo revisan–, cada uno de los miembros procede a repasar una lista de personas a las que el recién llegado tiene que responder si las conoce o no. Luego él hace lo mismo.

La lista son familiares y amigos de los que no se sabe nada. Se intuye que muchos han muerto y el temor a ser otra víctima de la violencia tiene a todo mundo al borde de la locura, la depresión o ambas. Como un acto de sobrevivencia, el grupo regresa al episodio de Los Simpsons, al momento en que a Homero Simpson se le dice que ahora se llama Señor Thompson.

Segundo acto

El grupo sigue junto y tiene nuevos miembros. Han montado una compañía de teatro itinerante: se encargan de montar obras y comerciales que juntan retazos de la cultura pop de este siglo –canciones de Britney Spears, Los Simpsons, comerciales famosos, etc.– para dar la ilusión de que el mundo no se ha ido al carajo. El pasado resulta inaprensible, pues no queda ningún registro, por lo que la compañía se dedica a “comprar” recuerdos en cada pueblo que visitan. Hay, sin embargo, problemas: tienen competencia y parecen estar al borde de la quiebra. Todo esto parece resquebrajar la dinámica del grupo: hay peleas, discusiones y reclamos, diálogos que son, al final, una muestra de lo frágil del nuevo orden social. Hasta cierto punto efectista y previsible, el segundo acto termina con una tragedia que cambiará, de nuevo, a los personajes.

Tercer acto

El tercer acto es un musical y concentra las ideas y conceptos que hemos visto antes. El grupo ha logrado sobrevivir y el arte ha triunfado.

En entrevista, Anne Washburn, escritora y directora de la obra, explica que Mr. Burns es resultado de una obsesión: “tomar una narrativa de la cultura pop y trastocarla al situarla en un contexto post apocalíptico”.

She chose, for the apocalypse, the Only Jeans That Truly Fit. She stood on the bluff, on the highest of many mesas, one black boot raised on a boulder, leaning into her knee, squinting far beneath her sunglasses. The city looked like a cluster of crystals rising from the desert.

100 apocalypses de Lucy Corin.

En el fondo, es una metáfora de la memoria como acto de supervivencia: el universo en el que viven los personajes es tan terrible que lo único que brinda un rescoldo al horror es la extinta cultura de masas. Sea Britney Spears o una Coca-Cola, los protagonistas depositan sus esperanzas en la memoria de lo banal, tergiversando los recuerdos para crear un nuevo mito que les ayude a sobrevivir en medio del horror.

paris df

Reseñas de “París D.F.” – Roberto Wong

Parece que París D.F. está llegando a algunos lectores. He actualizado algunas reseñas que se han publicado online y en otros medios. Al leerlas me doy cuenta de dos cosas: 1) han sido lectores generosos 2) no soy tan elocuente como quisiera.

En todo caso, hay regadas aquí un montón de pistas que serán de interés para el lector atento. A todos aquellos que se tomaron la molestia de leer la novela: gracias.

Como pilón, aquí me tienen posando como “escritor”:

efeFoto: cortesía EFE

6_SanzhiPodCity_Cypherone_0

Futuros fantasmas

I

¿Vibró el teléfono? No, no vibró. Miro la pantalla y sigue impasible, como si no hubiera pasado nada. Podría jurar que vibró.

Una búsqueda rápida explica que es una alucinación, en esencia, un error en la percepción ocasionado por el exceso de información del mundo exterior. Con tantos estímulos, el cerebro trata de discriminar cuáles son importantes y a veces falla. El fenómeno ha sido llamado “síndrome de la vibración fantasma” y, de acuerdo a uno de tantos estudios, 8 de cada 10 personas lo han sentido en alguna ocasión. El efecto es similar al que experimentan las personas que han perdido un miembro: sienten comezón, frío o, simplemente, la presencia de lo que no está ahí.

II

Recordemos el cuento de George Loring Frost, antologizado por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo en su compendio de literatura fantástica. En la breve narración, lo fantasmagórico se confunde con lo humano, es decir, lo vivo:

Al caer de la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:

—Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?

—Yo no —respondió el otro— ¿Y usted?

