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Los cuentos de ‘El cuento’ – Edmundo Valadés

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El Cuento. Revista de Imaginación fue una publicación dirigida por Edmundo Valadés y Horacio Quiñones enfocada en el cuento corto. Fundada en 1964 y publicada hasta 1999, la revista llegó a publicar hasta 140 números de lo mejor de la cuentística mundial. En 1981, dispuesto a crear una antología de lo que, en su momento, fuera ya una antología, Edmundo Valadés decide seleccionar para la Universidad Nacional Autónoma de México (1981) 27 cuentos para un libro corto bajo la siguiente premisa:

Opté de preferencia por aquellos que mi intuición o mi experiencia, si no mi propia reacción espontánea, me indicaban que su trama y su desenlace provocarían un impacto íntimo en la imaginación o sensibilidad de quien los leyera. Es decir, tendí a elegir, en lo posible, aquellos que el cuentista armó con un dispositivo que hiciera estallar la sonrisa agradecida, la fantasía incalculada, la recreación sorpresiva o inesperada de la realidad; que produjera la revelación, fulminante o prodigiosa, de incidentes que nos ocurren o que ocurren a nuestro alrededor y que no habíamos sabido ver o captar.

 ¿Qué es lo que hace a un cuento un buen cuento? Dice Valadés:

No dudo de que los cuentos tienen sus leyes, pero no dejan de ser secretas. Leyes que al fin impone o descubre el mismo narrador. Por eso la dificultad de convertirlas en normas preestablecidas.

Ricardo Piglia, en su tesis sobre el cuento, explica que en el cuento clásico el escritor narra en primer plano la la anécdota y construye en secreto la elipsis. “El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.” Existe, también, otra variante: “la noción de espera y de tensión hacia el final secreto (y único) de un relato breve”, pero que desemboca en un final abierto –sin knock-out, como pidiera Cortázar. Estos dos polos, que resume muy bien Piglia en su texto de 1986, parecieran ser la brújula bajo la cual Edmundo Valadés escogiera esta pequeña antología entre más de diez mil textos que había publicado hasta ese momento. Tal vez lo breve del prólogo evitó generar una explicación más satisfactoria de los criterios que forjan un buen cuento. En todo caso, queda claro que la labor fue un ejercicio personal:

En mucho, dejé las decisiones a la memoria: que afloraran los que prestamente retrotraían el recuerdo de su sorpresa, de su gracia, de su drama o su composición para mí admirable. Sin duda, un poco inconscientemente, en ciertos casos también emergieron nombres antes que textos. Los nombres de cuentistas favoritos. Hubo que ayudar a la memoria, al advertir olvidos flagrantes o inexplicables.

Hay textos que se omiten, ya sea por extensión, o por que son –o eran– demasiado conocidos en aquel entonces. En todo caso, el libro es un testimonio de la labor que por más de tres décadas realizara Valadés. Decía Borges que “quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un mundo ligeramente distinto del mundo de las experiencias comunes”. Valadés propone aquí eso: los recovecos de la cotidianidad, de lo fantástico, de lo poético, de lo risible o lo patético. En todo caso, he recopilado el índice de dicho libro en este blog, como una manera de recuperar esos afectos de Valadés, ahora lejanos. La mayoría, salvo el 17, 19 y 23, son links. Sírvanse a leerlos:

  1. William Saroyan: Estimada Greta Garbo (inglés)
  2. José Revueltas: El sino del escorpión
  3. Villiers de L’Isle-Adam: La esperanza
  4. Julio Cortázar: Tu más profunda piel
  5. Han-Yu: Exhortación a los cocodrilos
  6. Cary Kerner: Olaff oye a Rachmaninoff
  7. Jorge Luis Borges: Episodio del enemigo
  8. Ambroce Bierce: Salto peligroso
  9. Anton Chejov: El enemigo
  10. Ray Bradbury: El dragón
  11. Juan Emar: El hotel Mac Quice
  12. Waldo Frank: Una piedra para dormir
  13. Karel Capek: Sobre los diez justos
  14. Adela Fernández: La jaula de la tía Enedina
  15. Guy de Maupassant: Condecorado
  16. Héctor Sandro: Modificación de último momento
  17. Joseph H. Cole: De nieve a lodo
  18. Jeno Heltai: Academia Berlitz
  19. Pedro Bovi-Guerra: Transcripción fidedigna de un manuscrito encontrado en un zafocón
  20. Lygia Fagundes Telles: Herbarium (portugués)
  21. Fredric Brown: Sorpresa
  22. Italo Calvino: La espiral
  23. Eduardo González Viaña: Vuelas en redondo, ángel de mi guarda
  24. David H. Keller: Un marido afortunado
  25. Flannery O’Connor: Las dulzuras del hogar
  26. Anatole France: La lección bien aprendida
  27. Mark Twain: Cómo llegué a director de un periódico de agricultura

En un apunte interesante, Alfonso Pedraza continúa con la antología de Valadés en su blog personal.

