William Faulkner

Faulkner: ¿cuál es el mejor ambiente para un escritor?

El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán “señor”. Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán “señor”. Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

Mencionó la libertad económica. ¿La necesita el escritor?

No. El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez la que se humille será ella.

paris df

Reseñas de “París D.F.” – Roberto Wong

Algunas reseñas que se han publicado online y en otros medios. Al leerlas me doy cuenta de dos cosas: 1) han sido lectores generosos 2) no soy tan elocuente como quisiera.

En todo caso, hay regadas aquí un montón de pistas que serán de interés para el lector atento. A todos aquellos que se tomaron la molestia de leer la novela: gracias.

Como pilón, aquí me tienen posando como “escritor”:

efeFoto: cortesía EFE

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París D.F.

*Foto cortesía de Juan Carlos Rojas / NOTIMEX

¿Qué hay más allá de la dicha? El libro se ha presentado y ya está en librerías, lo que le resta es encontrar a sus lectores. Les dejo aquí este texto que al final no leí, pero que condensa un poco el sentir de ayer:

Quiero agradecer, antes que nada, su presencia esta noche. Aprovechando que tengo el micrófono y que nadie me lo va a quitar durante algunos minutos, quiero contarles tres cosas.

La primera es una historia personal. Nunca lo he dicho, pero yo dejé a mi primera novia por la literatura. Quiero ser escritor, le dije, y la dejé sentada en la sala de su casa mirándome la espalda. Tenía 22 años. Desde esa vez he dejado muchas cosas y no me arrepiento. Desear ser escritor es lo mejor que pude desear en mi vida. Creo que la creación es lo único que justifica la existencia, y lo poco que he podido crear hoy llega a ustedes en la forma de un libro: París D.F.

Fuera de esa anécdota, el resto es bastante plano. Nunca fui becario de ninguna fundación, ni gané ningún concurso. Salvo algunos artículos en Internet que no impresionarán a nadie, nunca publiqué nada. Tampoco fui un autodidacta: pasé un par de años en talleres literarios, nutriéndome de las lecturas de otros. Lo único que tuve fueron un montón de horas frente al teclado. Si me preguntaran por qué, no sabría qué responderles. Les juro que muchas veces me pregunté qué hacía sentado escribiendo, cuando hubiese podido hacer otras cosas: salir, conocer gente, aprender cerámica o a tocar la guitarra. En síntesis, cosas más útiles que golpear metódicamente el teclado.

Por eso, cuando me comunicaron que había ganado el Premio Dos Passos a primera novela, mi primera reacción fue de incredulidad. Me quedé callado, mientras al otro lado del teléfono Palmira y el resto del jurado se encontraban en suspenso –espero. Estaba sentado en una habitación de hotel en Buenos Aires y no podía sino sentir una dicha inmensa. ¡Al carajo todo! Luego recordé que tenía que seguir trabajando. Regresé a la computador, pero no puede pensar en otra cosa que en el hecho de que mi vida había cambiado. Ese día, finalmente, me di cuenta que era un escritor.

En París DF, el personaje, Arturo, busca una ciudad imaginada para hacer más grande el lugar en el que habita. Me preguntaron cómo se me había ocurrido una historia que saliera de los clichés habituales de la literatura nacional: el narcotráfico, la política, el secuestro. Esto es inexacto: la violencia se filtra, entra por las rendijas del encuentro de Arturo con la policía, lo empuja a posibilidades que él estima como un juego, como una carta más del tarot, pero que se desencanta en consecuencias funestas.

Hoy, en el México del que provengo, esa violencia se despliega de maneras inimaginables. Esta es la segunda cosa que quiero contarles: la paz que existe en mi país es la paz de la sepultura. Para los que no están familiarizados con lo que estoy diciendo, déjenme leerles cuatro ejemplos:

El 26 de Septiembre de 2014 fueron secuestrados 43 estudiantes y, según declaraciones de sus captores, fueron asesinados, quemados por más de 15 horas, sus huesos pulverizados y sus cenizas arrojadas al río. Julio César Mondragón, uno de los chicos, fue desollado, su rostro arrancando en carne viva por haber escupido a uno de sus secuestradores.