—Yo sí —dijo el primero y desapareció.

El cuento da una clave de la naturaleza del fantasma: nocturno, aparece “en los oscuros corredores”. Su presencia, además, se confunde con la del vivo –en el folclor mexicano abundan historias de una mujer que, al terminar el baile, pide que la lleven al cementerio. De manera previsible, la mujer está muerta.

En Occidente, la idea del fantasma deviene del imaginario cristiano: la trinidad del hombre –cuerpo, alma y espíritu– se desbarata con la muerte. La carne fenece, el alma espera el juicio final y el espíritu regresa a Dios, a menos que algo lo retenga en la tierra, es decir, lo convierta en fantasma. Esta idea le otorgó sus peculiares rasgos[1] –sin carne, flota semitransparente–, pero acaso el más interesante sea el que nos habla de sus gestos repetitivos: tira la canica, prende y apaga la luz, grita “ay, mis hijos” ad infinitum porque está separado del alma, es decir, de la razón –de acuerdo a San Agustín, el intelecto es la esencia del alma[2].

En todo caso, su presencia plantea otro problema más importante: ¿qué quiere? ¿Para qué ha venido? El fantasma es una suerte de invasor, un extranjero cuyas intenciones nos son ocultas.

III

Dice Hugo Hiriart que cada sentido tiene sus fantasmas. Cada época, también. Cuenta Alberto Chimal que su esposa, Raquel, se implantó un imán en el dedo anular: “el imán vibra, silencioso, sin que nadie salvo mi esposa se dé cuenta, cuando se enciende cerca un proyector de video o cuando pasa por un detector de mercancía en una tienda. O cerca de otro imán. Es una ampliación del sentido del tacto: una auténtica modificación (aunque sea pequeñísima) de la forma en que se percibe el mundo”.

En su modesta proporción, la vibración inexistente del celular inaugura la convergencia de la carne y la tecnología y con ello, nuevas alucinaciones o fantasmas. La industria de los wearables –gadgets como ropa interior–, abre un mundo de posibilidades: no solo la acumulación de datos de nuestro entorno y nuestro cuerpo –chips que miden nuestros signos vitales, sensores en nuestro cerebro–, sino la ampliación de nuestros sentidos –lentes de contacto conectados a Internet, prótesis robóticas, ampliaciones de la memoria–, es decir, una nueva forma de percibir el mundo similar a la que refiere Chimal y, más allá, otra frontera: Raymond Kurzweil, científico y director de ingeniería de Google, anticipa que la Singularidad –el momento en que la inteligencia artificial sobrepasará las capacidades humanas– sucederá en los próximos treinta años[3]. Como el pasillo de aquella galería de cuadros, la única oportunidad que tiene el hombre para mantenerse vigente en el futuro cercano es a través de su fusión con la tecnología.

IV

The old evolution is cold. It’s sterile. It’s efficient, okay? And its manifestations of those social adaptations. We’re talking about parasitism, dominance, morality, okay? Uh, war, predation, these would be subject to de-emphasis. These will be subject to de-evolution. The new evolutionary paradigm will give us the human traits of truth, of loyalty, of justice, of freedom. These will be the manifestations of the new evolution.

Waking Life

Nuestros futuros fantasmas no serán nuestros electrodomésticos chateando desde el centro de reciclaje, ni el refrigerador desconectado pidiendo leche al supermercado: seremos nosotros, fantasmas para los no vivos en nuestra previsible –y absurda– humanidad obstinada por no desaparecer. En “Soy leyenda”, novela de Richard Matherson, se narra la ejecución del último homo sapiens, es decir, del monstruo:

El silencio se extendió sobre sus cabezas como una pesada capa. Todos volvieron hacia Neville sus rostros pálidos. Neville los observó serenamente. Y de pronto razonó: Yo soy el anormal (…). Y comprendió la expresión que reflejaban aquellos rostros: angustia, miedo, horror. Le tenían miedo.

Si lo posthumano llega y la humanidad se convierte en extranjera, el horror será similar a esa película en la que los protagonistas se dan cuenta que ellos son, en realidad, los fantasmas –la vuelta de tuerca es darnos cuenta que nos hemos convertido en lo que nos aterra.

