Tras un proceso de selección en apariencia sencillo, Diego Pirita comienza a trabajar como recepcionista en un hotel de paso. Las primeras instrucciones que recibe dejan una cosa en claro: sin importar lo que ocurra, una de las habitaciones debe mantenerse siempre desocupada para recibir a un cliente distinguido. Podría llegar en los próximos minutos o podría llegar dentro de muchos años. Lo único seguro es que no avisará.

«A veces me digo que, a pesar de todo, llegará. Entonces todo me parece extraño», dice Vladimir en Esperando a Godot. Algo similar sucede con la primera novela de Leonardo Teja: el Gran Terremoto se presenta como una promesa, una especie de salvación. Si bien la conexión a Beckett resulta evidente —Teja comienza la novela con un epígrafe de Molloy— hay también vasos comunicantes hacia Richard Brautigan, en específico, La pesca de trucha en América —el Gran Terremoto no es un evento, sino un personaje más: sale en citas, responde cartas, aparece en concursos escolares de dibujo, etc.

A la espera de su llegada (“Todo parece destinado a que llegue un mensaje, que realmente no llega», Teja dixit), el personaje principal, recepcionista de un hotel, narra los extraños encuentros con personajes como La Sueca, mucama del hotel:

Trastabillé hasta llegar a la cama. La Sueca estaba ovillada debajo de las sábanas, con esa luz parecía un grumo de engrudo que nadie había alisado. Antes de poder quitarle las sábanas, la Sueca me saltó encima carcajeándose. Manoteaba, me hacía cosquillas, morisquetas. (…) Nos atragantamos de risa y mis manos rodearon su cuello. Una nueva carcajada vibró entre mis dedos antes de comenzar a estrangularla, Enriqueta, hija de puta. Esto último le cambió la cara, frunció la boca y escuché cómo hacía rechinar los dientes.

La novela, con un humor delirante, explora una sociedad que se ha erigido alrededor de esa espera.

La espera de lo inminente rige por igual la educación de los niños, la vida laboral de los adultos y los programas de televisión. La incongruencia es también una forma de exorcismo para los que han dejado de preguntarse cuándo llegará el Gran Terremoto, para preguntarse, en cambio, qué debemos hacer mientras tanto.

Leonardo Teja podría ser entrar en ese universo difuso de «los raros», cajón de sastre para lo inclasificable, pero antes habría que detenerse en sus efectos: el Gran Terremoto nos desvía de la realidad que conocemos y nos ofrece otra posibilidad, imposible de contener en las pocas sílabas manidas del absurdo. ¿Qué sucederá cuando finalmente llegue? Habrá que regresar a Beckett de nuevo: “nada ha empezado, nunca hubo nada más que nunca y nada, es una verdadera suerte”.

En esto reside el verdadero cataclismo.

Para un adelanto, den click acá: Esta noche, El Gran Terremoto.

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