I
En el año 2001 salí con una chica de Coapa. Yo acababa de llegar a estudiar a la Ciudad de México y la urbe todavía se me presentaba fascinante y monstruosa, si es que acaso ambos adjetivos no sean la misma cosa. Decir que llegué al D.F. es, en realidad, engañoso: estudié en Atizapán y viví en Echegaray el primer año. Después me mudé a un departamento en la Concordia –la parte más alta de Lomas Verdes.

Todos los amigos que hice en aquel entonces eran de Naucalpan y alrededores y a mí me fascinaba, viniendo de una ciudad mucho más pequeña, esa frontera invisible que se formaba entre el D.F. y el Estado de México. “El amor termina en el Toreo”, dice el lugar común, pero pocas veces lo llegué a escuchar en la escuela o en mi círculo de amigos; generalmente lo decían con cierto desdén algunos defeños, como si el Estado fuera una extensión del HIC SVNT LEONES, es decir, lo desconocido o inexplorado.

Un fin de semana salí con algunos amigos en un antro del centro. Del lugar recuerdo poco, salvo que exigía ir de zapatos y camisa y en la entrada un par de pelafustanes vestidos de traje tenían como única responsabilidad levantar una cadena. Tomamos una mesa, pedimos una botella –habremos sido tres o cuatro– y nos pusimos a beber y platicar. No me juzguen: a mis diecinueve años era un escuincle de provincia tratando de encajar en el D.F.

La vi bailando y lo primero que pensé fue en Jennifer Beals en Flashdance, no tanto por el físico, sino porque llevaba un par de calentadores en las pantorrillas. Me acerqué. No soy uno de esos tipos capaces de conversar con una mujer en cualquier circunstancia, pero el alcohol adulterado me envalentonó y, haciendo acopio de todo mi carisma, le hablé. Entablamos un intercambio que podría calificarse más como un interrogatorio judicial que como una charla: ¿vienes mucho al centro? No. ¿Qué estudias? Marketing. ¿Te gusta bailar? Etcétera.

Hacía mucho ruido y mi trago desaparecía entre respuesta y respuesta. Empecé a sudar. Me pareció que la única salida honrosa a aquel partido de ping pong era pedirle su teléfono y vernos en otro momento. En medio de una de sus elocuentes intervenciones saqué el celular y le pregunté si podría llamarla e invitarla a salir. Seguro, contestó. Me dio su número y regresé a la mesa. Mis amigos me miraron como si hubiera sobrevivido a un naufragio.

Pasé el resto de la noche bebiendo y mirándola a lo lejos –a estas alturas parece obvio decir que mi experiencia con el sexo femenino era mínima tirándole a nula. Cuando salió del bar nos despedimos de lejos y poco después yo también me fui de ahí. De regreso cruzamos otra vez el Toreo, esa cúpula (ahora inexistente) que marcaba la frontera imaginaria entre una ciudad y otra. Pasaron unos días y le llamé: fue hasta ese momento que me enteré que vivía en Coapa.

II

“Coapa, donde la mujer es guapa y la que no, es naca”. Los chilangos han creado alrededor de los coapeños un imaginario quasi mitológico:  Chevys o Ibizas tuneados; copias de playeras Armani; música electrónica de tianguis. En medio de este lugar extraño el bazar de Pericoapa –o Perichaka– se levanta como un minarete de chácharas pirata. Otros lugares de la Zona Metropolitana sufren burlas similares que provienen de un centro amorfo y clasista, pero Coapa es particularmente denostado, como si ser hincha del América justificara tanta inquina. En todo caso, para cierto tipo de defeño, Coapa es el cruce entre la ostentación del mal gusto y el perreo.

No siempre fue así. Antes de ser parte de la Ciudad de México, Coapa era un entorno rural llamado Tochco. De acuerdo a Baltazar Gómez Pérez en su libro Rescate de la memoria histórica del pueblo de Santa Úrsula Coapa, su nombre actual se le asignó cuando el pueblo, posterior a la conquista, comenzó a rendir culto a la virgen de Santa Úrsula. Así, pasó a ser conocido como Santa Úrsula Tochco y, posteriormente, se convirtió en Santa Úrsula Coapa, gracias a que muchos de sus pobladores trabajaban en la Hacienda San Antonio de Padua Coapa. 