El 18 de Noviembre de 2014, Alberto Barrita, niño mexicano, gana un concurso de ciencia convocado por la NASA. Ante la pregunta sobre qué se necesita para que un mexicano llegue a Marte, contestó: “que no me maten los políticos”.

Diez días después, Jessica Nava Ruiz graba con un celular el abuso policial en la Ciudad de México. El policía en cuestión la sube a su patrulla y le dice: “todos los de tu generación son unos pendejos que creen que con esta chingadera (refiriéndose al teléfono) van a solucionar el país”. Después la golpeó y la aventó a la calle.

Cinco de Diciembre de 2014. Agustín Gómez Pérez, joven campesino, se prende fuego frente al Congreso de Chiapas. Exige la liberación de Florentino Gómez Girón, su padre, maestro y activista social del municipio de Ixtapa. Girón enfrenta cargos por robo de ganado y de una “cadena”. A los campesinos, desesperados, no les queda más que inmolarse.

En México nos gusta ser los mejores: somos los mejores en corrupción, obesidad, inseguridad y ahora, también, en las manifestaciones del horror. No encuentro nada más doloroso que escuchar a padres y madres gritar a quien sea que los escuche: vivos se los llevaron, vivos los queremos. Pero están muertos, o eso nos han hecho creer.

Digo esto sin ningún interés de politizar esta presentación. Ustedes son los únicos que nos pueden ayudar a hacer eco a este dolor que nos desgarra.

La tercera y última cosa de la que quiero hablar es: ¿cómo se conecta esto con la literatura? ¿Con París DF? Reinventar la vida parece una imposibilidad ante estos y otros eventos que nos asfixian a diario. ¿Cómo ayuda la ficción? Me parece que, ante esto, la novela cobra una perspectiva distinta: otro mundo es posible y, más aún, es necesario, casi obligatorio, que nos inventemos otras historias. El reducto que me queda, que yo tengo, y que hoy comparto con ustedes, son las letras. Esta novela no es sino un modesto esfuerzo por proponer una sensibilidad distinta a la realidad que nos rodea, a lo ennegrecido cotidiano. Una ciudad sobre otra, una vida sobre otra, un mundo distinto sobre otro.

Así he llegado hoy aquí. Paris D.F. es un susurro entre dos ciudades. Traté de reunirlo en un texto, para que un día otros lo encuentren, lo lean entre las piedras y el ruido, y sepan que esa ciudad imposible también es suya.

Muchas gracias.

escritores

Apuntes de la vida cotidiana no. 050115

Me interesa la capacidad que tiene el año nuevo para generar esa ilusión de renovación. ¿Por qué no sucede lo mismo con nuestros cumpleaños? El 31 de diciembre desata reflexiones, cambios de rumbo, listas de propósitos, todos llenas de ilusiones de cambio y esperanzas afianzadas en la acumulación y el bienestar. El típico brindis parece muy noble: salud, dinero y amor, pero se traduce de una forma mucho más banal: un cuerpo esbelto, deseable; lana para cumplir cualquier capricho; sexo.  Estar chingón.  Así las cosas.

Pero el mundo está cambiando. Tal vez a nuestros nietos les toque ser los exploradores de próximos sueños.

*

En Manhattan Transfer de John Dos Passos:

Se suicida con una escopeta… se colocó el cañón bajo la barbilla y disparó el gatillo con el dedo gordo del pie.

En El loro que podía adivinar el futuro de Luciano Lamberti:

Al año siguiente me enteré de que se pegó un tiro con la escopeta del padre. Como no llegaba con las manos, tuvo que descalzarse un pie, sacarse la media y apretar el gatillo con el dedo gordo. Y así lo encontraron: frente al televisor prendido, con un pie descalzo.

Imagino a Lamberti leyendo a Dos Passos, asombrado. La imagen de ese dedo gordo del pie germinó como un cuento independiente, como una especie de homenaje. Poco importa si esto nunca pasó: hoy dos escritores de tiempos distintos se comunican entre sí a través de la misma anécdota. La literatura es también eso: un diálogo entre vivos y muertos.

