Vivir en Dubai: apuntes para un futuro diario (actualizado)

Feb 2019

En Dubai, lo nuevo y lo inacabado coexisten todo el tiempo (la grúa es tan común como el rascacielos).

(sobre los retratos de los jeques) ¿Quiénes son estos hombres, que nos miran como padres severos o bondadosos?

¿Cuántos años llevas en Dubai?, le pregunto al conductor del taxi.
10 años, contesta.
¿Te gusta?
Dubai life is good, me responde.

Los primeros rascacielos aparecieron en el siglo XIX en ciudades ya habitadas. Aquí pareciera que primero llegó el edificio y luego la gente.

Hay algo vintage en el horizonte de Dubai. Acaso es el uso de los vidrios polarizados en sus edificios, o la arquitectura que se yergue como uno de los sueños futuristas del pasado.

El brunch, en Dubai, tiene las mismas connotaciones que ir a Xochimilco el fin de semana.

¿Qué opinaría Le Corbusier de Dubai? Creo que, a grandes rasgos, le gustaría: es el triunfo del automóvil y del concreto contra un enemigo impensable: el desierto.

Marzo, 2019

Hay cierto tipo de restaurantes en Dubai que no visita nadie salvo los repartidores en motocicleta –su atmósfera, por alguna razón, me hace pensar en el cyberpunk: todo es velocidad, poco importa la interacción social.

Si Dubai es un pueblo Potemkin, los que vivimos aquí somos entonces sus fantasmas.

Fui a ver una charla de Douglas Coupland. Dubai is brash, dijo en algún momento. Una de las acepciones de dicha palabra es «sin gusto», pero la otra es «arrogante» –en el foro, Coupland calzaba unas sandalias birkenstock.

Siempre me fascinará la manera en que ciertos lugares se superponen a otros. Pienso, por ejemplo, en la obra «Las alas de México», una escultura de Jorgé Marín que vi por primera vez en Reforma, justo frente al museo de Arte Moderno. Su presencia en  Dubai me regresa a aquella calle y sus fantasmas: el tráfico palpitante, el olor de los puestos de comida callejera y ¿los mismos? transeúntes tomándose fotos para sus redes sociales frente a la misma escultura. Es una sensación vaga, irreal, casi incomunicable, que me recuerda este texto de Juan Villoro –»no sé si me di a entender, mi jefe».

A la luz del cambio climático, los Emiratos Árabes parecen haber construido aquí una de las formas del futuro: universos contenidos, Alephs autosuficientes. No es raro encontrar, entonces, un mall con una pista de nieve o un conjunto de islas que intentan recrear el mundo. Tal esfuerzo, me parece, es casi borgeano.

Abril 2019

Miro Google Maps: me toma una hora y cuarenta minutos recorrer a pie una distancia que, en coche, toma diez minutos. En esta ciudad el flâneur queda cancelado automáticamente.

El museo más importante de los Emiratos Árabes Unidos se llama Louvre. ¿A qué necesidad responde nombrar lo local como algo no-local? Tal vez es un vestigio de la colonización –necesitamos que nos miren aquellos que primero nos masacraron.

Se equivocan los que comparan a Dubai con el futuro a partir de sus construcciones –no es esto, en realidad, lo que nos hace prever lo que viene. Dubai es el futuro porque ha conquistado el vacío –¿no es el espacio tan solo otro tipo de desierto? Así, Dubai es el anticipo a Marte.

Pese a las restricciones sociales, la gente aquí parece vivir un tipo edénico de libertad. Les preguntó por qué. No hay ninguna sociedad a la que adaptarse. No hay que encajar, me responden.

Mayo 2019

Ramadán acaba de comenzar. Tiene algo de hermoso escuchar la oración de maghrib que rompe el ayuno de los musulmanes –Bismilláh ir-Rahmán ir-Raheem, que significa «en el nombre de Dios, el más amable, el más misericordioso».

Para los árabes, el nombre de Dios es un misterio. «Bismilláh», entonces, es tan solo una de sus 99 acepciones –en otras palabras, uno de sus tantos atributos (en este caso, «el compasivo»).