Coapa, por su parte, proviene de “coatl: serpiente” y “pan: sobre”. Su historia ofrece un símil al castigo bíblico de la serpiente: de ser una tierra edénica, productora de maíz y pulque, Coapa se convirtió, a partir de la segunda mitad del siglo XX, en un polo triste de la expansión citadina. La transición, primero, con la construcción del Estadio Azteca a principios de los 60 y, posteriormente, con los Juegos Olímpicos de 1968: Villa Olímpica y Villa Coapa fueron construidas para recibir a las delegaciones de deportistas y anexos en lo que, en aquel entonces, era el punto final de la ciudad –ir más al sur se consideraba salir a carretera. Concluidos los juegos, las villas fueron convertidas en condominios para una incipiente clase media. Jorge Ibargüengoitia, en su momento, escribió al respecto:

De no ser por la Olimpiada, es muy probable que a nadie se le hubiera ocurrido hacer casas en Villa Coapa, o bien, hubieran sido más caras. Hay que tener en cuenta que Villa Coapa está más o menos en el sur de la ciudad y es, por consiguiente, uno de los Paraísos Artificiales del DF. Muy pocas personas se han dado cuenta que el sur de la ciudad es tan inhabitable como el resto del país.

Pasarían, sin embargo, diez años más para presenciar el auge de Coapa: en 1979 abriría la famosa taquería Copacabana, que en 2019 cumple 40 años de alimentar a trasnochados. Tres años después aparecería el bazar Pericoapa y, en 1984, el América se coronaría campeón en un partido contra las Chivas. La zona vivió una expansión rápida, casi frenética, hacia el sur de la ciudad. Sobre su devenir actual, Irving Gatell, teólogo y uno de las primeros residentes de Villa Coapa, cuenta:

Coapa es una zona que parece copiada de Los Ángeles: tráfico insoportable, tiendas por todos lados, centros escolares que saturan el tráfico en las horas de entrada y salida de los alumnos, y el prestigio de ser la última parte ‘decente’ de la Ciudad (más al sur, Xochimilco, Tláhuac y Tulyehualco tienen la mala fortuna de ser considerados ‘pueblos’ tragados por la mancha urbana). ¿Queréis pasar una tarde del demonio? Venid a Coapa en horas comerciales entre el 12 de diciembre y el 6 de enero.

Coapa, serpiente, culebra, culey o feo. Si el nombre es destino, yo no me di cuenta: deposité en aquella geografía ignota la posibilidad del amor o, al menos, de un buen besuqueo.

III

En el mito griego, Orfeo, desconsolado por la muerte de Eurídice, viaja al infierno para recuperarla. Frente a Hades y Perséfone canta una canción tristísima que los conmueve a todos. “Llévate a tu mujer”, le dicen después de sonarse los mocos, “con la condición de que vayas delante de ella y no voltees a verla hasta que los rayos del sol hayan bañado por completo su cuerpo”. A punto de salir a la superficie, el babotas de Orfeo voltea y la pierde para siempre.

Hablé con mi chica coapeña y quedé de pasar por ella alrededor de las dos de la tarde. Google Maps no existía y tuve que tomar la Guía Roji para planear mi viaje: bajaría por Lomas Verdes hasta Periférico y de ahí seguiría hacia el sur hasta encontrarme con la salida a Canal de Miramontes. Anoté las instrucciones, me bañé y tomé las llaves del Chevy que me había traído de Tampico.

Nunca pensé que cruzar la ciudad a mediodía me iba a llevar casi tres horas. El tránsito era sangre coagulada y yo intuía que aquel cuerpo desahuciado iba a morir de un momento a otro, dejándonos detenidos en un embotellamiento eterno, como en aquel cuento de Cortázar.

Sus arterias, además, me acercaron a la cara del gandalla, definido por su capacidad de ganar la máxima ventaja en el mínimo espacio posible. Perdonar a un gandalla en el tránsito es fácil: una mentada de madre y ya está. El problema fue que estaba rodeado de  decenas de ellos: el trayecto se convirtió en un inventario de salidas y entradas en doble fila, cerrones, cláxones y un lindo etcétera. Aprendí rápido que el uso de las intermitentes es un error garrafal: el gandalla aprovechará tu naïveté para pegar su coche al que tiene enfrente, bloqueando toda posibilidad de cambiarte de carril. Para sobrevivir, entonces, el automovilista común se acostumbra a ocultar sus intenciones.

