la soledad de los animales

La soledad de los animales – Daniel Rodríguez Barrón

Escribe Roberto Arlt en una de sus Aguafuertes Porteñas sobre su novela Los siete locos:

Estos individuos, canallas y tristes, simultáneamente; viles soñadores simultáneamente, están atados o ligados entre sí por la desesperación.

Las mismas palabras podrían ser utilizadas para describir a los personajes de La soledad de los animales, primera novela del escritor, dramaturgo y periodista Daniel Rodríguez Barrón, en la que explora la resistencia ante la desesperanza a partir de un trío de activistas.

La gente mata a otras personas para robar su dinero, porque les han sido infieles o sencillamente porque ya no los quieren cerca. A los animales los matan por puro placer. A los perros les cortan las colas con machetes, a los gatos les arrancan las uñas con pinzas, y no te hablo de elefantes, de lobos o de tigres. La gente domestica animales y los maltrata por diversión –dice, mientras arroja sobre la mesa unas patas de perro y de gato hechas llavero–, queremos que alguien responda por esto.

Si bien a dos de los personajes los alimenta el trauma –una violación y una golpiza–, al tercero lo mueve una mezcla de concupiscencia y hastío. Felipe, un periodista borracho y mediocre, detona la trama al invitar a salir a Laura, activista de Greenpeace a quien conoce en una rueda de prensa. La promesa de su boca es lo que lo lleva a perseguirla por los recovecos en los que se mueve, un collage de manifestaciones y acciones radicales. En su intento por impresionarla, Felipe fracasa: es difícil ser un activista cuando lo único que te motiva es una erección. Laura y Pablo, por el contrario, se revelan en la segunda parte con un agitado mundo interior: la lucha por defender los derechos de los animales es un intento por transformar un fragmento de la horrenda realidad a la que pertenecen.

Según la nota, los encontraron muertos, con claras señales de tortura; a ambos los violaron; los acuchillaron en la cara a sabiendas de que ninguna cuchillada en esa parte del cuerpo puede causar la muerte, lo hicieron por diversión; luego abrieron sus cuerpos en canal y los rellenaron con pollos aún sin desplumar.

Viles soñadores, muertos con el mismo sadismo que vemos a diario en los tabloides. Felipe, conmovido por la noticia, busca en su profesión una oportunidad para generar un cambio, pero pronto se da cuenta que esto es estéril:

Duele, pero tiene razón. No soy policía ni pariente de los muertos. Encontrar asesinos no satisface a nadie, lo hacemos por las ganas de castigar a alguien, lo hacemos porque lo dice una ley. Pero nada repara nada y lo que se pierde se pierde para siempre.

El desenlace sorprende, redondea la novela y nos regresa a Arlt: “en síntesis: estos demonios no son locos ni cuerdos. (…) Si fueran menos cobardes se suicidarían; si tuvieran un poco más de carácter, serían santos.”

Colofón

Me parece que el error de Laura y Pablo fue querer mirar el horror a los ojos –recordemos que Perseo derrota a la Gorgona a partir de su reflejo. En un México carente de ideologías y enfrentado al horror del poder político, la voracidad económica y la brutalidad del crimen organizado, el activismo pro derechos de los animales se presenta como un sobreviviente de las luchas sociales nacidas en la segunda mitad del siglo XX, un asidero para sobrellevar el desencanto de nuestra propia raza. Otra reseña en Nexos hace un alto más profundo en este tema, cosa que también me ha interesado y del que escribí –y describí como un sutil avance en el siglo XXI– en un artículo reciente.

Hugo Hiriart Macky Chuca Dos Passos Margo Glantz

Libros de enero

Ventajas de viajar en tren – Antonio Orejudo

Libro divertidísimo y complejo. Un hombre y una mujer comienzan una charla –”¿le apetece que le cuente mi vida?”–, conversación que en sus primeras páginas revela la clave del texto:

Esto se ve muy bien al analizar las narrativas de los pacientes esquizofrénicos, luego, si quiere, le leo alguna. Los pacientes con esquizofrenia hebefrénica, por ejemplo, presentan una tendencia no diré irreprimible, pero sí muy marcada a narrar la propia vida. Estos enfermos tienen una particularidad, y es que lo hacen cada vez de modo diferente, de manera que su personalidad no consiste en otra cosa que una sucesión de relatos superpuestos como las capas de una cebolla.