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Nosotros los otros (We others) – Steven Millhauser

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Un pueblo en el que un hombre empieza a abofetear a la población. Un chico enamorado del misterio que encierra un guante blanco. Un niño en la antesala de un domingo en el río. Una invasión alienígena decepcionante. Un centro comercial infinito. La vida después de la vida. Estos disparos son solo algunas de las premisas que Steven  Millhauser presenta en We others, antología de cuentos que presentó Vintage Books en 2011 con lo mejor de la prosa corta del galadornado con el premio Pulitzer. Poseedor de una imaginación vívida, capaz de trasladar a los lectores a lugares y situaciones remotas, Millhauser presenta en este libro lo mejor de su prosa con la siguiente nota:

Las historias de esta colección fueron escritas en el transcurso de 30 años. Al principio traté de seleccionarlas de una manera que parecieran representativas de mi trabajo, pero pronto me di cuenta que las historias que había omitido podrían ser representativas también. El método final no tuvo nada que ver con ser cauteloso o diligente. Escogí las historias que llamaron mi atención como si hubieran sido escritas por alguien a quien nunca hubiera leído. Lo que hace que una historia sea buena, o mala, o excelente, puede ser explicado y entendido hasta cierto punto, pero solo hasta cierto punto. Lo que seduce es misterioso y nunca puede ser aprehendido. Prefiero dejarlo así.

Jonathan Lethem (de quien hemos escrito aquí) escribió en el New York Times que este libro es una especie de Frankenstein, una colección de pedazos de libros previos con historias nuevas que “mezcla ensoñaciones y fantasías perversas o mórbidas con observaciones meticulosas.” Continúa en el mismo párrafo: “la temperatura de su prosa es de una fría febrilidad, jalándonos por igual a un arrobo Nabokiano, un enigma Borgiano y la melancolía plana y llana de la clase media de Sherwood Anderson.”

Uno de los mejores cuentos, “La cachetada” (The slap), narra cómo una noche de septiembre un hombre es abofeteado a punto de abordar su auto después de un día de trabajo. A partir de ese momento, las bofetadas suceden de manera más frecuente: al principio, cerca de la estación de tren. Después, en un camino solitario, en una cocina a medianoche. La amenaza es real pero, ¿es realmente una amenaza? Contado en la primera persona del plural, el cuento refiere a una colectividad trastocada, a la pérdida de toda seguridad.

Matthew had his own theory, which he sometimes believed: that everyone had a secret, a shameful thing they had done, and the reason they feared the stranger was that he made them remember that thing. (…) Far from spreading random terror, the Slapper was making a point: his target was not particular people, but the town itself. (…) It was the purpose of the attacks, Matthew Denis said, to punish all those who were guilty, not just those at the top of the heap, and what the victims were guilty of was living in our town.

El cuento no resuelve el misterio: The Slapper desaparece y lo único que persiste es la desazón de esa colectividad:

After all, we hadn’t been murdered. We hadn’t been raped, or beaten, or stabbed, or robbed. We had only been slapped. Even so, we had been invaded, had we not, we had felt threatened in our streets and homes, we had benn violated in some definite though enigmatic way.

Esta sensación se repite en cuento como “The invasion from Outer Space”, “Snowmen”, “The Knife Thrower” o “The Disapepearance of Elaine Coleman”, en los que el orden de la cotidianeidad es interrumpido por una otredad amenazante que, sin embargo, permanece difusa, inaprensible. “Tales of Darkness and the Unknown, Vol. XIV: The White Glove”, el segundo cuento del libro, es, por otro lado, una joya del suspenso. Un chico, enamorado del misterio por el misterio en sí, descubre un súbito arrebato ante el guante blanco de su mejor amiga.

I quickly came to know every detail of that glove. (…) But if the glove was creating a new Emily, a hidden Emily, it was also doing something to me. The peace I’d always felt in her presence was being replaced by wariness, by an almost physiological alertness, as if my body were warning me to watch her closely.

En la prosa de Millhauser, al igual que en la de Felisberto Hernández, lo importante no es que se descubra el misterio, sino que exista uno. En este sentido, Millhauser nunca tiene prisa por llegar al final del relato: ajeno a la tradición lacónica de Hemingway, Millhauser se pierde en vericuetos, en minuciosidades, extiende el misterio lo más posible para evitar llegar al desenlace. “Getting closer”, cuento parte de la colección, es una tesis al respecto:

Every day he could feel it coming closer. It was like waiting for the trip to the amusement park, like waiting for the circus tents to rise out of the fields the next town over. In another second the waiting will end. The day will oficially begin. It’s what he’s been hoping for, but here at the edge of the river he doesn’t want to let the waiting go. He wants to hand on with all his might. He’s standing on the shore of the river, the brown-green ripples are breaking at his toes. The sun is shining, Julia’s waving him on, the white barrels are rising and falling gently, and what he wants is to go back to the wooden sign with the tomahawk and start waiting for the shore of the river. What’s wrong with him? (…) If he goes into the river he’ll lose the excitement, the feeling that everything matters because he’s getting closer and closer to the moment he’s been waiting for.

En otra línea, Millhauser ofrece cuentos distintos que son, en su tesis, la misma historia. La primera dupla son “The Next Thing” y “The Barnum Museum”. El primer cuento desarrolla la idea de un centro comercial infinito que no solo captura el ocio y dinero de sus visitantes sino, posteriormente, el resto de su vida: emplea a la gente del pueblo, los muda a casas bajo la tierra, los hace trabajar horas extra. Similar al Centro de Saramago (La caverna, 2001), “la próxima cosa” cumple todos los deseos de sus visitantes y termina secuestrándolos. El museo Barnum, por su lado, es también un lugar infinito: posee, en un sentido inverso al centro comercial, todas las imaginaciones, todos los mitos, las leyendas. Tesis y antítesis: el mundo material ofrece deseos infinitos. La imaginación, por su parte, ofrece un escape a ese anclaje material, un mundo infinito como alternativa ante otro igual de vasto –la ficción como alternativa, como posibilidad.