Hacía, además, un calor infernal. Compré una botella de agua a la altura de Legaria y la bebí como un desesperado. Dejé de lado la ontología del tránsito y me puse a pensar en por qué carajos creé, alrededor de un número telefónico, toda una serie de postales cursis en las que me enamoraba y era feliz en Pericoapa. A la distancia queda clara la respuesta: era joven e idiota y todavía no leía a Sartre.

A medio camino me dieron ganas de orinar. Agustín Yañez ofrece en Ojerosa y Pintada una maravillosa vista panorámica del D.F. a partir de una novela polifónica cuyo escenario es un taxi y cuyo protagonista atraviesa, casi como un fantasma, las alegrías y desdichas de la Ciudad de México. Yañez, sin embargo, omite mencionar algo fundamental que cualquier taxista conoce: el arte de mear en una botella.

Aguantarse las ganas es factible durante quince, treinta minutos, incluso una hora, pero hay un momento en que la sensación se vuelve insoportable. Tomé la botella vacía y me saqué el miembro en medio del tráfico, no sin cierto pudor: temí que alguna señora se asomara desde su camioneta y viera a un joven imberbe orinando en una botella. Si sucedió, no me di cuenta: me relajé y dejé salir el líquido, no sin salpicar un poco. En todo caso, fue un precio menor ante la dicha de liberar el exceso de líquido de mi vejiga.

Miré el reloj: habían pasado más de 90 minutos y todavía iba para largo. Llamé a mi chica coapeña y le expliqué que el tránsito era insoportable y que llegaría un poco más tarde.

Ok, respondió sin entusiasmo.

¿Qué quieres hacer?, pregunté.

No sé, cualquier cosa.

IV

Llegué tres horas después. Estaba sudado y con el coche salpicado de meados. Me bajé frente a un complejo de condominios y escondí la botella con el líquido amarillo en la cajuela. Estaba harto de manejar y tenía miedo que percibiera el olor a orina en el coche, así que sugerí que fuéramos a algún lugar cercano. Terminamos en un café a un par de cuadras de ahí.

Lo primero que hice fue ir al baño a lavarme las manos. Me miré en el espejo: había salido de Lomas Verdes con algo parecido a una esperanza y ahora estaba ahí para concretarla.

Pedí un té y ella un café con leche, ahora llamados latte. Conforme hablamos algo se fue derrumbando. “Primero se empezó a caer, y luego… ¡se cayó!”, le dice Millhouse a Bart cuando se derrumba la fábrica que tienen juntos. A media charla nos quedamos en silencio, incapaces de decir algo más que la ráfaga de preguntas y respuestas que soltamos, como si de contestar un cuestionario se tratara.

Tomé la taza de té entre las manos y me aferré al recuerdo de esos calentadores que me hacían susurrar she’s a maniac, maniac on the floor. Todo había sido bastante plano y yo había fallado en darme cuenta que no había misterio ni encanto y que lo único que teníamos en común había sido una noche en el Centro, un encuentro ridículo entre gente que le da por orinar en una botella en Periférico o llevarse calentadores a un antro.

Ella pretextó tener tarea o algún compromiso con su familia y regresamos caminando a su casa. Habría que vernos otra vez, dije penosamente, pero la sugerencia se ahogó en el aire a mitad de la frase.

Mi chica coapeña entró al condominio donde vivía. Hasta pronto, dijo al despedirse.

Me quedé parado en la calle, pensando qué hacer. No tuve ninguna buena idea: me subí al coche y regresé al norte, de vuelta a las mentadas de madre de Periférico.

V

Dice Borges que la imagen que tenemos de la ciudad es siempre anacrónica y, en el recorrido que narro, hay dos detalles extemporáneos: el domo de Toreo todavía existía y el horroroso segundo piso no nos había hecho renunciar a ver el cielo.

Meses o un año después volví a ver a la chica coapeña: oteaba ropa en uno de los muchos puestos del tianguis de la Lagunilla. Éramos los mismos o acaso no, pero noté que llevaba los calentadores de aquella noche y me acerqué. Me miró y la miré, pero no nos saludamos: dio la vuelta y se fue de ahí. Nunca más la volví a ver. A diferencia de Orfeo, pensé que era mejor así.

4 thoughts on “Orfeo en Coapa – Roberto Wong”

  1. Cuánto te llevo escribir esto Wong me parece muy divertido y no para reírme sino para disfrutarlo de seguro no había segundo piso o si ya había celulares por qué le llamaste como fue ese momento o de donde le llamaste ye

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