El ifthar es la comida que rompe el ayuno durante el Ramadán. Es, en pocas palabras, un buffet que nos recuerda la época en que los árabes vivían todavía en el desierto. Para el individuo, es el trayecto desde la penitencia hacia la comunidad, desde la penuria hasta la misericordia.

Al parecer,  muchas cosas se han relajado en Dubai durante el Ramadán: los hoteles siguen vendiendo alcohol, las tiendas siguen sirviendo comida tras unas cortinas. A los no practicantes se les recomienda no comer, beber o fumar en público, pero en algunas zonas llegué a ver algunas personas hacerlo. Me pregunto, entonces, si este lugar es el punto de inflexión para el mundo árabe, un modelo multicultural que el resto del Golfo Pérsico puede emular.

Junio 2019

Todo en Dubai parece transitar entre el intento de una vida saludable –el fitness, el vegetarianismo, la comida baja en calorías– y la decadencia –los brunchs con sus mimosas interminables, la arena que se cuela en todas partes, las tarjetas con teléfonos de prostitutas tiradas en las aceras. Entre ambos extremos no hay puntos intermedios.

Ha comenzado el calor. Si piensa que no debe ser tan distinto a alguna situación que haya experimentado antes, se equivoca –salvo que tenga en mente esos segundos de bochorno al abrir el horno de la cocina.

Resulta curioso cómo las áreas verdes son un signo de riqueza en el desierto –el agua es igual o más importante que el petróleo.

Dubai y la paciencia. Exhibit A: me subo a un taxi y le pido al chofer que me lleve al lugar X. Dice que no sabe cómo llegar. Le respondo que yo lo puedo guiar con el GPS, pero revira diciendo que él no confía en los GPS. Exhibit B: somos cuatro personas en una mesa con tres sillas. Pido una silla adicional. El hombre me contesta que esa mesa solo tiene tres sillas, pero no explica 1) por qué no puede traer otra o 2) las razones por las que esta mesa está destinada a tener tres asientos y nada más. El hombre se va y me deja con mis dudas en la boca. Minutos después le pido a alguien más –sorpresa, es latina– una silla. Llega a los pocos minutos.

A los egipcios no les importa ni un ápice el Egipto faraónico. Para ellos, sus vestigios empatan perfecto con la idea de ruina: ha concluido su derrumbamiento y, en algún momento, su presencia física. Mientras esto sucede, cobran la cuota respectiva.

Julio 2019

El Burj Khalifa. Las islas del mundo. La feria mundial 2020. La falta de historia gesta proyectos titánicos –de lo contrario, ¿por qué se parecen tanto los proyectos de Dubai a aquellos citados en los anales de la historia?

El museo del Burj Khalifa es, en cierta manera, un memorial de la Torre de Babel.

(las siguientes dos notas provienen de mis exploraciones alrededor del concepto de staycation)

He visitado un bar llamado Gold on 27 en el último piso del Burj Al Arab –el mito cuenta que es el único hotel 7-estrellas, lo cual es falso. El lugar está decorado con motivos dorados (por supuesto) y los que lo visitan pueden beber diversos cócteles, entre ellos, uno con tequila llamado Sabkha (nombre en árabe de la corteza salina que se forma tanto en las costas como en el desierto) y otro con  vodka y oro (por supuesto) llamado Djin Genie (los djin son demonios dentro de la mitología musulmana). No sé qué pensar al ver ambos tragos uno frente al otro.

A las afueras de Sharjah hay una villa abandonada –según el guía que nos ha llevado hasta ahí, la aldea estaba habitada por la tribu Al Kutbi, pero nadie sabe por qué se fueron. Se rumora, sin embargo, que el lugar está embrujado. Apenas hay un puñado de casas situadas en dos hileras y, al final de lo que antes fue la única calle del pueblo, hay una pequeña mezquita . El sitio, poco a poco, ha sido devorado por la arena. La sensación de abandono se mezcla con la certeza de que allí hubo alguien en algún momento. El desierto, sin embargo, no perdona: avanza y avanzará y seguirá avanzando hasta sitiar cada rincón de este lugar.

Agosto 2019

He escapado del calor y me he ido a México. Dubai es tan solo un (mal) recuerdo.

(Tres semanas después) He regresado al calor. Dubai es ahora (una mala) realidad.