If the Barnum Museum were to disappear, we would continue to live our lives much as before, but we know we would experience a terrible sense of diminishment. We cannot explain it. Is it that the endless halls and doorways of our museum seem to tease us with a mistery, to promise perpetually a revelation that never comes? If so, then it is a revelation we are pleased to be spared. For in that moment the museum would no longer be necessary, it would become transparent and invisible. No, far better to enter those dubious and enchanting halls whenever we like.

“August Eschenburg”, por otra parte, es la historia de un hombre dedicado al arte y a la fabricación de autómatas. Lo mecánico –la creación, casi perfecta, de los robots– se presenta como un acto mágico. El artista, devoto a su arte, no le interesa otra cosa más que la perfección, la dominación de la técnica. “Eisenheim the Illusionist” (hecho película en una adaptación que inserta con calzador una historia de amor por demás inexistente), presenta la misma tesis en una dirección distinta: aquí lo imposible es racionalizado y explicado banalmente a fuerza de soluciones químicas y espejos. August y Eisenheim, en rubros distintos, comparten la pasión por el arte, el deseo de culminar en el punto más alto de una era. Ambos, también, son figuras faustícas, se acercan al genio no por el favor de un demonio, sino por perseverar en el ethos protestante: ascetismo social, la voluntad expresada en el obrar. No extraña, así, que ambos personajes terminen solos: no hay nada más allá del arte, ningún consuelo.

“We others”, cuento que da título al libro, es interesante, pero no la mejor pieza del volumen. En palabras de Lethem, este cuento construye una historia de fantasmas sobre la tradición de Henry James. Narrado desde la perspectiva del fantasma, hay, en la transición a esa otredad fantasmal, un cambio en la substancia, un pasaje que sujeta al “yo” narrativo a reglas desconocidas:

Many of Millhauser’s stories suggest they are allegories of the artist’s existential condition, but rarely so forcefully as in this story’s opening lines: “We others are not like you. We are more prickly, more jittery, more restless, more reckless, more secretive, more desperate, more cowardly, more bold. We live at the edges of ourselves, not in the middle places. We leave that to you. Did I say: more watchful? That above all. We watch you, we follow you, we spy on you, we obsess over you.”

The speaker’s a ghost, a dead person who’s stuck around to haunt the living. Millhauser is the master of what might be called the Homeopathic School of Fantastic Writing: just the barest tincture of strangeness, eyedropped into the body of an otherwise mimetic story. The payoff for this withholding of weirdness can be a reader’s intensified complicity in defamiliarization: a sensation of slippage into the unreal just as we know it ourselves, from our dreams and fantasies.

Sabemos que los estadounidenses son afines a los adjetivos , pero es cierto que la prosa de Millhauser se sirve de varias tradiciones: la literatura fantástica, la literatura gótica del siglo XIX y el desencanto de la clase media de la sociedad estadounidense del siglo XX. Los editores empujan la comparación fácil con Borges y Kafka. Esto es engañoso. Borges es un palacio metafísico frente a las construcciones del norteamericano, y la prosa de Millhauser rara vez transmite la angustia implícita del señor K. No estar a la altura de las comparaciones de sus editores no demerita el trabajo de Millhauser: su obra es rica en escenarios y sensaciones, explora con rigor las sensaciones y ofrece mundos que la literatura realista pocas veces voltea a ver: las fantasías de la niñez (“Flying Carpets”), la imposibilidad del lenguaje (“History of a Disturbance”) o las disertaciones filosóficas del gato y el ratón (“Cat n’ Mouse”).

Como lector, mi cuento favorito del libro es “The Eighth Voyage of Sinbad”, texto que resignifica la lectura y convierte en infinitos los viajes de Sinbad en la voz de Scheherazade. Variante del museo Barnum, Sinbad vive, también, caminos y aventuras infinitas, tantas como sus lectores.

El libro en su totalidad es una excelente lectura, disponible en inglés vía Vintage Books, o bien en español a través de la traducción de . Otra reseña interesante puede ser leída en inglés en el Washington Post.

nomas

Diez disparos sobre el horror (apuntes de la vida cotidiana no. 121114)

1.

¿Qué podemos decir de las noticias que nos golpean, que nos llegan, aun estando lejos, como bofetadas, como el sonido cercano de bombas, como los gritos de terror de la familia? Horror: sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso.

2.

Alaíde ha escrito este artículo, que me parece muy sensato:

Sin habérmelo propuesto, hoy le conocí el rostro al estado mexicano (así, en bajas). Tiene cara de Murillo Karam. Se aparece con un semblante serio, gesto cansado de hombre trabajador. Comienza muy institucional. Habla bajo, quiere mostrarse solidario y competente. Ignora al asistente que le desliza un papelito que apenas y voltea a ver. El papelito no importa, parece decirnos. Lo importante son ustedes.

Pero gradualmente se va descomponiendo. Contesta con arrogancia a las preguntas de los medios más críticos. No puede esconder su sonrisita sarcástica ni su dejo burlón. Increpa a quien lo juzga. Ojalá hubieras estado en el lugar para ver qué grande es… No sé de dónde saca lo de las ropas. 

Se comporta como si estuviera haciéndonos un favor enorme, y no su trabajo. Como si él nos mandara a nosotros, y no al revés. Se refiere a Julio César Mondragón como el desollado. No tiene ya ni una pizca de humanidad. Su relato está completamente insensibilizado, no hay empatía pero se empeña en repetir hasta el cansancio que todo es muy triste. Palabras huecas.

