Fernando Sanmartín es poeta y narrador, aunque los libros de viaje tienen una especial relevancia dentro de su obra —por ejemplo, Viajes y novelerías, obtuvo el XI premio Café Bretón. En 2017 se publicó Ciudades que se posan como pájaros, un libro en el que el autor escribe notas entre la guía y el autorretrato con las ciudades de Lisboa, Oporto, Bruselas, Amberes, Gante, Tánger, Tetuán, Dublín y Galway como telón de fondo.

Habría que empezar preguntándonos cómo se escribe un libro de viajes. Algunas posibilidades van desde lo que se ve (Sahagún), desde la gente que se conoce (Galeano), desde las situaciones en las que el cronista se sumerge (Kapuściński) y, por supuesto, desde una mezcla de todas estas posibilidades.

Sanmartín ha escogido una ruta aledaña: escribir un libro de viajes desde las lecturas del autor lo que, en cierta forma, convierte al acto de viajar en una forma de leer. El resultado, sin embargo, es pobre: dependemos, como lectores, de la sagacidad de sus observaciones, que la mayoría de las veces se quedan cortas:

Encuentro una cámara de fotos en los acantilados de Moher. Puede ser de un adolescente, de un profesor despistado o, más difícil, de un espía. (…) Tengo la inclinación, pura curiosidad, de programarla para que me enseñe las imágenes que contiene. ¿Y si eso cambiara mi vida? ¿Si el último retrato de Dios estuviera allí? Miro la cámara y pienso que todos, alguna vez, somos un objeto perdido que alguien encuentra.

El viaje a Tánger, el más personal de todos los que narra el autor —pues va en la búsqueda del padre que ha muerto ahí durante sus años en el ejército—, resulta plano, anodino incluso. No hay revelación ni misterio, a lo más, Sanmartín se atreve a imaginar a su progenitor recorriendo los mismos espacios pero nada más, como si esa supuesta sincronía justificara el viaje:

Camino en busca de mi padre, que pisó estas calles hace más de medio siglo. Camino para conocer lo que él sintió cuando paseaba por aquí los días de sol, mientras recordaba las aguas del Ebro donde a nadio iba de una orilla a otra, sin adivinar entonces que nunca llegaría a ser anciano, sin adivinar que su muerte inesperada se produciría un día de caza.

Este problema persiste en otras crónicas: Sanmartín se esconde tras citas y observaciones, pero de él no vemos nada. ¿Quién es el autor antes y después del viaje? ¿Qué representan, en realidad, todos estos lugares? Si los libros de viajes son una versión del viaje mismo, el libro no motiva a visitar ni Tánger ni Lisboa ni Bruselas.

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