En Mishima o la visión del vacío, Marguerite Yourcenar escribe:

Lo que aquí nos importa es ver por qué caminos el Mishima brillante, adulado o, lo que viene a ser lo mismo, detestado por sus provocaciones y sus éxitos, se convierte poco a poco en el hombre decidido a morir. En realidad, esta investigación es inútil en parte: la inclinación hacia la muerte es frecuente en los seres dotados de avidez por la vida; encontramos huellas de ello desde sus primeros libros. Lo verdaderamente importante es aislar el momento en que Mishima consideró cierta clase de muerte e hizo de ella, como decíamos al principio de este ensayo, casi su obra maestra.

Este libro brinda un poco de luz al respecto: consiste en dos entrevistas, una de ellas realizada poco antes de su muerte, en las que debate sobre el destino de la novela, su ars poética y la figura del Emperador en Japón, entre otros temas.

Sobresale el Mishima ultranacionalista, nostálgico de los valores tradicionales japoneses, así como el trinomio erotismo-belleza-muerte presente en toda su obra —sobre la que confiesa:

En mi opinión, tan sólo se debe hablar de erotismo cuando el ser humano arriesga su vida y busca el placer hasta la muerte, con lo cual es como si llegara al absoluto desde el revés. (…) Esta búsqueda es el objetivo principal de mi literatura.

Su muerte mediatizada grabó a Mishima en el imaginario occidental, pero es su obra lo que nos debería interesar: escribió más de 200 textos, incluídas 18 obras de teatro y una película. Su muerte dramática nos recuerda la idea detrás de su novela más celebrada, El Pabellón Dorado: para que una cosa sea perfecta, necesita ser destruida.

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