La novela, entonces, se presenta como un juego de cajas chinas: una historia dentro de otra donde la narración cuestiona nuestra credulidad como lectores. De esta manera, Antonio Orejudo nos sumerge en un relato en el que se mezcla la realidad y la imaginación de manera delirante y en el que, al igual que Helga Pato, “confundimos a los narradores con los autores y a éstos con los personajes”.

What we see when we read – Peter Mendelsund

Peter Mendelsund es director de arte de Alfred a. Knopf, reconocida editorial fundada en 1945 y cuyos diseños de portada han sido galardonados en varias ocasiones. En el libro “Qué vemos cuando leemos”, Mendelsund elabora una reflexión sobre la lectura: la literatura sucede no solo en el texto, sino también en el lector.

The story of reading is a remembered story. When we read, we are immersed. And the more we are immersed, the less we are able, in the moment, to brind our analytic minds to bear upon the experience in which we are absorbed. Thus, when we discuss the feeling of reading we are really talking about the memomory of having read. And this memory of reading is a false memory.

Tendemos a asociar la lectura con la experiencia del cine, como si al leer se proyectara una película en nuestra cabeza, pero esta imagen es engañosa. Mendelsund apunta a que la sensación de la lectura, en realidad, asemeja a la de un pasaje. Del otro lado son más importantes las acciones que las descripciones. Lo visual, en el texto, es solo un punto de referencia vago bajo el cual el lector llena de significados los espacios en blanco.

Como diría Calvino, “es importante que el lector, no el escritor, sea quien introduzca (la tesis del texto), pues la interpretación -tendenciosa o no- sólo es competencia del primero, y la pluralidad de interpretaciones -en último caso tan numerosas como los propios lectores- revela el valor y la riqueza de la invención poética, novelesca o teatral del público.” La lectura, entonces, forma parte de la experiencia como una falsa memoria y enriquece nuestro entendimiento como un verdadero viaje: no a partir de visitar mil lugares, sino de ver el mismo lugar a través de los ojos de mil personas distintas.

Manhattan Transfer – John Dos Passos

Manhattan Transfer, de John Dos Passos, narra la vida en Nueva York a inicios del siglo XX como un montaje cinematográfico –escenas no lineales, saltos temporales. La dinámica de la ciudad se presenta como un terrible juego de supervivencia.

Bud dobla el periódico cuidadosamente, lo deja en la silla y sale. Fuera el aire huele a muchedumbre, está lleno de ruidos y sol. No soy más que una aguja en un montón de heno… (…) Bud está sentado en el parapeto del puente. El sol se levanta por detrás de Brooklyn. Las ventanas de Manhattan se incendian. Bud se echa bruscamente hacia delante, resbala, se queda colgado de una mano con el sol en los ojos. El grito se ahoga en su garganta al caer.

Con la muerte de Bud, Dos Passos establece la lógica de su retrato: la tensión constante entre el deseo y la miseria. En este escenario, una mujer, Ellen, toma la forma de Afrodita y se convierte en metáfora de la ciudad. Frente a ella, hombres y mujeres terminan aplastados por los mismos deseos en los que depositaron todas sus esperanzas. En un momento de lucidez, Stan, uno de sus amantes, se queja:

Por qué coño tendrá todo el mundo tantas ganas de llegar. Me gustaría encontrar alguien que quisiera fracasar. Eso es lo sublime.

En su descenso, los pocos que sobreviven confiesan: «¡si supiera usted cuán vacía ha sido mi vida durante años y años!». La miseria no es sólo económica, sino también espiritual.

A noventa años de su publicación, Manhattan Transfer sigue vigente, llena todavía de imágenes poderosas y personajes memorables. En medio de sus calles mojadas y las exhalaciones de sus automóviles, Dos Passos nos acerca a la vida misma, es decir, a esa larga colección de fracasos que llamamos días.

Discutibles fantasmas – Hugo Hiriart

Veo en Hiriart conjuntados los dos grandes placeres del ensayo: el divertimento y la erudición. Es impresionante la manera que tiene Hiriart para hilvanar los temas: del vuelo de una mosca brinca a un poema de Leduc y regresa al momento a una anécdota griega. Al hablar de Búffalo Bill Cody, remata:

En este mundo cualquier cosa te lleva a cualquier otra porque es un circuito gigantesco y todo está sutilmente conectado. Así que, como dicen, no te afanes tanto, “sólo conecta” y quédate tranquilo.

