Contra la decisión de Spotify de dar de baja mi podcast de libros

Hace una semana recibí el siguiente correo electrónico por parte del equipo de Content Protection de Spotify. En resumen, me comunicaron que mi podcast había sido dado de baja por una queja de Universal Music Group.

Me molestan varias cosas de dicho correo: el tono displicente, la presunción de culpabilidad pese a no dar evidencia («while this claim is under investigation, this content has been taken down»), así como los pobres mecanismos de resolución.

El debate, en todo caso, tiene demasiadas aristas, por lo que delinearé tan solo algunas. Dicho esto, ayudará mucho si compartes esta publicación en tus redes sociales.

spotify

I: el copyright como un disparo en el pie

Spotify busca convertirse en una empresa que no solo ofrece streaming de música sino, eventualmente, entretenimiento –para entenderlo mejor hay que revisar la estrategia de la compañía: el crecimiento en su audiencia depende de su habilidad de atraer y retener  a más usuarios y ven una correlación de estos dos hechos con el consumo de podcasts. Esto no es nuevo: derivado de estos análisis, a comienzos de 2019 Spotify adquirió Gimlet Media, una red de contenidos en audio, así como Anchor, una empresa que produce herramientas para creadores. Hasta el momento la estrategia parece haber funcionado:

The company reports that its podcast audience has grown by over 50 percent since the last quarter, and that it has almost doubled since the start of the year. The company also saw subscriber numbers grow overall, with its total number of premium subscribers growing by 9 percent to 108 million compared to the last quarter, and monthly active users growing to 232 million, an increase of 7 percent that The Wall Street Journal notes exceeded expectations.

Fuente: The Verge.

El correo que recibí, sin embargo, parece no seguir esta lógica y perjudica, principalmente, a aquellos creadores que no tienen una producción profesional detrás y, pese a esto, ofrecen contenidos de calidad para nichos específicos –esto sin contar que incluir música en podcasts como el mío permite que nuevas audiencias sean expuestas a bandas que nunca habían considerado, aspecto que redunda en más streams posteriormente.

II: la apropiación como cultura

Vivian Abenshushan, en su libro Escritos para desocupados, habla de John Zorn y la apropiación como mecanismo creativo.

Su música está hecha de recolección y recortes. De influencias y apropiaciones. De copy-paste. Es una música políglota y está rodeada de signos y referencias, como Nueva York o su propio departamento. Como internet (o mejor dicho: prefigurando Internet).

Vivian Abenshushan, La tiranía del copyright

Recopilar la experiencia de otros como propia y transformarla ha sido un mecanismo del arte por mucho tiempo –la frase «los buenos artistas copian, los grandes artistas roban» es ahora un lugar común falsamente atribuido a Picasso, que sin embargo señala una obviedad: todo arte (e, incluso, toda cultura) está llena de plagios.

Para ejemplificar esto, Abenshushan cuenta la historia de Waka Waka, la canción de Shakira para el Mundial de Sudáfrica en 2010:

Durante el Mundial un pequeño escándalo se desató alrededor del zumbidito fastidioso (y omnipresente) de la canción oficial del torneo. (…) Alguien advirtió que la colombiana había plagiado a Wilfrido Vargas y que el estribillo de «El negro no puede» era el mismo del Waka Waka. Vargas desmintió el rumor explicando que la autoría era en realidad de un grupo camerunés, Golden Sound. Pero el grupo camerunés reconoció a su vez que ellos lo habían adoptado de un canto popular llamado Zangalewa que había surgido espontáneamente entre un grupo de scouts que lo cantaba mientras marchaba. ¿A quién pertenecía entonces la canción? Seguro, no enteramente a Shakira, pero ella cobraba royalties por tararearla cinco segundos en televisión y estaba dispuesta a defender su propiedad contra la piratería.

Esto es cierto desde Georges Perec hasta Daft Punk. ¿Qué intentan entonces defender Spotify y UMG con correos como éste?

III: el (supuesto) impacto económico

Universal Music Group (UMG) es el sello musical más grande del mundo: tan solo en 2018 reportó ingresos por más de 7 billones de dólares, un incremento del 6% año contra año. Además de esto, UMG es dueña del 10% de Tencent, empresa china de tecnología que al día de hoy ronda los 500 billones de dólares en valuación.

