Un testimonial, un cuento, dos arranques de novela y un par de entrevistas conforman este libro (Gunther Stapenhorst) de Aldus publicado en 2002, un año después de la muerte del maestro. El prólogo, a cargo de José Emilio Pacheco, cuenta una historia conocida: fue él quien transcribió el dictado de Arreola, a unos días de que venciera la fecha límite para entregar Bestiario:

—No hay más remedio. Me dicta o me dicta.
Arreola se tumbó de espaldas en el catre, se tapó los ojos con la almohada y me preguntó:
—¿Por cuál empiezo?
Dije lo primero que se me ocurrió:
—Por la cebra.
Entonces, como si estuviera leyendo un texto invisible, el Bestiario empezó a fluir de sus labios: ‘La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida’.

Gunther Stapenhorst, por su parte, es un cuento que se publicó por primera vez en 1946 sobre las imaginaciones de un arquitecto alemán en los años hitlerianos —creo ver o quiero ver en él la sombra de Mies van der Rohe. Como otros de su época, habla del artista total cuya obra final es la metáfora de una obsesión.

Gunther Stapenhorst vio claramente que en esa realidad miserable no cabía ya su cerebro desmesurado. No había lugar donde edificar columnas ciclópeas, ni existía ya ningún tesoro nibelungo para esconderlo en la gruta geométrica. Los grandes nombres de Heinrich George y de María Kopenhoffer habían perdido todo su significado.

Por alguna razón, sin embargo, este cuento no fue incluido en las obras completas que Arreola seleccionó en vida —había, acaso, algo que le avergonzó de dicho texto, alguna falta, alguna omisión.

¿Por qué son fascinantes los cuentos y las prosas narrativas de Juan José Arreóla? Puedo proponer estos motivos: la novedad de sus temas, su humor malicioso, la perfección de su elaboración y la calidad de su estilo. Al panorama temático de nuestros narradores, restringido a temas rurales y a experiencias personales, Arreola le descubre las posibilidades de la imaginación, el mundo de los artistas y poetas y su búsqueda de la belleza.

José Luis Martínez

Los dos arranques de novela son menos memorables: un hombre que recuerda (“Todo ha pasado, pero también podría comenzar hoy”) y una mujer que ha sido atropellada (“la ciudad pareció detener su ritmo acelerado y la espectación abrió un silencio instantáneo. Algo de eternidad flotaba sobre la calle en esos primeros instantes en que nadie sabe qué hacer”) son el punto de partida para dos maquetas de las que no sabemos mucho más. Tienen mayor relevancia, a mi gusto, las conversaciones entre Arreola y Antonio Alatorre y Eduardo Lizalde, en las que se pinta con detalle el retrato de una época.

Juan José Arreola: Bueno, sí, porque era una fiesta ateneísta, un banquete platónico y musagético, y de pronto Antonio con el alarido y el «ay Jalisco no te rajes», y todo eso. Creo que hasta nos pusimos a bailar todos ahí un jarabe. Pero eran todavía los tiempos inmediatos de posguerra y don Daniel Cosío Villegas tuvo la maravillosa ocurrencia de invitarnos a comer dundando un restaurante ahí.

En conjunto con el resto del libro, las entrevistas logran que veamos a distintos Arreolas —el maestro generoso, el excelente conversador, el escritor desilusionado— confluir en el libro en una edición sin duda necesaria para los entusiastas de su obra.

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