(…) Señala la brecha que hay entre nosotros y él, cuando dice: Supongo que así está la sociedad mexicana. “Supongo, pero no lo sé: no formo parte de ella, y hace tiempo que no la miro”. Y finalmente, cuando más gente quiere seguir haciéndole preguntas, soberbio, casi caprichoso, sentencia: Ya me cansé. “Ya me cansé de hacer mi trabajo. Ya me cansé de sus reclamos”.

¿Quién es el gobierno? ¿Quiénes somos nosotros?

3.

Cuando le preguntan si siente tristeza por sus víctimas, el sicario “Broly Banderas” contesta:

A mí no me gusta hacerle daño a la gente que no me ha echo nada, no soy una persona mala, solo que estoy en un trabajo feo. Si te contara por qué entré a esto me comprenderías. No fue lo económico, sino las mujeres y la fama.

El horror en México tiene forma de hidra. Su corazón, podrido, está envenenado por la trifecta de los medios: dinero, mujeres y fama. En ese mismo triángulo habitan los sueños de nuestros gobernantes.

4.

–Y están muertos. Los quemaron a los pobres diablos– dice y patea un guijarro. Caminamos hacia la fosa, hacia el espacio en el que descubrieron los cuerpos calcinados. El aire sabe a estiércol.

–Aquí fue.

Saco la cámara y comienzo a tomar fotos. En los agujeros apenas se intuye el horror, ceniza revuelta con tierra como el cielo en una tormenta.

–Pobres chavos– digo por decir algo, pero ese algo se me queda atorado en la garganta.

–Vámonos.

Caminamos de regreso. Las fotos servirán para ilustrar –si es que eso es posible– una más de las notas sobre el espanto que nos rodea. Manejamos en silencio el resto del trayecto. Ni siquiera prendemos el radio.

–¿Cuándo te vas?

–Mañana.

De regreso a la ciudad el aire es un poco más pesado, menos respirable.

5.

¿Qué hacemos, entonces, con la rabia? ¿Cómo combatimos el horror? ¿A quién subimos nuestras quejas? No a Karam, por supuesto. No a Peña Nieto, quien hasta hace unos meses miraba a lontananza en la portada de la revista Times. No al Congreso, que recibió un bono por aprobar las reformas del actual gobierno. No al Ejército, que presenció la masacre de Ayotzinapa sin hacer nada. No a ninguno de ellos.

6.

“Al margen de los secuestros, lo que es especialmente aterrador son las afirmaciones de que el crimen organizado gobierna Iguala, al instalar a dos de los suyos –el alcaldes y su esposa– quienes usan a la policía municipal para saldar cuentas violentamente con escaso temor de ser aprendidos. La falta de confianza de los mexicanos en las autoridades a cargo de la procuración de justicia significa que el número de crímenes no investigados, así como el total de delitos, es apabullante”.

Culpamos al gobierno, pero también habría que culpar a nuestra apatía. Dice Alberto Chimal: “Nos quedaremos sin esperanza el día en que todos queramos ser de los que abusan, de los que torturan y matan”. Parafraseando a Cortázar, no todo está perdido si se tiene el coraje suficiente para admitir que todo está perdido y que hay que comenzar de nuevo.

7.

“La cadena de la responsabilidad, sin embargo, siempre termina en el Gobierno federal. Lo que ocurre en Iguala es responsabilidad de Los Pinos. La pérdida de esa noción cognitiva, tan fundamental para la construcción de un orden político, también es evidencia de la disolución de ese Estado.”

Hay algunos obnibulados que se atreven a sugerir que la energía la debiéramos dirigir hacia los criminales. No. Primero, porque el Gobierno es el primer criminal de este país. Segundo, porque el crimen organizado existe al amparo de éste. El “ya me cansé” es un espejo burdo en el que debiéramos vernos reflejados. Si algo nos queda de dignidad, lo romperíamos.

8.

¿Qué hacer ante el horror? Un puñetazo en la nariz. Oscar Estellés cuenta la historia de Astiz: en la calle, esperando la combi que lo llevaría al Cerro Catedral, Astiz voltea y mira al tipo que le ha preguntado: Vos sos Astiz, ¿no? Sí. ¿Y vos quién sos? ¡Yo soy el que te va a romper la cara, hijo de puta!

A veces me pregunto cuántos habrán soñado con una oportunidad así…

Alfredo Astiz: el Angel Rubio, el Cuervo, Gustavo Niño, Alberto Escudero. Un símbolo de la represión, del horror, de la impunidad. El tipo que se infiltró en el grupo que se reunía en la Iglesia Santa Cruz y marcó a doce personas para que las secuestren, entre ellas, tres Madres fundadoras del movimiento: Esther Ballestrino de Careaga, María Ponce de Bianco y Azucena Villaflor de De Vincenti. El tipo que desata dos de los más impactantes conflictos internacionales de la dictadura: el caso de la adolescente sueca Dagmar Hagelin y el de las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. El tipo que al decir de Uki Goñi, periodista y escritor de Judas, la verdadera historia de Astiz, el infiltrado, “…encarna el inconsciente colectivo de la ESMA”. El tipo que se infiltra en un grupo de exiliados en París y cuando es descubierto debe huir a España a pie. El lagarto que se rindió a los ingleses sin disparar ni un solo tiro en las Georgias. El tipo que es canjeado vaya uno a saber por qué o por quién y devuelto por la Thatcher. El tipo que se benefició por la aplicación de las aberrantes leyes de Obediencia Debida y Punto Final. El tipo que fue declarado persona no grata por el Concejo Deliberante de Bariloche.

¡Saquen a este loco!