Esta pareciera ser la tesis de Hiriart sobre el arte de escribir un ensayo. Impresionante, como siempre.

Simple perversión oral – Margo Glantz

Relato de una espera en el dentista. Valeria Luiselli, en el prólogo, comenta: “quizás el mayor logro de este libro es poder sostener una multiplicidad coherente de espacios y tiempos”. O, lo que es lo mismo, ser un libro de todo y de nada. La edición, ilustrada por Carmen Segovia y publicada por La caja de cerillos y Conaculta, es una reflexión sobre diversos temas: los dientes de Pascal –podridos–, los perros –”los animales viven casi siempre con la boca abierta, como si acabaran de hacer un ejercicio muy penoso”–, Robert Walser y el tango. En síntesis, una digresión tras otra.

Al final, el relato no concluye: la espera es eterna, como la del purgatorio, y lo único que la protagonista posee es la lectura, que también es eterna. En esto hay una bonita metáfora.

La reina del Burdel / Síntoma – Macky Chuca

(Texto publicado el 16 de febrero)

macky chuca

La reina del Burdel / Síntoma – Macky Chuca

Supe de Macky Chuca por primera vez gracias a su blog. Llegué por azar y me quedé prendado de una línea: “sabrán que hay una voluntad de comenzar fracasando, de aceptar vacíos y pasos en falso”. Esa frase generó un eco en mi propia colección de derrotas. Me enteré, después, de sus libros y, en mi reciente viaje a Madrid, di con ellos: había leído que podía hacerme de Síntoma en la librería Traficantes de sueños, por lo que caminé desde La buena vida hasta ahí. No sólo encontré Síntoma, sino también La reina del burdel, libro por el que ganó el VIII Premio Café Mon en 2011. Desde el primer cuento me sorprendió su potencia, como un Mustang a más de diez mil revoluciones –pese a que esta imagen no le guste a Chuca:

Me pregunto quién les enseña a los conductores a soldar el pie al acelerador cuando una mujer cruza delante de ellos en la senda peatonal. Tal vez es algo atávico, tal vez lo tienen lo tienen dibujado en el circuito neuronal desde la primera vez que su papi les compró un Scalextric. (…) No avanzo pero mirá, te admiro. Te miro, te admiro, algo ruge en mí y el motor de mi auto de mierda hace vroooom.

Vrooooom. Para vos, muñeca.

Dice Sloper en la contraportada que Chuca combina “erotismo, tensión y belleza” y es cierto. De esa triada, sin embargo, surge la vida como una obstinada putada. Chuca crea, entre las redes del desencanto y el desamor, a un demiurgo capaz de sacudirnos. Su figura es la de Kali –azul kundalini, divina pero tanguera:

Tu compañera de piso era, según lo previsto, una arpía. Se moría por que le dedicaras una mirada lasciva, pero vos eras bastante forro y ella no podía desatar lo que desataba yo, porque para algo era yo quien era. Chispas te saqué esa noche. Le dediqué, desde mi mente de mina jodida, un par de acabadas gloriosas. Yo nunca finjo, y vos de todas maneras no te hubieras dado cuenta. Pero estaba tan borracha de mi propio poder que los orgasmos me gustaban el doble.

–Me encantás –me dijiste, siempre tan previsible.

Yo suspiré por cortesía. Esa noche le hubiera encantado a cualquiera. Todos los jinetes del Apocalipsis podrían haberme montado a pelo y yo hubiera ganado por varios cuerpos.

Destacan, de los 16 relatos que componen el libro, Las chicas son huecas y Sobremesa, cuentos memorables y poderosos. En el primero, una niña naïve vive su primer encuentro sexual buscando que le abran el apetito. En el segundo, una cena entre amigos se convierte en una confesión.

Luca abre los ojos y parece tropezar dentro de su cuerpo, pero el cuerpo de Luna lo sostiene. Como si lo abrazara. No me abrazan sus ojos, nunca más, mientras dice lo último que me dirá.

–Quince años y tuvo que ser acá, así.

