Libro raro, inclasificable, en el que distintas ficciones se entreveran para producir un manual con múltiples metáforas —en otras palabras, el libro es una continua proyección hacia diversos sentidos: por un lado, el propio escritor (junto a reflexiones y anécdotas sobre su hijo, su brazo mecánico, la escritura de Salón de belleza, etc.) y, por el otro, su abuelo (junto a la historia de una mujer llamada macaca, enamorada de Bruce Lee), la historia de un traductor y su hermana (con diversas líneas de fuga hacia un orfanato y unos gemelos sin brazos ni piernas), la de un poeta ciego (que aparece, poco después, como un fotógrafo, y cuya imagen resulta recurrente en toda la obra de Bellatin) y, por último, la historia de un grupo de forajidos llamados Los universales.

El poeta ciego denomina banda de los universales a los grupos de jóvenes que, principalmente en las ciudades industrializadas, el sistema relega a los suburbios. El universal que aparece en el cuadernillo de las cosas difíciles de explicar una vez que está del ante de los rombos de la alambrada se quita la camisa, las botas militares y el estrechísimo pantalón amarillo que lleva puesto. El pálido cuerpo queda desnudo bajo la luz de una luna que ilumina el campo desierto. Lo único que conserva son unas muñequeras de las que sobresalen afiladas puntas de acero. De pronto, el perro que lo acompaña comienza a gruñir levemente. Lo hace señalando con el hocico el interior de la ciudadela final. Sólo tiene un ojo. En el lomo luce una serie de tajos ocasionados seguramente en alguno de los tantos enfrentamientos a los que ha sido sometido. El animal está inquieto, percibe la cercanía de gente por el otro lado de la alambrada.

Las anécdotas no llegan a desarrollos ni desenlaces, nos plantean, acaso, un universo, un espacio que recorrer y que, si lo quisieramos, podría ser infinito.  En una reseña de su Obra completa, Nicolás Cabral escribe:

Lecciones para una liebre muerta (2005) representa un extremo estructural en el que las jerarquías de la trama desaparecen y dan lugar a un esquema cercano al rizoma. Convencido de que no queda nada digno de ser narrado, Bellatin registra procesos.

Es cierto. Para entender el proceso, podemos usar el apartado 199 de esta serie de lecciones que gira en torno a Kawabata:

El narrador no necesita más que una discreta casa en los suburbios y un discurso un tanto monocorde para construir una metáfora de la existencia.

Usemos este párrafo como clave para desentramar el resto: la escritura, como una casa en los suburbios, no es sino una construcción. Mientras que Kawabata sigue un modelo único, Bellatin propone un entramado de habitaciones, cada una con sentidos y propósitos distintos —alguno hablará al lector. Poco importa entonces querer indagar en el sentido de la obra (los habrá, pero serán legión), ya que su misterio reside en su propia construcción. Usando una imagen, Lecciones para una liebre muerta no es otra cosa que una metástasis —o, la escritura como cáncer.

En este link pueden leer un fragmento: Lecciones para una liebre muerta.pdf

One thought on “Lecciones para una liebre muerta – Mario Bellatin”

  1. Qué buen escritor, Bellatín! Su narrar por narrar, como una inercia de la existencia, tiene tantos estratos -él escritor, él escritor personaje, el argumento en sí mismo, el proceso de creación del argumento… Y todos convergen, como lo hacen en la propia vida de Bellatín; en efecto, solo así puede escribirse en un tono tan monocorde y multisémico a la vez. Gracias por tu reseña! Ya leo el fragmento.

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