Una extrañeza: Prosa del Observatorio es un texto de Cortázar acompañado de un ensayo fotográfico de su autoría sobre Jantar Mantar, uno de los observatorios construidos por Jai Singh I en 1728 (quien además de guerrero era conocido por su afición a la astronomía) en la zona que hoy se conoce como Jaipur.

El Jantar Mantar es tan solo uno de los cinco observatorios construidos en la India en esa época, y consiste en una colección de monumentos escultóricos cuyas formas permitían el estudio de la evolución de las sombras producidas por el sol. El más impresionante es una estructura de 27 metros de alto cuya sombra se mueve a razón de 4 metros por hora. Las fotos de Julio Cortázar fueron tomadas en 1968 con una película de mala calidad —en París, Antonio Gálvez las convirtió en las fotos que muestra el libro.

Esa hora que puede llegar alguna vez fuera de toda hora, agujero en la red del tiempo, esa manera de estar entre, no por encima o detrás sino entre, esa hora orificio a la que se accede al socaire de las otras horas, de la incontable vida con sus horas de frente y de lado, su tiempo para cada cosa, sus cosas en el preciso tiempo.

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Vemos, entonces, un gran patio lleno de enormes relojes de sol, gigantescos astrolabios, un gran hueco excavado en el suelo con la posición de las estrellas, etc. El texto de Cortázar mezcla la poesía del lugar con sus propios sueños sobre Jai Singh:

Así en el centro de la tortuga índica, vano y olvidable déspota, Jai Singh asciende los peldaños de mármol y hace frente al huracán de los astros; algo más fuerte que sus lanceros y más sutil que sus eunucos lo urge en lo hondo de la noche a interrogar el cielo como quien sume la cara en un hormiguero de metódica rabia: maldito si le importa la respuesta, Jai Singh quiere ser eso que pregunta, Jai Singh sabe que la sed que se sacia con el agua volverá a atormentarlo, Jai Singh sabe que solamente siendo el agua dejará de tener sed.

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Escrito con la forma de un espejo, el argentino juega con la idea que lo que sucede en el agua no es otra cosa que un reflejo de lo que sucede en el cielo:

De locura y de aguas mil está hecho el asalto a los ríos y los torrentes, en marzo y en abril millones de angulas ritmadas por el doble instinto de la oscuridad y la lejanía aguardan la noche para encauzar el pitón de agua dulce, la comumna flexible que se desliza en la tiniebla de los estuarios, tendiendo a lo largo de kilómetros una lenta cintura desceñida.

No encontramos al mejor Cortázar en estas páginas, pero el libro seguro será interesante para coleccionistas —Lumen preparó esta edición para conmemorar el año internacional del libro en 1972. El libro se puede leer en línea, aunque el documento no trae consigo las imágenes.

Como nota adicional, Cortázar escribió la siguiente carta a Juan Barnabé después de su viaje a la India en 1956:

La primera reacción es de miedo, un pavor físico y mental, la sensación de que se ha cambiado de planeta, de que se está entre seres con los cuales es imposible la menor relación. A ese primer choque, sucede uno muy diferente: la paz, la serenidad, por contagio de la manera de ser de los indios. La primera noche, en Bombay, salimos del hotel después de cenar y nos perdimos por las callejuelas del bazar. Casi de inmediato empezamos a ver a la gente tirada en las aceras, durmiendo, rezando, hablando en voz baja. Cientos, miles de hombres tendidos en plena calle, que es su casa permanente. Enormes ojos que lo miran a uno con una serenidad y una calma perfectas. […] Quisiera hablarle mucho más de los mendigos, de los pobres de Bombay, tirados boca a arriba en las aceras, porque eso es la India más profunda, la raíz del ser indio. Me daría asco hacer literatura de esto, y escribo al correr de la maquina; pero créame, Jean, esa noche me marcó para siempre. Medí lo que tantas veces había leído sobre filosofía india, sin tener de ello más que una conciencia intelectual, que casi no es conciencia. Medí esa superación de lo contingente, de lo bajamente humano, del tiempo y el espacio; en los ojos que me miraban desde el suelo, entendí que esa gente estaba realizada. No en el sentido vedántico, no en las alturas místicas; los pobres no saben nada de eso, son de una superstición y una ignorancia abominables. Pero están realizados en la medida justa de su ser, y eso es lo que nos falta a nosotros, para nuestra desgracia y nuestra grandeza a la vez. Quiero decir que esa gente está perfectamente calzada en su piel, abarcando el máximo de sus posibilidades de vida, y que eso lo ha alcanzado renunciando a toda ambición barata, a toda pérdida de tiempo (lo que nosotros llamamos ganar tiempo, por ejemplo). Sé muy bien que un marxista me acusaría de hipócrita, y diría que cuando esos mendigos de Bombay sepan lo que es una heladera, querrán tenerla igual que cualquier pobre de Montevideo. Si, eso ocurrirá si se occidentalizan. Pero mientras sigan siendo indios, es decir, hombres para quienes la vida es clama, es estar cómodamente sentados o acostados, es trabajar el mínimo para lograr el máximo descanso, y además es comunión continua con lo sagrado (desde el pequeño ídolo grosero que hay en las esquinas hasta la especulación más alta de un gurí), mientras no cambien como actitud central, la heladera no significará absolutamente nada para quienes tienen mucho más que eso.

One thought on “Prosa del Observatorio – Julio Cortázar”

  1. Sí, Cortázar no fue ajeno a todas las formas de expresión artística. Este es un magnifico libro entre todos los que escribió

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