Sabemos de Konstantinos Kavafis (Alejandría, 1863) varias cosas: que fue el último de los ocho hijos de una familia griega de Constantinopla, que vivió una corta estancia en Gran Bretaña y que fue homosexual. Lo que pudiera ser anecdótico sirve para entender mejor su obra, cuyos temas discurren entre la melancolía, el deseo y la conjura contra el envanecimiento.

He contemplado tanto la belleza
que mi visión está llena de ella.
Líneas del cuerpo. Labios rojos. Miembros del placer.
Cabellos como en las esculturas griegas modelados;
hermosos siempre, así, sin cepillar,
cayendo un poco por las blancas frentes.
Rostros del amor, tal como los quería
mi poesía… en esas noches de mi juventud,
en esas noches mías, en secreto, hallados…

Dice Víctor Sosa que «no es casual que la Grecia elegida por Cavafis sea la decadente, esa de los últimos años del paganismo o la del mundo asiático o bizantino. No es casual su manifiesta simpatía por un personaje extremadamente trágico, el emperador Juliano —llamado el apóstata por los cristianos— quien intentó, vanamente, restaurar los antiguos cultos paganos». En el fondo, postula Sosa, tenemos a un hombre que se resiste a aceptar lo que se ha ido y prefiere, en todo caso, precipitarse hacia la fatalidad —el paso del tiempo sobre el cuerpo amado.

El sentimiento erótico en Cavafis es un sentimiento de pérdida: se rememora el placer sensual desde el exilio de la escritura, desde ese estar en otra parte que caracteriza siempre a la figura nostálgica.

Decía Octavio Paz que la poesía es el testimonio de los sentidos. Si tal es el caso, la poesía de Kavafis es una caricia que se conjura en la memoria.

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