[1] Roger Clarke, en su libro “Historia Natural de los Fantasmas”, define una taxonomía mucho más interesante dividida en nueve tipos, entre los que destacan los primordiales, manifestaciones de un pasado distante o mitológico, y los poltergeists, fantasmas ruidosos cuya etimología proviene del alemán poltern, hacer ruido, y geist, espíritu.

[2] De Trinitate. IX, 2

[3] Kurzweil, Ray; The Singularity Is Near: When Humans Transcend Biology, 2005.

la soledad de los animales

La soledad de los animales – Daniel Rodríguez Barrón

Escribe Roberto Arlt en una de sus Aguafuertes Porteñas sobre su novela Los siete locos:

Estos individuos, canallas y tristes, simultáneamente; viles soñadores simultáneamente, están atados o ligados entre sí por la desesperación.

Las mismas palabras podrían ser utilizadas para describir a los personajes de La soledad de los animales, primera novela del escritor, dramaturgo y periodista Daniel Rodríguez Barrón, en la que explora la resistencia ante la desesperanza a partir de un trío de activistas.

La gente mata a otras personas para robar su dinero, porque les han sido infieles o sencillamente porque ya no los quieren cerca. A los animales los matan por puro placer. A los perros les cortan las colas con machetes, a los gatos les arrancan las uñas con pinzas, y no te hablo de elefantes, de lobos o de tigres. La gente domestica animales y los maltrata por diversión –dice, mientras arroja sobre la mesa unas patas de perro y de gato hechas llavero–, queremos que alguien responda por esto.

Si bien a dos de los personajes los alimenta el trauma –una violación y una golpiza–, al tercero lo mueve una mezcla de concupiscencia y hastío. Felipe, un periodista borracho y mediocre, detona la trama al invitar a salir a Laura, activista de Greenpeace a quien conoce en una rueda de prensa. La promesa de su boca es lo que lo lleva a perseguirla por los recovecos en los que se mueve, un collage de manifestaciones y acciones radicales. En su intento por impresionarla, Felipe fracasa: es difícil ser un activista cuando lo único que te motiva es una erección. Laura y Pablo, por el contrario, se revelan en la segunda parte con un agitado mundo interior: la lucha por defender los derechos de los animales es un intento por transformar un fragmento de la horrenda realidad a la que pertenecen.

Según la nota, los encontraron muertos, con claras señales de tortura; a ambos los violaron; los acuchillaron en la cara a sabiendas de que ninguna cuchillada en esa parte del cuerpo puede causar la muerte, lo hicieron por diversión; luego abrieron sus cuerpos en canal y los rellenaron con pollos aún sin desplumar.

Viles soñadores, muertos con el mismo sadismo que vemos a diario en los tabloides. Felipe, conmovido por la noticia, busca en su profesión una oportunidad para generar un cambio, pero pronto se da cuenta que esto es estéril:

Duele, pero tiene razón. No soy policía ni pariente de los muertos. Encontrar asesinos no satisface a nadie, lo hacemos por las ganas de castigar a alguien, lo hacemos porque lo dice una ley. Pero nada repara nada y lo que se pierde se pierde para siempre.

El desenlace sorprende, redondea la novela y nos regresa a Arlt: “en síntesis: estos demonios no son locos ni cuerdos. (…) Si fueran menos cobardes se suicidarían; si tuvieran un poco más de carácter, serían santos.”

Colofón

Me parece que el error de Laura y Pablo fue querer mirar el horror a los ojos –recordemos que Perseo derrota a la Gorgona a partir de su reflejo. En un México carente de ideologías y enfrentado al horror del poder político, la voracidad económica y la brutalidad del crimen organizado, el activismo pro derechos de los animales se presenta como un sobreviviente de las luchas sociales nacidas en la segunda mitad del siglo XX, un asidero para sobrellevar el desencanto de nuestra propia raza. Otra reseña en Nexos hace un alto más profundo en este tema, cosa que también me ha interesado y del que escribí –y describí como un sutil avance en el siglo XXI– en un artículo reciente.