Mudanza, de Alejandro Zambra, es un poemario compuesto de círculos, retruécanos y experimentos, un espacio en el que el lenguaje se mueve repetitivamente —similar, si lo pensamos, al acto de embalar y desembalar, a la acción de guardar y sacar:

Me dijeron que avisara treinta días
antes me dijeron que avisara treinta
veces al menos me dijeron que al
menos avisara treinta veces y que
en días como estos no se debe
—no se puede— trabajar. Que me fuera,
que dos cuadras más abajo preguntara
si quedaba sopa para uno si quedaba media
botella para uno me dijeron que a medias
quedaba una botella
y tenían razón:
si te gusta te gusta
si no te gusta no te gusta no más
me dijeron que tenían razón y tenían razón

La aliteración produce un efecto hipnótico, aunado a cierto carácter ominoso del verso: algo se levanta como una amenaza, las muchas cajas y lo que en ellas hay, las opiniones, las salidas.

Ella viaja largas horas y no llega a su destino
hay carteles con su nombre, hay personas
que esperaban un encargo y ella viaja largas
horas y no llega y eso es todo:

La edición, bellamente ilustrada, viene además con un texto de Verónica Gerber en el que hace una exégesis del poema:

Abundan los pliegues, los dobleces, las repeticiones. Es por eso que, visto a través de rayos x, su estructura bien podría ser la de una (o varias) caja(s) de cartón corrugado.

Gerber intenta tejer un símil con el acto de mudarse y cuya idea final vale la pena destacar: en una mudanza se busca una salida o se busca un regreso: entre ambos movimientos existe el poema.

con los brazos ocupados, me quitaron
las palabras de la boca, esa cuatro o cinco
veces con sus voces y las pausas
que pensaba proferir: le bajaron el volumen
al zumbido, fue la mano no era yo quien
saludaba, me dijeron que avisara
treinta días antes, treinta
veces me avisaron que
me fuera y no volviera.

 

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