Este libro de relatos se mueve en todas direcciones: desde la reinterpretación mitológica o lo fantástico, hasta el comentario social y el homenaje literario. Una colección como tal —sin un centro aparente, salvo acaso el desplazamiento de ciertas imágenes o sentidos— puede leerse como el ars poética de un autor que ha alcanzado cierta madurez —pienso que “Elio Trombas Soto, café La Habana, Bucareli (…)”, “Se murió el último hombre” o “La mosca y el garrafón” serán parte del cánon del cuento mexicano en algún momento.

La mosca y el garrafón

Cada dos semanas me traen un garrafón de agua a la oficina en donde trabajo como recepcionista. Lo sube hasta el tercer piso un anciano simpático y fortachón. Yo le firmo un documento y él medio me coquetea.

Adentro del contenedor que nos entregaron esta ocasión hay una mosca.

Ajá: ¡Una mosca volando aprisionada en el breve espacio sin líquido! ¿Cómo llegó ahí? No lo sé. No le pude reclamar al repartidor porque me di cuenta una vez que se había ido. Llamé a la Compañía de Aguas Embotelladas pero me responde un laberinto de máquinas contestadoras.

Me preocupa mucho el insecto. Él simplemente me observa con sus innumerables ojos, sobándose ambas manos, lamiéndose asquerosamente.

Le pedí auxilio a uno de los jóvenes de diseño pero él simplemente le tomó una fotografía al accidente y se siguió de largo. Le comenté el caso a mi jefe pero me dijo que ni modo de desperdiciar tanta agua.

¿Por qué será que a veces los garrafones colocados en su aparato hacen como que eructan? No lo sé. Pero el bichito se espanta, golpeándose repetidamente contra el muro transparente de plástico. Me identifico un poco con él. Ah, es que el garrafón está ubicado exactamente al lado de esta mampara alta donde yo atiendo a los que nos vienen a visitar. Es una compañía de seguros. Me pagan bien. Respondo teléfonos, recibo y ordeno la correspondencia.

Llevo ya veintinueve vasos de agua al hilo. Tres visitas al baño. Hoy he descuidado un poco la recepción. Pero voy a liberar a esa mosca. La voy a liberar porque no son formas de malgastar las veinticuatro horas que tiene por vida. En cautiverio. Treinta vasos de agua. Son de esos pequeños conos de papel. Mi jefe me mira desde su oficina.

¡Cuarenta!

Hay dos mecanismos en la obra de Gabriel que operan de forma sincronizada: primero, el uso de la metáfora de forma certera. Segundo, el humor que emparenta, a momentos, con la tragedia.

En todo caso, me gustaría detenerme en un texto que roza el ensayo. En “Acerca de ciertos charcos, pésimamente ubicados”, Gabriel escapa del relato para plantear una pregunta alrededor de una trama de George Orwell: un personaje al que van a fusilar salta un charco por temor a ensuciarse.

Esquiva el charco y prosigue su camino rumbo a la inaplazable muerte. En esta sencilla eventualidad está resumido y explicado el corazón de ese hombre. (…) Tanto autor como personaje, vamos de la mano rumbo a la muerte. Quizás hay que preguntarnos todo el tiempo, a la hora de escribir, si el ser que estamos intentando crear se empaparía las piernas. O si no lo haría. Ambas son opciones igual de fascinantes, igual de humanas.

Como colofón, pienso que hay que imaginar a Gabriel como alguien que se empaparía las piernas.

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