Para la mitología periodística y la mayoría de la gente, fue una sola piña. En rigor, fue una paliza. Cuando lo tuvo a tiro, lo midió y sacó un directo de derecha con todas sus fuerzas. La piña impactó en el medio de la cara, justo debajo de la nariz. Astiz retrocedió atontado y sangrando, y alzó las manos haciendo un gesto mecánico destinado a cubrirse de la lluvia de golpes que se le venía encima. La minita se puso a gritar, histérica. El flaco –que, definitivamente no era un custodio– se borró. Astiz sólo atinaba a defenderse. Alfredo Chaves era imparable. Una máquina implacable que pegaba e insultaba sin descanso. Rodaron trenzados hacia la avenida, interrumpiendo el tránsito. Nadie podría decir exactamente cuánto duró la pelea. Lo suficiente como para que se formara un gran embotellamiento, habida cuenta de que la avenida Bustillo es el eje por donde circula la gente que se moviliza entre el centro de la ciudad de Bariloche y los principales puntos de interés turístico más conocidos como el Circuito Chico.

Pensé en las Madres…

Alfredo dice que cuando lo tuvo enfrente supo exactamente lo que tenía que hacer. Se imaginó a una de las Madres de Plaza de Mayo, o a un ex-detenido pasando con el ómnibus y mirando por la ventanilla cómo este tipo estaba por ir a esquiar lo más tranquilo y sintió un deseo irreprimible de pegarle, de lastimarlo, de hacerle sentir todo el repudio, toda la bronca, toda la impotencia acumulada durante tantos años. Por eso también la paliza fue verbal. Mientras le pegaba, Chaves no paró de insultarlo, de rebajarlo, tratando de provocar una reacción que nunca llegó.

La historia completa puede leerse aquí.

9.

¿Qué haríamos nosotros frente a Murillo Karam? ¿Frente a EPN? ¿Frente al Gobernador de Guerrero? Propongo, al menos, lo siguiente.

10.

Decía Luis Cardoza y Aragón que México es tan fuerte, que ni los mexicanos han podido acabar con él. Si todavía no está acabado, sin duda está gravemente herido. Nos resta, como dijera mi amiga Gabriela, tejer redes de colaboración, de bienestar, de amor. Inspirar, bajo pequeños actos, a los otros, termina siendo nuestra responsabilidad. No creo en un conflicto armado, sino en una transformación progresiva. Necesitamos involucrarnos.

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Los amores difíciles – Italo Calvino

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Los amores difíciles es un conjunto de historias cortas escritas por Calvino entre 1949 y 1967. Todo lo que está en el libro trata de amor. Lo que me sorprende es que no siempre sea así. Escuchándome vivir, me parece que ése es mi único tema, mi único apuro, mi único terror, escribiera Georges Perros. Desde la racionalización del amor –Fedro y Plato– hasta el cruel desenlace de la pasión –Shakespeare–, el mundo ha decidido girar en torno a este sentimiento. Calvino lo aborda desde lo inacabado, desde la imposibilidad de la comunicación. Minucioso, Italo nos enseña que la posibilidad del amor es más deliciosa que la concreción del mismo.

Era el final, pensó el soldado Tomagra, de aquella orgía secreta: y ahora, al pensarlo, parecía bien mísera en su recuerdo, aunque la hubiera agigantado codiciosamente mientras la vivió: una torpe caricia bajo una chaqueta de seda, algo que de ningún modo se le podía negar, precisamente por su lamentable condición de soldado, y que discretamente la señora, sin demostrarlo, se había dignado concederle.

Es interesante que el libro abre con una nota preliminar sobre Calvino, escrita en 1970 en tercera persona por él mismo. El juego, sin duda, es un desdoblamiento, pero ofrece la oportunidad de crear un mito: el escritor joven y comprometido, leído e impulsado por Cesare Pavese, es en sus inicios un periodista con un destino incierto:

Lo que seguía siendo más incierto para él era la vocación literaria: después de laprimera novela publicada, intentó durante años escribir otras en lamisma línea realista-social-picaresca, que eran despiadadamente demolidas o arrojadas al cesto de los papeles pos sus maestros consejeros. Cansado de esos esforzados fracasos, se entregó a su vena más espontánea de fabulador y escribió de un tiró El vizconde demediado. Pensaba publicarlo en alguna revista y no en libro para no darle demasiada importancia a un simple divertimento, pero Vittorini insistió en sacarlo como volumen breve en su colección Gettoni. La aprobación de los críticos fue inesperada y unánime.

A partir de ese momento, Calvino se desliza a la fabulación de sus historias más populares: El Barón Rampante, Las ciudades invisiblesSi una noche de invierno un viajero. Los amores difíciles no pertenece a esta búsqueda, ni es contado entre sus obras maestras, pero acaso provee una preocupación sincera en torno a lo que tenemos de humanos: la posibilidad del diálogo, del encuentro. En voz del autor, parten “de la dificultad de la comunicación, de una zona de silencio en el fondo de las relaciones humanas”. Toda literatura que vale la pena se centra en el fracaso. Desde el punto de vista formal, Calvino menciona:

Calvino pertenece todavía a las generaciones que han tenido tiempo de incluir en sus lecturas juveniles todo Maupassant y todo Chéjov: en este ideal de perfección de la composición narrativa “menor”, unido a un ideal de humour como ironía consigo mismo (en lo cual Svevo tal vez tiene también algo que ver) reside la poética de Los amores difíciles.