*

Quiero regresar al punto inicial. Uno se vuelve escritor por dos cosas. La primera es el encuentro arrollador con el texto. La buena literatura destruye, penetra, corta en carne viva. La persona que tiene en su corazón el germen de la literatura siente envidia de este éxtasis, conforme más lee más quiere participar de esa belleza. Escribir, dice Macedonio Fernández, es la venganza por haber leído tanto. La segunda cosa que sucede es que el futuro escritor se da cuenta que las cosas se pierden para siempre. Los momentos, la gente, los amores. Enfermo de melancolía, el escritor busca apresar los instantes. Si tiene suerte, logrará enlazarlos en algún tipo de narrativa ajena a la cotidianidad y sus anécdotas. Si tiene éxito, logrará escribir poesía. Pero pocos son los que logran abrirse paso en medio de la nada. Escribir es nadar en un mar grande y oscuro, con el riesgo de ahogarse a cada momento.

*

Yo nado en ese mar, entre angustiado y contento. He decidido guardar mis brazadas para otros proyectos, y dejar este blog para cosas que valgan la pena. En términos simples: será difícil continuar con las reseñas. Esto, además, es un acto de honestidad: me parecen injustos mis comentarios, tan escuetos, tan vacíos. Siempre lo pensé como una manera de interpretar el sentido del texto, de buscar el misterio, pero hoy me doy cuenta que solo estoy en la superficie de un campo extenso. La buena crítica literaria exige compromiso, no solo con el texto, sino con la erudición y la tradición. No se puede hablar, por ejemplo, de ciencia ficción, sin tener la decencia de mirar lo que se ha escrito ya sobre el tema. Recordemos, por ejemplo, el prólogo de Borges a Ray Bradbury:

En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los Ojos, beben zumo de aire o aire exprimido; a principios del siglo xvi, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos; en el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo, y el tercero, unos den; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es dara. Para Ludano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible, como los cisnes de plumaje negro para el latino; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de un Mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la posibilidad de una travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.

Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science-fiction o scientifiction y del que son admirable ejemplo estas Crónicas.

Pocos estamos a la altura de textos de este tipo. Pero hay quien sí lo está, por lo que es mejor dejar a ellos el comentario preciso de lo que sí vale la pena.

*

Todo se debe a esta ilusión de cambio del año nuevo. Con este post concluye una etapa de este espacio. Seguirá, entonces, otra, una a la que guardaré mis brazadas y mis letras. Un proyecto más modesto, sin duda, pero cercano a lo que condensa mis afectos.

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El loro que podía adivinar el futuro – Luciano Lamberti

En mi búsqueda de escritores cordobeses encontré a Luciano Lamberti, escritor joven nacido en San Francisco, Argentina, licenciado en Letras Modernas y cuyos libros de cuentos muestran ese interés por lo atípico y lo raro. Si hubiera que encontrar un molde, habría que decir de Lamberti que es un escritor de ciencia ficción, con las limitaciones que dicho término conlleva. Su libro El loro que podía adivinar el futuro es una constelación de episodios disímiles entre sí, pero que como sistema propone puntos de fuga a lo cotidiano. Perfectos accidentes ridículos, por ejemplo, es una serie de estampas de la infancia que mezclan recuerdos con anécdotas poco probables (un hombre sin un dedo, telequinesis, un accidente que lanza al protagonista por el parabrisas, un suicidio). La canción que cantábamos todos los días habla de una suplantación en el seno de una familia cordobesa: un dopplegänger toma el lugar de un miembro de la familia, desquiciando a todos:

Mi hermano era otro y ella no podía estar cerca. No soportaba su presencia. Antes era una pesada que lo despeinaba y le decía que estaba cada día más churro, cosas que hacen las madres con sus hijos, pero desde la tarde en el bosquecito no lo tocaba. Incluso le costaba estar cerca suyo: enseguida se ponía nerviosa. Lo mismo nos pasaba a mi padre y a mí: una parte de tu cuerpo sentía una repulsión instintiva hacia él. Ganas de irse lejos y no volver nunca.

