La última novela de César Aira, Prins, es presentada como un experimento literario: un escritor de novelas góticas, harto de haber dedicado su vida a una obra voluminosa y sin contenido, busca en el opio la vía de escape al martirio cotidiano. Dice el narrador al principio de la novela:

Todo era pasto seco para las llamas del escarnio que se abatía sobre mí: lo chabacano y adocenado del raquítico producto de mi imaginación, de la que además se dudaba, por la perenne sospecha del plagio; (…) y muy especialmente el número de libros con mi nombre en la tapa, que era algo así como la multiplicación del horror. Yo no solo le hacía mal a mis contemporáneos, sino que se lo hacía en gran cantidad.

Lo que sigue, muy propio de otras novelas de Aira, es el delirio: los amanuenses que antes empleaba el escritor ahora aterrorizan la ciudad, el dealer se muda a su casa —misma que toma forma como un castillo gótico—, la mucama se convierte en amante y en el doble del amor perdido, etc.

Pareciera (y esto me pasa con otras novelas de Aira) que el autor nos tiende una trampa: ¿qué estamos leyendo en realidad? ¿Una novela de los delirios de un escritor mediocre? ¿O algo más, que se entreteje con la anécdota? Hay que recordar que Aira tiene más de cien libros publicados: ¿es Prins, en cierto sentido, un mea culpa literario?

El narrador continúa:

La repetición lo degradó: la alegoría se puede usar una sola vez. Yo escribí una segunda novela, una tercera… de la alegoría sólo quedaba la cáscara, que tomaba vida propia. Al joven idealista que yo era entonces le parecía imposible que los lectores fueran tan ingenuos como para tomar en sentido literal esos maniquíes, que sufrían de un acelerado proceso de fosilización. Intenté detenerme. No pude. Necesitaba la plata.

Aceptémoslo: Prins no es la mejor novela de Aira, ni siquiera es una buena novela. Tal vez por esto se presenta como experimento —“Si Marcel Duchamp puso patas arriba la institución Arte, no es exagerado decir que cada nuevo libro de César Aira hace lo propio con la Literatura”, se lee en El País al respecto de la novela—: así es más sencillo condonar su carácter de obra inacabada.

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