En Tener una vida un hombre descubre un agujero en su departamento: poco a poco se traga la pared y, también, el contenido del mismo. Al día siguiente de descubrir dicho fenómeno, el personaje pierde el avión que lo llevará a la Patagonia —el vuelo, sin embargo, desaparece a las pocas horas.

En la pared del salón de mi casa hay un agujero que no deja de crecer. Es del tamaño de una manzana. Anoche, antes de irme a dormir, probé a soplar un puñado de harina en su interior: la voluta quedó en suspensión por unos segundos, y luego se dispersó en minúsculas migajas que marcharon obedientes hacia el borde del agujero, trazando una ensayada espiral hacia el centro.

Entre estos dos puntos se forma un espacio negativo en el que el protagonista se dedica a diseccionar su vida:

Sé que debería sentirme una pizca más culpable por haber perdido el avión. Pero también me sobrepasa la cantidad de decisiones que he ido tomando estas últimas semanas sin apenas valorarlas.

La intención por desaparecer en el cono sur no es sino un intento desesperado por ordenar su vida. No trabaja. Ha terminado con su novia. Salvo las caminatas que realiza día a día, apenas si tiene contacto con otras personas. Si bien por un momento la novela parece dirigirse a lo fantástico —el arranque hace pensar en “La isla a mediodía”, de Cortázar—, el libro se enfoca en inventariar las circunstancias que llevan hacia lo desabrido o anodino. Como en aquel epígrafe de Kafka (“No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies”), nuestro personaje descubre que es posible romper esa inmovilidad en la que está sumergido sí y solo sí atraviesa el agujero —un rito de paso, acaso símbolo de los miedos ante las responsabilidades y compromisos de la vida adulta (lugar, como sabemos, inasible e inacabado).

 

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