Al final, lo extraño se vuelve cotidiano, el rompimiento genera desazón pero no modifica la dinámica familiar: siguen sucediendo los asados, las visitas al hermano, las reuniones familiares. Mantener esos ritos es lo que evita que la familia explote. El protagonista, entonces, reflexiona: “después de todo, es mi familia”.

Algunas notas sobre el país de los gigantes funciona en otro orden: fiel a la tradición de la literatura fantástica, narra en un tono enciclopédico un universo alterno donde viven los gigantes. La literatura se convierte en una falsa memoria:

Pronto las últimas manadas de sobrevivientes se extinguirán, y entonces no habrá más que esos tremendos pozos, oscuros y desiertos, para la eternidad, y el país de los gigantes será nada más que un cuento para chicos.

La triada restante habla de adicciones y extraterrestres, un demiurgo malévolo y un circo sobrenatural.  Se podría decir de Lamberti lo que José Agustín señaló en Parménides García: “las historias se narran con limpieza, sin excesos, (…) sus finales, más bien ambigüos, muestran que, más que la historia en sí o el trazo psicológico de personajes, le interesaba crear atmósferas y, a través de la sucesión de textos, sugerir un tema central”. El tema central es lo extraño, lo fantástico, la propuesta de mundos diferentes: es en la ficción donde podemos escapar de lo ennegrecido cotidiano.

Hace falta, sin embargo, contundencia, mayor malicia para convertirlo en un libro memorable. El germen de las historias es bueno pero, como está, el libro podría culminar como la reflexión de uno de sus protagonistas:

Por mucho tiempo quedó una depresión en el lugar donde habían estado los árboles, algo que hacía difícil el juego, pero después la marca se fue borrando y hoy ya nadie se acuerda de nada.

Orozco

Contra aquellos que nos gobiernan – Lev Tolstói #yamecansé

Lev Tolstói, el buddha ruso, nació noble, vivió como escritor y murió como asceta. Sabemos de la crisis existencial en la que se sumió al final de su vida, y de la que se sobrepuso a partir de una nueva mirada a la fe y a la búsqueda de sentido. El escritor de obras maestras como Anna Karenina, la Guerra y la Paz y la muerte de Iván Ilyich, ofreció en 1886, catorce años antes de su muerte, una obra que resume en tres puntos el problema del Estado Moderno. El ensayo comienza con una mirada a las condiciones de vida del obrero ruso:

–¿Por qué hacéis este trabajo de presidiarios? –les pregunté.
–¿Y qué quiere que hagamos?
–Es absolutamente necesario que trabajéis durante treinta y seis horas sin descanso? ¿No se podría establecer un tiempo razonable de reposo entre todas esas horas de trabajo?
–Éstas son las condiciones que se nos imponen.
–¿Por qué las aceptáis?
–¿Por qué? Porque tenemos que comer.

La conclusión de Tolstói es sencilla: el Estado y el sistema de capital representan la esclavitud moderna. El yugo que nos sujeta, concluye Tolstói, son las condiciones de vida post-capitalista: la seguridad de un sueldo, el sistema de impuestos y la falta de libertad, sacrificada por un falso concepto de seguridad.

¡Cuántas vidas humanas se pierden así! Ignoramos todas estas tristezas o fingimos no darles gran importancia, porque no son para nosotros sino las consecuencias inevitables de un orden de cosas que debemos sostener.

Los mecanismos de control social han cambiado, pero su propósito es el mismo: la perpetuación del modelo actual. En principio, atado a una idea divina del orden de las cosas –”Dios, en sus designios impenetrables e inmutables, había impuesto a los unos el trabajo y la pobreza, y asignado a los otros el goce de los bienes de este mundo”– y, posteriormente, a la meritocracia capitalista:

Hoy, dice Tolstói, se nos enseña que el reparto de la riqueza “depende de la oferta y la demanda, del capital, de la renta, del valor de la mano de obra, del margen de beneficio, etc., en una palabra, del conjunto de leyes necesarias que rigen el encadenamiento de los hechos económicos”. La conclusión, pudiera pensarse, es la alternativa político-económica del siglo XX: el socialismo, pero Tostói se muestra escéptico y crítico ante esa utopía:

No nos dicen quién querrá encargarse de la peligrosa fabricación de las sales de plomo, quién se sacrificará para cumplir las funciones de fogonero, minero o albañil. Nos dan a entender que todas esas ocupaciones resultarán simplificadas por la aplicación de procedimientos técnicos perfeccionados, y que, entonces, trabajar en las alcantarillas o en las minas resultará una tarea muy agradable. (…) Esta es una hipótesis tan terrible como aquella presentada por los teólogos: un paraíso donde los trabajadores serían finalmente indemnizados de su penosa existencia con la verdadera e inimaginable felicidad, pero sólo después de la muerte.