En adición a esto, la industria musical está en crecimiento gracias a los servicios de streaming que, tan solo en 2018, representaron casi 10 billones de dólares en ingresos –contra los 14 billones en ventas de CDs en el año 2000.

US-MusicRevenues-1
Fuente: Chartmasters

En resumen, no les falta el dinero ni tampoco salud (no hace falta decirlo, pero en comparación, yo gané 0 dólares desde que lancé mi podcast hace un par de años). ¿Qué lleva a estos rufianes, entonces, a perseguir y/o cancelar de esta manera a los creadores amateurs? Su respuesta, por supuesto, reside en términos económicos: la pérdida, según sus propias fuentes, es de 12.5 billones de dólares.

UMG necesita, en pocas palabras, de más dinero –dicha lógica voraz es una de las razones de nuestra crisis actual y, probablemente, nuestro epitafio. Me pregunto, en todo caso, qué porcentaje de dicha pérdida representa mi podcast –por mi parte, me queda claro que opero en números rojos: gasto dinero en hospedaje, por no hablar del tiempo.

IV: la tiranía del copyright sofoca la cultura

En una entrevista, John Zorn se lamenta del tono inquisidor de estas corporaciones:

Es jodidamente deprimente. Veo enormes corporaciones actuando como traficantes de esclavos, como si esto fuera el regreso de los faraones. (…) ¿Qué tendremos en otros cien años? Un mundo dirigido por una corporación. Todos los artistas firmarán por ese único sello y todo el que no lo haga será perseguido. Tendremos una Inquisición, bueno, casi la tenemos ya.

Y sí: esa Inquisición del copyright llega a momentos a rayar en lo absurdo. Existe, sin embargo, una alternativa: la figura del «uso justo» (fair use, en inglés), que establece el uso de contenidos de terceros con fines divulgativos, humorísticos o críticos. Algunos aspectos que permiten delinear el uso justo tienen que ver con el motivo y la naturaleza del uso, la porción o porciones utilizadas y el efecto en el potential mercado. 

Los beneficios del «uso justo» son la esencia misma del Internet: en 2014 Paul Sieminski comentaba ya sobre los riesgos del Digital Millennium Copyright Act (DMCA) en Estados Unidos:

Fair use has also transformed the internet from a passive information library to an active, participatory, sharing web. People interact with information more meaningfully and passionately when they can transform it, review it, mash it up, and add their own individual perspectives to it – leading to a better internet for everyone.

Fuente: Wired.

La visión contraria es un ambiente cerrado en el que los grandes dueños mediáticos persiguen las permutaciones de los productos creativos que representan, todo por centavos –esto sin contar otros aspectos negativos como el auge de extorsionadores en YouTube o las restricciones que a veces enfrentan incluso los memes (recordemos el caso  de Nickelback y Donald Trump).

V

Pese a estas nociones, Spotify ha decidido eliminar El Anaquel de su lista de podcasts sin considerar el uso justo, la naturaleza divulgativa de su contenido ni el impacto real en la audiencia de UMG.  En todo caso el contenido seguirá disponible en otras fuentes, principalmente en esta página y en iTunes.

A ellos y a UMG habría que recordarles que tenemos derecho a compartir las cosas que nos apasionan o divierten sin tener que someternos a la ambición desmedida de su balance de resultados; decirles que podemos transformar y apropiarnos de objetos culturales con el fin de promover la libre circulación de la cultura o el cuestionamiento de las estructuras de poder que nos rodean; que queremos «restituir el equilibrio (por ahora perdido) entre el derecho de la industria a recuperar su inversión y obtener una ganancia justa (pero sin monopolios ni especulación ni incremento excesivo en el precio de las mercancías), el derecho de los autores a ser reconocidos como tales y a recibir un incentivo por su creación, pero también el derecho de la comunidad a participar de la cultura» (Abenshushan dixit). En pocas palabras, que podemos seguir creando cultura y resistir al mismo tiempo a sus imperativos sin sentido.