Revisité El túnel, de Sábato. La primera vez que lo leí estaba en la universidad. Es impresionante contrastar ambas lecturas: en aquella ocasión me fascinó la ambiguedad de María, su edad indefinida, sus evasivas y la cruel promesa que abre su encuentro:

Hago mal a todos los que se me acercan.

Ahora, la perspectiva ha girado sobre Juan Pablo: el patetismo de su confesión reside en la falsa intersección entre la ternura y el odio que le provoca María —en otras palabras, su obsesión parece transitar entre el amor y los celos, pero ahí reside la trampa: no existe tal intersección, tan solo una masculinidad tóxica que podría resumirse como posesión y control.

El asombro (mi asombro) deviene de la distancia entre ambas lecturas y el punto ciego de aquella primera aproximación —algo ha ganado el feminismo, sin duda, al ayudarnos a mirar a Juan Pablo en su verdadera dimensión.

Dejo a continuación el prólogo que Sábato escribió para la publicación de la novela en el Círculo de Lectores en Mayo de 1990.

Prólogo a El túnel

Afectuosa pero firmemente, Hans Meinke me pidió un prólogo para esta obra, poniéndome en el trance de reiterar mis ideas sobre la ficción, fuera de algunas anécdotas divertidas y hasta dramáticas, que quizá resulten útiles para os lectores o para los jóvenes que comienza a escribir y encuentran dificultades en la publicación. El túnel era mi primera novela y fue rechazada por los editores con energía, y hasta, como en el caso de Guillermo de Torre, con entusiasmo, lo que no es motivo de asombro, ya que por lo general sólo publican a los escritores que tienen antecedentes, como los bancos prestan dinero a los que prueban que no lo necesitan. ¿Qué podía hacer yo si mis antecedentes estaban en el futuro? Hasta que un alma caritativa, Alfredo Weiss, le pagó a Sur para evitar la ruina de esa ilustre pero pequeña editorial. Nunca he olvidado ese gesto de amigo, así como su fe en lo que había escrito, y creo justo recordarlo en esta página si es que desde su tumba puede saberlo.

Entre los episodios pintorescos señalaré las preguntas que muchos me hacen hasta en la calle, para saber de una buena vez si Hunter era o no el amante de María; o lo que quiso decir el marido cuando le grita «¡Insensato!» a Castel, al enterarse del crimen cometido. Cuando les respondo que no sé más que lo que está en el libro, me miran con ironía. Otros insisten en saber si todo ese asunto me sucedió a mí, porque la historia les parece absolutamente real. Me limito a recordarles que nunca maté a nadie y que si un novelista no es capaz de provocar la sensación de algo vivido es mejor que se dedique a otros oficios, muchos de los cuales son más honorables: la albañilería o la agricultura, cosas así. Yo mismo, en medio de las dolorosas vicisitudes que me suscitó la condición de escritor, soñé con un tallercito de bicicletas en algún barrio desconocido, pensando en las modestas pero hermosas satisfacciones que experimentaría al arreglarle a un chiquilín su biciclo. Pero, qué se le va a hacer: a diferencia de la literatura, la vida se hace siempre en borrador y es imposible corregirla.

Las respuestas a esta clase de interrogaciones y curiosidades las he hecho en libros como El escritor y sus fantasmas con toda la profundidad que me fue posible, aunque con la triste sospecha que siempre resultan precarias; ya que las ficciones, al menos las que intenté en mi agitada existencia, surgen de un terriotorio oscuro, ambiguo y desprovisto de lógica, que algunos psicólogos piensan que en definitiva pueden ser reducidos a razones. Tesis que no comparto: como los sueños, son irreducibles a cualquier explicación, porque expresan de la única manera posible, mediante extraños símbolos, esas visiones que provienen de lo más enigmático del alma humana.