Septiembre 2019

La vida se ha convertido en un bucle infernal: trabajar, quejarse del calor, beber el jueves por la noche, brunch, repetir.

Mi trabajo tiene la dicha de llevarme a sitios que, de otra forma, no visitaría. El último ha sido Sudáfrica, en específico, Sanbona, una reserva a tres horas de Ciudad del Cabo. Entre las actividades laborales nos hemos dado tiempo para hacer un Safari, que no es otra cosa que un viaje en Jeep por los caminos de la reserva –el sitio es del tamaño de Manhattan, pero el nuestro no ha sido un viaje extenso. «Cuando hablo sobre los rinocerontes me dan ganas de llorar», ha dicho el guía en algún momento. La confirmación del cambio climático y la destrucción del mundo por el hombre me ha dejado devastado –por citar un ejemplo, quedan alrededor de 30 mil rinocerontes en su hábitat natural en todo el mundo. ¿Qué hacer? ¿Cómo vivir en un mundo que se encamina hacia el acantilado? Estas preguntas no me han abandonado.

Hay un mito urbano en Dubai: los bares en los que se divierten las azafatas. Todo mundo sabe que existen, pero nadie sabe a ciencia cierta cuáles son. Tienen mucho de oasis y, con esto, de promesa –en el fondo, tal idea no es sino otra versión de las huríes, esto es, la imaginación musulmana de un paraíso lleno de mujeres.

Octubre 2019

El clima ha comenzado a cambiar y esto (se nota) tiene un impacto en el humor de las personas –se les nota más alegres, vivarachas. Por lo que sé, algo similar sucede en Escandinavia tras el invierno. ¿Qué tan elementales somos que dependemos, para ser felices, de los cambios meteorológicos?

Fue mi cumpleaños e hice una fiesta. Uno se da cuenta que ha envejecido cuando le preocupan que las cenizas de cigarro caigan en las terrazas de sus vecinos.

Después de casi medio año de duelo he comenzado a salir de nuevo. Salgo con una chica de Kazajstán que me habla de inviernos de -40 grados (el frío, me dice, se encaja como agujas en la piel); me habla de su niñez en Mongolia tras la migración de sus padres debido a la invasión soviética (ella, a diferencia de sus connacionales, no habla ruso); me cuenta de sus juegos de la niñez (en los que ponía a pelear en una caja a un par de insectos); en síntesis, de su vida, una ventana en Dubai hacia un infinito número de cosas y recuerdos apuntando siempre hacia otra parte.

Noviembre 2019

Me han dado una oferta de trabajo en Barcelona. La he aceptado. No llevo ni un año en Dubai, pero siento que he tenido suficiente. No extrañaré el calor del desierto, ni las luces brillantes de sus antros, ni los edificios a medio construir. Tampoco echaré de menos sus inmensos centros comerciales, sus hoteles como ciudades ni sus noches de frenesí interminable. O, tal vez, solo esto: sus noches solitarias, frenéticas, sí, pero llenas de posibilidades.

Conocí a una chica de Rusia que se acaba de separar.

Diciembre 2019

He hecho un viaje a Tailandia de una semana.

Salgo ahora con una chica de Rusia, otra de la India (cuyo olor me fascina) y otra más de Eslovenia. No conozco mucho de sus países pero siento, sobre todo, que me hacen falta preguntas (En 1990 nació la chica de la India –yo tenía ocho años e intentaba aprenderme de memoria un poema para un concurso de oratoria. En su departamento tiene una copia del Bhagavad Gita, del que no conozco nada.  Eslovenia, según me entero, se convirtió en un país independiente hasta 1991. ¿Qué estaba haciendo yo en ese momento? Tenía nueve años ). Resulta curioso cómo la vida de los otros siempre se teje, de una forma o de otra, con la nuestra.

Enero 2020

Leo, por primera vez, sobre el Covid-19. Semanas antes se habían detectado diversos casos en la provincia de Wuhan, la más poblada en el centro de China, pero fueron ignorados por negligencia del Comité Central. Cuando la crisis estalló a comienzos del año, la ciudad cerró el aeropuerto y canceló las celebraciones del Nuevo Año Lunar, en un intento por limitar el contagio. Ahora sabemos que ya era demasiado tarde.