No tienen por qué entenderlo, y no lo entienden.

Llaman la atención, también, dos temas recurrentes: la figura del padre (“Antes de que papá se fuera de viaje”, “quiero creer que papá necesita entender qué hacía la hija. Quiere saber, en el fondo, si la hija es normalita o si le salió depravada” o “Un día mi papá me dijo que me iba a hacer un regalo y le cortó la cabeza al perro”) y lo breve del amor (“el fogonazo fui yo quemándome entre tus brazos, enamorándome de tu ignorancia, de tu habilidad para hacer siempre lo menos apropiado”, o “Nos separamos poco después. No sé cómo acabé siendo parte de su disgusto, pero fue un segundo alivio”). Tal vez la vida sea, precisamente, ese paréntesis: la separación de la familia y los vuelcos del amor.

En otro cuento dice Chuca: “No utilizamos las palabras adecuadas. Sólo decimos cosas a medias y eso no es bueno. No nombramos las partes, todo el mundo sabe que lo que se hace es meter eso dentro de eso otro”. El lenguaje es insuficiente y, pese a esto, aún es posible encontrar en sus resquicios la belleza y el dolor, que acaso sean la misma cosa. Me parece que Sloper no ha sacado una tercera edición del libro, lo cual es una pena. Síntoma, por otro lado, es un facsímil de 300 ediciones (yo tengo la 124 y 127) con dos poemas tremendos, uno de ellos (“Confusa, de San Martín”) disponible en video:

Chuca amplifica lo femenino y nos da un recorrido por sus obsesiones, que no son otra cosa que las obsesiones de todos nosotros. Dice Bukowski de una poeta : “you were one of the best female poets and I told the publishers, editors, ‘her, print her, she’ mad but she’ magic. there’ no lie in her fire’.”  De la misma forma, no hay mentira en Macky Chuca: su prosa quema, llevándonos por las fronteras del dolor y el deseo.

William Faulkner

Faulkner: ¿cuál es el mejor ambiente para un escritor?

El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán “señor”. Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán “señor”. Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

Mencionó la libertad económica. ¿La necesita el escritor?

No. El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez la que se humille será ella.

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Reseñas de “París D.F.” – Roberto Wong

Algunas reseñas que se han publicado online y en otros medios. Al leerlas me doy cuenta de dos cosas: 1) han sido lectores generosos 2) no soy tan elocuente como quisiera.

En todo caso, hay regadas aquí un montón de pistas que serán de interés para el lector atento. A todos aquellos que se tomaron la molestia de leer la novela: gracias.

Como pilón, aquí me tienen posando como “escritor”:

efeFoto: cortesía EFE

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París D.F.

*Foto cortesía de Juan Carlos Rojas / NOTIMEX

¿Qué hay más allá de la dicha? El libro se ha presentado y ya está en librerías, lo que le resta es encontrar a sus lectores. Les dejo aquí este texto que al final no leí, pero que condensa un poco el sentir de ayer:

Quiero agradecer, antes que nada, su presencia esta noche. Aprovechando que tengo el micrófono y que nadie me lo va a quitar durante algunos minutos, quiero contarles tres cosas.

La primera es una historia personal. Nunca lo he dicho, pero yo dejé a mi primera novia por la literatura. Quiero ser escritor, le dije, y la dejé sentada en la sala de su casa mirándome la espalda. Tenía 22 años. Desde esa vez he dejado muchas cosas y no me arrepiento. Desear ser escritor es lo mejor que pude desear en mi vida. Creo que la creación es lo único que justifica la existencia, y lo poco que he podido crear hoy llega a ustedes en la forma de un libro: París D.F.

Fuera de esa anécdota, el resto es bastante plano. Nunca fui becario de ninguna fundación, ni gané ningún concurso. Salvo algunos artículos en Internet que no impresionarán a nadie, nunca publiqué nada. Tampoco fui un autodidacta: pasé un par de años en talleres literarios, nutriéndome de las lecturas de otros. Lo único que tuve fueron un montón de horas frente al teclado. Si me preguntaran por qué, no sabría qué responderles. Les juro que muchas veces me pregunté qué hacía sentado escribiendo, cuando hubiese podido hacer otras cosas: salir, conocer gente, aprender cerámica o a tocar la guitarra. En síntesis, cosas más útiles que golpear metódicamente el teclado.