En su mayoría, los cuentos son minuciosos, detallistas, giran en círculos hasta aterrizar en la realización de la pérdida. Para sus personajes, los vasos comunicantes están rotos y los cuentos exploran “movimientos internos”, la melancolía de lo perdido, la epifanía de la felicidad:

“El secreto es ése”, decidió volviendo a su oficina, “que en cada momento, en cada cosa que haga o diga, esté implícito todo lo que he vivido”. Pero lo corroía un ansia de no poder estar jamás a la altura de lo que había sido, de no poder expresar, ni con alusiones y aún menos con palabras explícitas, ni siquiera con el pensamiento, la plenitud que tenía conciencia de haber alcanzado.

Sartre nos había enseñado que el infierno son los otros. Calvino modifica ese aprendizaje: los otros son lo imposible, el chance existe tanto para el cielo como para el infierno, pero es inaccesible.

Todo es aún más incierto pero siento que he alcanzado un estado de tranquilidad interior: mientras podamos controlar nuestros números telefónicos y no haya nadie responsa, seguiremos los tres corriendo hacia delante y hacia atrás por estas líneas blancas, sin puntos de partida o de llegada inminentes, atestados de sensaciones y significados sobre la univocidad de nuestro recorrido, liberados por fin del espesor molesto de nuestras personas y voces y estados de ánimo, reducidos a señales luminosas, único modo de ser apropiado para quien quiere identificarse con lo que dice sin el zumbido deformante que la presencia nuestra o ajena transmite a lo que decimos.

El precio es sin duda alto pero debemos aceptarlo: no podemos distinguirnos de las muchas señales que pasan por esta carretera, cada una con un significado propio que permanece oculto e indescifrable porque fuera de aquí no hay nadie capaz de recibirnos y entendernos.

Nunca sabemos cuándo viviremos las últimas cosas. Muchas veces, tan solo nos acercaremos a ellas –a la felicidad, a la pasión, al coraje–. Calvino nos ofrece en Los amores difíciles una lectura muy humana y un homenaje a todos esos roces. La sensación de tristeza es grande porque nos acerca al gran arrepentimiento de la vida: lo que pudo ser y no fue.

Una versión del libro está disponible aquí.

ayotzinapa

#YaMeCansé: por una reivindicación del insulto

La rueda de prensa de Murillo Karam será recordada para siempre por su remate: “ya me cansé”. El diálogo queda de pronto clausurado porque una de las partes decide, simplemente, no escuchar más. No es algo que nos sorprenda: no hay cabida en el discurso de nuestra clase gobernante para el intercambio, las exposiciones, menos aún para el cuestionamiento, la crítica.

Este sutil gesto resume la historia política del siglo XX en México. La Revolución. El movimiento estudiantil del 68. El movimiento Zapatista. Hay, en nuestra tradición, una tendencia a la negación del otro, desde la descalificación risible –el sobrenombre, el insulto–, hasta la desaparición del contrario. En el caso de los 43, esto no sino un cruel eufemismo para evitar nombrar las cosas por su nombre: secuestro y asesinato. Vivimos en un país donde el crimen queda impune y donde levantar la voz ante la injusticia significa ser callado para siempre. ¿Qué hacemos, entonces, con la rabia? ¿Cómo combatimos el horror? ¿A quién subimos nuestras quejas?

Habrá que reivindicar el insulto, llevarlo a las calles, gritar nuestra rabia en los lugares donde nuestra clase política come, donde se ejercita, donde trabaja, donde duerme. Ante sus oídos clausurados, ante su miseria, su glotonería, su avaricia, habría que dejarles claro que no olvidaremos, que moriremos gritando nuestro rechazo, nuestro odio, nuestro hartazgo.

Que tengan bien en claro que no podrán salir de su casa sin la certeza de que les mentaremos la madre, que no podrán comer en un restaurante sin la convicción de que estaremos ahí para mandarlos a la chingada, de que no podrán ir al cine, al teatro, asistir a un evento público sin que alguien, tú, yo, nosotros, les recordemos con una turba de alaridos que nosotros también estamos cansados de su indiferencia, su cinismo, su cobardía. A lo mejor así se enteran, finalmente, que afuera hay un pueblo lleno de rabia por haber perdido el país ante una manga de ladrones sin escrúpulos que no sienten la más mínima vergüenza, el mínimo pudor.

No olvidaremos. No callaremos. Cada uno de nosotros, a golpes de laringe, es eco de la rabia y el dolor de esos 43 desaparecidos.

Ayotzinapa somos todos; vivos se los llevaron, vivos los queremos.

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Meditaciones (todo mi ser se reduce a esto: la carne, el espíritu, la facultad rectora) – Marco Aurelio

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El tiempo de la vida humana es un punto: la sustancia, fluente; la sensación, oscurecida; toda la constitución del cuerpo, corruptible; el alma, inquieta; el destino, enigmático; la fama, indefinible; en resumen, todas las cosas propias del cuerpo son a manera de un río; las del alma, sueño y vaho; la vida, una lucha, un destierro; la fama de la posteridad, olvido. ¿Qué hay, pues, que nos pueda llevar a salvamento? Una sola y única cosa: la filosofía.

En marzo 15 de 1884, Tolstoi escribió:

Tengo que crear un círculo de lectura personal: Epictetus, Marcus Aurelius, Lao-Tzu, Buddha, Pascal, el Nuevo Testamento. Esto es necesario también para el resto de la gente.

¿Por qué esa necesidad de acercarse a los grandes pensadores? ¿Por qué esa sed de filosofía? Hannah Arendt dijo, en su momento, que nuestra responsabilidad está en entender.