Celebro mi último día de trabajo en dubizzle, la empresa que me ha contratado por poco menos de un año. Un grupo de personas de la empresa hemos ido a un bar llamado «Garden on 8», pero no es un jardín, tan solo tiene una alfombra verde, como las que se estilan en los parques de mini-golf (en su defensa, sí está en el piso 8 de un hotel en la Marina). Alguien habla del virus en China y yo comento que todo irá bien. «Recordemos el H1N1 hace unos años», digo, con una certeza que no sé de dónde viene.

Días después viajo a Barcelona a unas reuniones con mi nuevo trabajo –la visa no ha sido aprobada aún, pero es una buena idea utilizar este viaje como una especie de onboardingFuera de la presencia de varias personas con cubrebocas en los pasillos del aeropuerto, todo luce normal. 

Febrero 2020

Ya en el taxi, le pregunto al conductor si está preocupado por el virus y su impacto en el turismo, pero no me contesta –tan solo en 2019, Dubai recibió cerca de un millón de turistas provenientes del gigante asiático, y se espera que el número crezca en los próximos años. Miro la ciudad desplegarse en esa mezcla entre lo nuevo y lo inacabado (¿no es ésta una definición de la esperanza?): decenas de grúas y edificios a medio terminar esperan su conclusión de cara a la Expo 2020. En mi celular, sin embargo, aparece la nota de un hombre fallecido en Filipinas debido al coronavirus. Es el primer deceso fuera de China.

 

Se ha confirmado el primer caso de coronavirus en Dubai: una familia china que se encontraba de vacaciones en la ciudad.

En El Decamerón, de Giovanni Boccaccio, los personajes inventan un juego para entretenerse: cada uno de ellos elegirá un tema diario (el amor, la inteligencia y la fortuna, principalmente) sobre el cual el resto contará una historia. “Hemos de vivir festivamente, pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir”, dice uno de ellos. Pienso en esta frase mientras miro a mi alrededor: es fin de semana y hemos venido a un brunch, que en Dubai no es otra cosa que un buffet con alcohol ilimitado en alguno de los tantos hoteles de la ciudad. La mayoría en la mesa se encuentran borrachos. Frente a nosotros, en la pista de baile, un hombre cae al suelo riendo. Vivir festivamente es un tipo de optimismo, pienso. O, acaso, una variante del cinismo.

En la literatura, la quintaesencia de una pandemia es una ciudad deshabitada (Procopio termina su relato como Matheson comienza el suyo). Barcelona, en este sentido, no llega a transmitirme ese dejo apocalíptico, pero luce vacía para esta época del año en la que normalmente se realiza el Mobile World Congress (MWC), evento de tecnología que reúne a operadores de telecomunicaciones, empresas de tecnología y fabricantes de dispositivos móviles a nivel mundial. En esta ocasión, sin embargo, el evento ha sido cancelado debido a la amenaza del virus –se estima que la derrama económica por el MWC es de aproximadamente 500 millones de euros, por lo que su cancelación deja un boquete importante en las finanzas de Barcelona. Esto no solo afecta a la Ciudad Condal: el coste global podría ser de casi 3 billones de dólares debido, principalmente, al decremento en las exportaciones, la caída en las principales bolsas financieras, la interrupción de distintas cadenas de producción y, finalmente, la contracción del turismo a nivel mundial. Más aterradora, sin embargo, es la desigualdad evidenciada por el coronavirus: falta de flexibilidad para trabajadores en sectores de servicios o con contratos temporales que los obligan a trabajar en condiciones que para otros son de riesgo. Los trabajadores autónomos y negocios pequeños son otro segmento que será severamente afectado: una amiga que trabaja como diseñadora independiente y maestra de baile en Alemania me cuenta que todas sus clases y presentaciones han sido canceladas por los próximos meses. “No sé qué vamos a hacer”, remata con obvia desesperanza.