El capitalismo y el socialismo son las dos caras de una moneda corriente: la dominación de un grupo reducido sobre una mayoría bajo la noción de seguridad. El contrato del Estado parte de una cláusula básica: ofrece seguridad a través de una renta –los impuestos. Por ende, no hay voluntad política para generar un cambio real –”hoy los privilegiados proponen reformas insuficientes y que en cualquier caso no amenacen las comodidades de su propio y lujoso régimen de vida”– y el sistema se perpetua en la naturaleza de injusticia que Tolstói denunció hace más de cien años.

Por lo tanto, si queremos mejorar de verdad la suerte de los trabajadores, debemos primeramente reconocer que la esclavitud persiste, dando a ésta palabra no un sentido figurado o metafórico, sino su recto sentido que implica la existencia permanente de una organización que somete a la mayoría de los hombres al capricho de un número reducido de ellos. En segundo lugar, debemos inquirir las causas de este estado de cosas. Y una vez descubiertas tales causas, destruirlas.

El sistema moderno, explica Tolstói, esta fundado en tres principios:

  1. La idea de la propiedad privada sobre la tierra (en ese momento, el principal mecanismo de producción)
  2. La aceptación al contrato estatal vía el pago de impuestos
  3. La violencia “lícita” y organizada del Estado para resolver cualquier desviación al orden jurídico y asegurar el pago de derechos de sus ciudadanos

Creímos al Estado perfecto, dice Tólstoi, pero “viendo hoy las consecuencias desastrosas de la organización económica actual, comenzamos a dudar, a pesar nuestro, de la justicia y de la necesidad de nuestras leyes”. La crisis actual es clara, y un ejemplo cercano a los mexicanos es el estado de violencia y la ausencia de justicia en todos los ámbitos de gobierno. Se toma nuestro dinero, a través de nuestros impuestos, y no se cumple la promsa inicial de seguridad –no hablemos ya de bienestar. La prosperidad del mundo, afirma Tolstói, no es sino una ficción.

¿Cuál es el camino que resta recorrer? Borges una vez dijo: “algún día merecemos vivir sin gobiernos”. Esa ruta es la que propone Tolstói vía la desobediencia civil pacífica: el desprecio a ser parte de cualquier forma de gobierno –como diputado, policía, miembro del ejército–, la rebelión en contra de los impuestos, en cuyo ejercicio no tenemos control alguno –en México, menos del 10% se destina a educación– y la renuncia a la violencia como forma de transformación y control social.

A las alternativas de Tolstói yo añadiría una más: una reducción brutal en el consumo. El verdadero amo del poder político es el poder económico. Esa organización civil sí que podría mover el orden actual de las cosas, sumir al poder político en una crisis que derivara en soluciones tangibles a problemas como la corrupción, el narcotráfico o la distribución de la riqueza. ¿Es factible? Tolstói comenta:

¿En qué medida y cuándo se reemplazará el reinado de la violencia por el del consentimiento libre y racional de los hombres? Eso dependerá del número de hombres que en cada país tengan conciencia de la injusticia, y del grado de claridad con que lo advirtieran. Cada uno de nosotros, aisladamente, puede colaborar al movimiento general de la humanidad o, por el contrario, trabarlo. Cada uno de nosotros deberá escoger: ir contra las leyes superiores de la vida, construyendo sobre la arena la frágil morada de su existencia ilusoria y pasajera, o dirigir sus esfuerzos en el sentido del eterno, del inmortal movimiento de la vida auténtica.

Ahí tenemos la respuesta.

*

Con este post cierro el año. Nos leemos en 2015, felices fiestas.