La filosofía es un afán que siente el hombre por saber de sí mismo

Sócrates

Alain de Botton resume el objetivo de la filosofía como la búsqueda de la sabiduría para vivir y morir bien. El corazón de esta búsqueda es el gnóthi seautón –conócete a ti mismo– del Templo de Apolo en Delfos, “el cultivo de la sabiduría y la búsqueda o investigación de la verdad” (George Berkeley). El libro de las Meditaciones de Marco Aurelio es, así, un recuento de la búsqueda personal del emperador romano. ¿Cómo vivir? ¿Para qué? Estoico de escuela, Marco Aurelio da una serie de respuestas que se resumen en el dominio de uno mismo y las pasiones, la vanidad de la posteridad y la certeza del olvido, la ética del trabajo y la mansedumbre ante el destino:

Afánate fijamente, a cada hora, como romano y como varón, en hacer lo que tuvieres entre manos, con precisa y sincera gravedad, con amor, libertad y justicia, procurando desasirte de cualquier otra preocupación. Lo conseguirás si ejecutas cada acción de tu vida como si fuere la última, despojada de toda irreflexión y de toda apasionada repugnancia al señorío de la razón, sin falsedad, ni egoísmo, ni displicencia antes las disposiciones del destino.

Desechado, pues, de ti todo otro cuidado, pon sólo la atención en unos pocos preceptios. Y acuérdate que cada uno no vive más que el presente, indeciblemente pequeño. El resto de la vida, o ya se acabó de vivir, o es incierto. Brevísimo es, pues, el instante que cada uno vive, brevísimo el espacio donde habita, brevísima la fama de la posteridad.

¡Qué desatinado es el comportamiento de los hombres! No quieren reverenciar a sus contemporáneos y a sus conciudadanos, pero pretenden en sumo grado ser alabados por los venideros, a quienes nunca han visto ni verán jamás. Es casi como si te lamentases porque tus antepasados no te hayan dedicado palabras honoríficas.

La complacencia del hombre consiste en cumplir su deber de hombre. Y deber privativo del hombre es la benevolencia para con sus semejantes, el desprecio por los movimientos sensuales, el discernimiento de las ideas probables, la contemplación de la naturaleza universal y de lo que se produce conforme a sus leyes.

Luego que tú mismo hubieres adquirido los nombres de bueno, circunspecto, veraz, prudente, condescendiente, noble, mira bien no tengas que mudar nunca de nombre; y si perdieres estos dictados, vuelve al punto a recobrarlos. (…) Si te conservares en la posesión de estos títulos, sin anhelar que los otros forzosamente te llamen con ellos, serás otro hombre y te abrirás a otro género de vida.

Difícil es el camino del entendimiento propio en una época enfocada en la fórmula rápida, en la promesa del dinero. Habría que acercarse al libro de Marco Aurelio para formarse, al menos, un precepto, una guía que nos ayude a dirigir la barcaza en el mar de los días –pregúntese a los hombres en qué creen, qué les preocupa, cómo rigen sus días y las respuestas que oirá serán difusas, confundidas bajo un supuesto deber de “ser feliz”, de “aprovechar al máximo” lo que sea que se presente: la próxima quincena, un plato de frijoles, un maletín lleno de dinero–. Es esto la trampa del hedonismo, la mentira burda. Ofrezco una conclusión simple y accionable: en el paréntesis que es la vida, debiéramos poder tomar un respiro para meditar en qué queremos que sea nuestra vida:

Poco es el tiempo que te resta de vida. Vívelo como si te hallares en la montaña: que lo mismo da vivir aquí que vivir allí, con tal que en todas partes viva uno en el mundo como en su ciudad. Haz ver a los hombres, hazles reconocer en ti a un varón que vive de veras según la naturaleza. Si ellos no pueden soportarte, dente muerte. Más vale morir que vivir como ellos.

Ir, en todo caso, por la premisa más simple e importante: amaos los unos a los otros. Kurt Vonnegut, ateo, reinventa el mandamiento del Nuevo Testamento en una anécdota:

La mayoría de ustedes aquí son de la misma edad que mis nietos. Le hice mi gran pregunta acerca de la vida a mi hijo biológico Mark. Mark es un pediatra y autor de un libro de memorias titulado El Edén Express. El Dr. Vonnegut dijo esto a su senil padre: “padre, estamos aquí para ayudarnos unos a otros a través de lo que sea que es esta cosa”. Así que les paso a ustedes su comentario.

Cada quién sacará sus conclusiones, cada quien vivirá su propia vida. Nos compete a todos, sin embargo, hacernos estas preguntas fundamentales: ¿cómo vivir? ¿Para qué? Sabemos por Goya que el sueño de la razón produce monstruos. La filosofía, entonces, ofrece una forma para despertar de ese horror.

Para un video interesante sobre el estoicismo, consulten este link.

pedro paramo

Pedro Páramo, treinta años después – Juan Rulfo

Me costó un huevo encontrar esta pequeña carta de Juan Rulfo. La dejo aquí para no olvidarla de nuevo –el blog como una extensión de mi memoria–:

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Mis amigos de la agencia Efe me recuerdan que Pedro Páramo cumplió 30 años este mes de marzo (N.E.: marzo de 1985). Pedro Páramo y El llano en llamas han caminado por el mundo no gracias a mí, sino a los lectores con quienes ahora deseo compartir mi experiencia. Nunca me imaginé el destino de esos libros. Los hice para que los leyeran dos o tres amigos, o más bien por necesidad.

En 1933, cuando llegué a la ciudad de México, aún no tenía 15 años. En la preparatoria no me revalidaron mis estudios de Guadalajara y sólo pude asistir como oyente. Viví al cuidado de un tío, el coronel Pérez Rulfo, en el Molino del Rey, escenario que fue de una batalla durante la invasión norteamericana de 1847 y que hoy es cuartel de guardias presidenciales junto a la residencia de los pinos. Mi jardín era todo el bosque de Chapultepec. En él podía caminar a solas y leer.