Marzo 2020

Llego a la Ciudad de México un miércoles en la noche. En el taxi, hago las preguntas de rigor: “¿cómo está el país? ¿Cómo va la cosa con López Obrador?”. La conversación nos lleva, invariablemente, hacia el coronavirus.
“Está muy sospechoso, joven”, me dice el conductor mientras saca el celular de su bolsillo y busca un mensaje entre sus chats. “Yo creo que los gringos le quieren dar en la madre a los pinches chinos. Mire, a ver qué le parece”.
Me pasa su teléfono con un video que narra (con una voz parecida a la de un robot) una teoría conspirativa sobre el diseño del virus en un laboratorio británico. Me llama la atención un detalle: la baja tasa de mortalidad (TM) del COVID-19 como supuesta prueba de que fue diseñado –la TM del coronavirus es baja: entre el 2 y el 3% , en comparación contra el 10% y 35% del SARS y el MERS respectivamente.
De ser así, ¿por qué nos asusta tanto lo que está sucediendo alrededor del COVID-19? Giorgio Agamben, filósofo conocido por sus escritos sobre el “estado de excepción” como mecanismo para limitar garantías y libertades, ha criticado la respuesta ante el coronavirus como un montaje más de esta maquinaria estatal. Otras voces apuntan a teorías igual de inadmisibles: la guerra comercial entre China y Estados Unidos o el episodio de una guerra biológica, como si la mutación de un virus conocido fuera una idea demasiado descabellada como para ser cierta.
Lo que la mayoría ignora es que el riesgo de una epidemia no reside únicamente en su tasa de mortalidad, sino también en la rapidez del contagio, el desconocimiento de la enfermedad (una fracción de las personas contagiadas por el virus no presentan síntomas) y el impacto en los sistemas productivos y de salud de un país (en Wuhan, muchas personas que murieron por el Covid-19 podrían haber sobrevivido si hubieran tenido acceso a una infraestructura de salud pública más robusta).
Albert Camus, en su novela La peste (que, por cierto, ha tenido un repunte de ventas en estas fechas), explica nuestra incapacidad de encontrar respuestas adecuadas de la siguiente manera:

Las plagas, en efecto, son una cosa común, pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. (…) Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estúpido”. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si dejara de pensar siempre en sí mismo. (La peste, primera parte)

He regresado a Dubai después de más de dos semanas fuera. Al aterrizar, una estación itinerante nos espera para tomarnos la temperatura a todos los pasajeros. Aquellos con fiebre serán enviados a una estación secundaria, donde les tomarán distintas muestras y los harán firmar una carta que los compromete a una semi cuarentena voluntaria. Las escuelas, por su parte, han decidido suspender clases por las próximas cuatro semanas y los lugares de trabajo han activado diversas políticas de labor a distancia.

Por mi parte, regreso a la lectura de Procopio de Cesárea: su texto no solo relata los síntomas de la peste (“repentinamente les daba fiebre”), sino también el desconcierto (“no había ninguna causa de esta enfermedad que pudiera ser comprendida por el razonamiento humano”) y la histeria social (“hacían por no oír ni siquiera la llamada de sus amigos y los dejaban encerrados en sus habitaciones”) que aquejó a Bizancio en esa época. Por alguna razón, dichos párrafos no suenan demasiado distinto a lo que estamos viviendo ahora: en Birmingham, por ejemplo, un hombre golpeó a una mujer tras acusar a su amiga de ser portadora del virus, mientras que en Londres un joven de Singapur fue atacado en un incidente relacionado al coronavirus.

Al escribir estas líneas no hay desenlace visible para el Covid-19 (hay más de 125 mil casos registrados a nivel mundial y el número sigue creciendo). Pese a esto, la literatura nos enseña, en múltiples instancias, que la enfermedad del cuerpo puede ser una metáfora sobre la enfermedad del espíritu. De ser así, tal vez haya que prestar igual atención a esos síntomas que suceden entre las líneas de los encabezados diarios, aquellos que señalan no la fiebre, sino la histeria; no el resfriado, sino lo peor: la maldad, la ignorancia y el cinismo.

Abril 2020

He pasado más de diez días sin salir de casa. Por la ventana veo el paseo de la Marina vacío: la vista me recuerda las imágenes de Chernobyl años después de la catástrofe. Algo tienen las ciudades abandonadas:

Comienzo a sentirme nostálgico sobre la idea de partir.

 

(diario inconcluso)