(…) Mientras escribía El túnel era arrastrado por sentimientos confusos y opuestos impulsos, deteniéndome perplejo ante lo que me estaba saliendo, tan distinto de lo que había previsto. Mi propósito inicial era el de un cuento sobre un pintor que llegaba a la locura en su imposibilidad de comunicarse con la gente, ni siquiera con la mujer que parecía haberlo entendido a través de uno de sus cuadros, motivo por el cual pensé que se suicidaría. Pero, a medida que avanzaba, más se complicaban los episodios, surgían terceros o cuartos personajes, el pintor no se suicidaba y todo se apartaba de lo que había proyectado, porque esos fantasmas cobran vida propia y el autor debe seguirlos por raras que les parezcan sus reacciones, y sobre todo si son raras, ya que la vida jamás es razonable, y si un personaje no comete hechos inexplicables carece de la condición previa de la existencia, ya que los seres humanos se mueven sobre todo por aquello que Pascal llamaba «les raisons du coeur». Las novelas que se calculan fríamente son las policiales, esos productos que un día se escribirán con computadoras, como creo que ya se están fabricando en los Estados Unidos, con previos estudios de marketing y reuniones de directorio.

(…) Ya Ibsen dijo que los personajes salían de su corazón, frase que puede subscribir cualquier inventor de historias que no sean meros simulacros. Pero ese corazón es una especie de manicomio, donde tumultuosamente conviven enemigos: piadosos al lado de despiadados, criminales enfrentados a santos, ladrones junto a honradísimos ciudadanos. Como afirmó el mismo Dostoievsky, Dios y el demonio se disputan el alma del hombre, y el campo donde se libra esa interminable y feroz batalle es su propio corazón.

¿Cómo, entonces, el escritor puede dar explicación a cierts candorosas preguntas? ¿Cómo puede dar cuenta de los actos de sus personajes? Se piensa que porque surgen de él debe saber cabalmente lo que les pasa, qué significado alcanzan sus palabras, qué diablos quieren decir. Tal vez convenga que los que así creen recuerden alguna pesadilla que hayan sufrido, en que un temible desconocido los hizo despertar gritando. ¿Pero, ¿de dónde salió ese desconocido sino de su propia inconciencia?

«Madame Bovary soy yo», declaró Flaubert. Lo que en cierta medida es cierto, pero en otra buena medida grotescamente inexacto. Porque, ¿cómo esa pobre mujer de un médico de aldea puede ser el genio que inconmensurablemente está por encima de ella? Y sin embargo, sin embargo, algo de aquella patética romanticona hay en el alma de su creador, algo así como la caricatura de ese gran romántico, una encarnación en la que él dolorosamente se mofa de sí mismo, escarnece lo que siempre fue su desajuste con el mundo, ese desajuste que es la clave de todo artista, que por eso construye otra realidad, crea un mundo que no existe, en lugar de copiar ese otro horrible, estúpido, sucio, trivial, mediocre, imperfecto, ridículo que le ha tocado en suerte. Motivo por el cual el artista genuino nunca ejecuta un reflejo de la realidad, como torpemente marchacaba Plejánov, sino, como el sueño, un acto antagónico de ese mundo que detesta. Para un Platón que en ocasiones se desmiente a sí mismo, Dios creó la Idea de la mesa, un carpintero hace con madera un burdo simulacro de ella, y un mal pintor una copia de ese simulacro. Que es el melancólico destino de todo arte naturalista, ese que simétricamente deleitaba a Stalin y a Hitler, para quienes Matisse y Soutine, Braque y Rouault eran espiritus degenerados que, además, no sabían reproducir las manzanas que comemos; sin sospechar que las que pintan esa clase de seres no son para la comida sino para expresar su rechazo al universo exterior, para manifestar su mundo interior, una suerte siempre de autobiografía. Hasta el punto que cuando por primera vez contemplamos desde lejos, sin ver todavía la firma, un candelabro sobre una silla de paja, acostumbramos decir: «eso seguramente es de Van Gogh», en lugar de la frase esencialmente correcta: «eso es Van Gogh», su atormentada alma.

Sí, claro que entonces Flaubert tenía derecho a declarar «Madame Bovary soy yo». Pero debería haber agregado que también era el Dr. Bovary y, asimismo, de modo risible y abominable, ese amante de Emma con su falsa retórica amorosa, sombría burla que el escritor hace de su propia pasión por las palabras, esa pasión que es propia de la mayor parte de los escritores y a la vez temible tentación de la que debe huir como del demonio. Lo que explica que haya tantos escribidores y tan pocos escritores de verdad. Porque, como memorablemente dijo Nietzche, sólo puede escribirse algo de auténtico valor cuando se llega a tener asco por la literatura. Ese que sienten los auténticos espíritus religiosos por ciertos clérigos.

Ernesto Sábato

Santos Lugares, verano de 1990

 

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