Por eso, cuando me comunicaron que había ganado el Premio Dos Passos a primera novela, mi primera reacción fue de incredulidad. Me quedé callado, mientras al otro lado del teléfono Palmira y el resto del jurado se encontraban en suspenso –espero. Estaba sentado en una habitación de hotel en Buenos Aires y no podía sino sentir una dicha inmensa. ¡Al carajo todo! Luego recordé que tenía que seguir trabajando. Regresé a la computador, pero no puede pensar en otra cosa que en el hecho de que mi vida había cambiado. Ese día, finalmente, me di cuenta que era un escritor.

En París DF, el personaje, Arturo, busca una ciudad imaginada para hacer más grande el lugar en el que habita. Me preguntaron cómo se me había ocurrido una historia que saliera de los clichés habituales de la literatura nacional: el narcotráfico, la política, el secuestro. Esto es inexacto: la violencia se filtra, entra por las rendijas del encuentro de Arturo con la policía, lo empuja a posibilidades que él estima como un juego, como una carta más del tarot, pero que se desencanta en consecuencias funestas.

Hoy, en el México del que provengo, esa violencia se despliega de maneras inimaginables. Esta es la segunda cosa que quiero contarles: la paz que existe en mi país es la paz de la sepultura. Para los que no están familiarizados con lo que estoy diciendo, déjenme leerles cuatro ejemplos:

El 26 de Septiembre de 2014 fueron secuestrados 43 estudiantes y, según declaraciones de sus captores, fueron asesinados, quemados por más de 15 horas, sus huesos pulverizados y sus cenizas arrojadas al río. Julio César Mondragón, uno de los chicos, fue desollado, su rostro arrancando en carne viva por haber escupido a uno de sus secuestradores.

El 18 de Noviembre de 2014, Alberto Barrita, niño mexicano, gana un concurso de ciencia convocado por la NASA. Ante la pregunta sobre qué se necesita para que un mexicano llegue a Marte, contestó: “que no me maten los políticos”.

Diez días después, Jessica Nava Ruiz graba con un celular el abuso policial en la Ciudad de México. El policía en cuestión la sube a su patrulla y le dice: “todos los de tu generación son unos pendejos que creen que con esta chingadera (refiriéndose al teléfono) van a solucionar el país”. Después la golpeó y la aventó a la calle.

Cinco de Diciembre de 2014. Agustín Gómez Pérez, joven campesino, se prende fuego frente al Congreso de Chiapas. Exige la liberación de Florentino Gómez Girón, su padre, maestro y activista social del municipio de Ixtapa. Girón enfrenta cargos por robo de ganado y de una “cadena”. A los campesinos, desesperados, no les queda más que inmolarse.

En México nos gusta ser los mejores: somos los mejores en corrupción, obesidad, inseguridad y ahora, también, en las manifestaciones del horror. No encuentro nada más doloroso que escuchar a padres y madres gritar a quien sea que los escuche: vivos se los llevaron, vivos los queremos. Pero están muertos, o eso nos han hecho creer.

Digo esto sin ningún interés de politizar esta presentación. Ustedes son los únicos que nos pueden ayudar a hacer eco a este dolor que nos desgarra.

La tercera y última cosa de la que quiero hablar es: ¿cómo se conecta esto con la literatura? ¿Con París DF? Reinventar la vida parece una imposibilidad ante estos y otros eventos que nos asfixian a diario. ¿Cómo ayuda la ficción? Me parece que, ante esto, la novela cobra una perspectiva distinta: otro mundo es posible y, más aún, es necesario, casi obligatorio, que nos inventemos otras historias. El reducto que me queda, que yo tengo, y que hoy comparto con ustedes, son las letras. Esta novela no es sino un modesto esfuerzo por proponer una sensibilidad distinta a la realidad que nos rodea, a lo ennegrecido cotidiano. Una ciudad sobre otra, una vida sobre otra, un mundo distinto sobre otro.

Así he llegado hoy aquí. Paris D.F. es un susurro entre dos ciudades. Traté de reunirlo en un texto, para que un día otros lo encuentren, lo lean entre las piedras y el ruido, y sepan que esa ciudad imposible también es suya.

Muchas gracias.