A la sombra de un helecho gigante, una mujer sin dientes quita piojos a una niña con los ojos llenos de nubes. Dos niños esperan su turno. Me siento junto a ellos y aguardo las manos de la espulgadora. No tengo piojos, pero no se puede viajar hacia la muerte sin caricias.

Libros que nos remiten a otros libros: Francisco Hernández escribe un homenaje a Georg Trakl, poeta maldito, cocainómano irredento y eterno enamorado de su hermana —como su ídolo Rimbaud, Trakl escribió en su último poema: «Todos los caminos conducen a la putrefacción negra».

Trato de escribir con la última luminosidad del sol.

Los débiles rayos cruzan las cortinas de lluvia y dejan ver mi mano, la plumilla y la forma que proyectan.

Odio escribir iluminado por antorchas. Las llamas se retuercen incesantes, se distorsiona todo en la casucha y el olor, además de las fosas nasales, pica la superficie de las pupilas.

Ayer Afra me regaló una vela. Hoy sobre la mesa vive una llama controlable, anaranjada y celeste, como aquellas luminarias llevadas por nuestro terror a los subterráneos.

Guiado por esa irradiación, me puse a dibujar las manchas de tu espalda, los dorados pezones, las piernas elevadas. Crujió la puerta y apareció la mona, con el cordón umbilical ceñido al cuello. Se acercó a la flama y sopló. La cerrazón comenzó a sofocarme. El silencio era el espejo de la oscuridad. De pronto, sentí sus labios en el cuello, sus dedos hurgando la entrepierna. Pude encender la vela. La mona había desaparecido.

Bajo la puerta zigzagueaba el cordón umbilical.

Este poema en prosa no es sino la recreación de un sueño: el viaje de Trakl a Borneo. Hernández nos propone, así, un delirio —“un niño blanco montado en una salamandra púrpura”— o viaje en el que un Trakl sudoroso se mueve entre la revelación y la pesadilla.

Brillan mis huesos bajo el agua. El río despide una extraña refulgencia. Las tortugas de caparazón blando entrecierran los ojos y se impacientan. Conduzco lanchones hasta el océano. La luna no hace falta. Mis huesos son las cuentas. El río es el hilo del collar.

“El poeta no sólo era adicto a la cocaína: también lo era a la cobardía”, dice Hernández. De una manera poco usual, este libro termina siendo su retrato.

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