No conocía a nadie. Convivía con la soledad, hablaba con ella, pasaba las noches con mi angustia y mi conciencia. Hallé un empleo en la oficina de migración y me puse a escribir una novela para librarme de aquellas sensaciones. De El hijo del desaliento sólo quedó un capítulo, aparecido mucho tiempo después como “Un pedazo de noche”.

Tuve la fortuna de que en migración trabajara también Efrén Hernández, poeta, cuentista, autor de Tachas y director de América. Efrén se enteró, no sé cómo, de que me gustaba escribir en secreto y me animó a enseñarle mis páginas. A él le debo mi primera publicación. “La vida no es muy sena en sus cosas.”

No soy un escritor urbano. Quería otras historias, las que imaginaba a partir de lo que vi y escuché en mi pueblo y entre mi gente. Hice “Nos han dado la tierra” y “Macario”. En 1945, Juan José Arreóla y Antonio Latorre publicaron estos cuentos en la revista Pan. de Guadalajara.

En la posguerra entré como agente en la Goodrich-Euskadi. Conocí toda la República, pero tardé tres años en dar otra colaboración, “La cuesta de las comadres”, a la revista América. Efrén Hernández logró sacarme también “Talpa” y “El llano en llamas”, en 1950, y “Diles que no me maten”, en 1951.

Al año siguiente, Arnaldo Orfila Reynal, Joaquín Diez Cañedo y Alí Chumacero iniciaron en el Fondo de Cultura Económica la serie Letras mexicanas. Me pidieron mis cuentos, y con el título de El llano en llamas, el volumen empezó a circular en 1953. Acababa de establecerse el Centro Mexicano de Escritores con parte de la segunda promoción de becarios, con Arreóla, Chumacero, Ricardo Garibay, Miguel Guardia y Luisa Josefina Hernández. Cada miércoles por la tarde nos reuníamos a leer y criticar nuestros textos en una casa de la avenida de Yucatán. Presidían las sesiones Margaret Shedd, directora del centro, y su coordinador, Ramón Xirau.

En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí por fin haber encontrado el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules.

Al llegar a casa, después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno. Escribía a mano, con pluma fuente Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní 300 páginas. Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas.

Llegué a hacer otras tres versiones que consistieron en reducir a la mitad aquellas 300 páginas. Eliminé toda divagación y borré completamente las intromisiones del autor. Arnaldo Orfila me urgía a entregarle el libro. Yo estaba confuso e indeciso. En las sesiones del centro, Arreóla, Chumacero, la señora Shedd y Xirau me decían: “Vas muy bien”. Miguel Guardia encontraba en el manuscrito sólo un montón de escenas deshilvanadas. Ricardo Garibay, siempre vehemente, golpeaba la mesa para insistir en que el libro era una porquería.

Coincidieron con él algunos jóvenes escritores invitados a nuestras sesiones. Por ejemplo, el poeta guatematelco Otto Raúl González me aconsejó leer novelas antes de sentarme a escribir una. Leer novelas es lo que había hecho toda mi vida. Otros encontraban mis páginas muy faulkerianas, pero en aquel entonces yo aún no leía a Faulkner.

No tengo nada que reprocharles a mis críticos. Era difícil aceptar una novela que se presentaba con apariencia realista, como la historia de un cacique, y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos. Incluso el narrador, y sus calles y campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio.

El manuscrito se llamó sucesivamente Los murmullos y Una estrella junto a la luna. Al fin, en septiembre de 1954, fue entregado al Fondo de Cultura Económica con el título de Pedro Páramo. En marzo de 1955 apareció en una edición de 2.000 ejemplares. Archibaldo Burns hizo la primera reseña, negativa, en México en la Cultura, el gran suplemento que dirigía en aquellos años Fernando Benítez, con el título de Pedro Páramo o la unción y la gallina, que jamás supe qué diantres significaba.

En la Revista de la Universidad, el propio Alí Chumacero comentó que a Pedro Páramo le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas. Pensé que era algo injusto, pues lo primero que trabajé fue la estructura, y le dije a mi querido amigo Alí: “Eres el jefe de producción del Fondo y escribes que el libro no es bueno”. Alí me contestó: “No te preocupes, de todos modos no se venderá”. Y así fue: unos 1.000 ejemplares tardaron en venderse cuatro años. El resto se agotó regalándolos a quienes me lo pedían.

Pasé los años siguientes en Veracruz, en la comisión de Papaloapan. Al volver me encontré con artículos como los de Carlos Blanco Aguinaga, Carlos Fuentes y Octavio Paz, y supe que Mariana Frenk estaba traduciendo Pedro Páramo al alemán, Lysander Kemp al inglés, Roger Lescot al francés y Jean Lechner al holandés.

Cuando escribía en mi departamento de Nazas 84, en un edificio donde habitaban también el pintor Coronel y la poetisa Eunice Odio, no me imaginaba que treinta años después el producto de mis obsesiones seria leído incluso en turco, en griego, en chino y en ucraniano. El mérito no es mío. Cuando escribí Pedro Páramo sólo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se sufre en serio.

En los más intimo, Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana San Juan. Susana San Juan no existió nunca: fue pensada a partir de una muchachita a la que conocí brevemente cuando yo tenía tres años.

Ella nunca lo supo y no hemos vuelto a encontrarnos en lo que llevo de vida.