Dice Martín Caparros en el prólogo: “no queremos saber. Queremos, a lo sumo, informarnos —que con frecuencia es lo contrario”. Es una frase contundente para retratar lo que pasa con la mayoría de nosotros: nos quedamos en la superficie, en la comodidad de la tibieza, sin entender (qué palabra tan difícil) lo que en verdad sucede con las crisis migratorias alrededor del mundo.

Para poner en perspectiva: casi el 1% de la población mundial se encuentra en una situación de desplazo —el siglo XXI es el siglo de las migraciones forzadas. ¿Qué los llevó a esta situación? Desde América Central hasta Sudán se puede rastrear la misma respuesta: la guerra, la violencia y la miseria. El libro, así, intenta no solo articular las causas de estos flujos, sino también las rutas, los lugares de paso y destino de las personas que han emprendido la ardua tarea de reconstruir sus vidas en otro espacio.

Merodeo. Los niños acuden con garrafas amarillas a los puntos de agua habilitados en el campo. Me empiezan a perseguir. Intento despegarme de ellos, pero será un engorro hasta el final. Son los únicos que se alegran de que un periodista esté por allí. Las familias en general no quieren hablar, no quieren que se reconozcan sus caras, temen represalias del Ejército o de los rebeldes. Me topo con varias mujeres que discuten. Lo espontáneo del encuentro permite un acercamiento. Denuncian las condiciones del campo, señalan el suelo, se tapan la nariz por el olor de las aguas fecales. Sigo caminando. Me paro con una señora kurda de cuarenta y cuatro años, Saleha. Es viuda: su marido murió de un ataque al corazón. Está sola con su hijo de cuatro años. Tienen una olla de arroz que ella calienta con una estufilla. “Vinimos aquí por los bombardeos y los ataques de helicópteros. También porque soy viuda. Me iré a Turquía si mis familiares quieren”.

El libro es, ante todo, un retrato de las personas que salieron de Siria, Honduras o el Tibet —lo más importante, parece sugerir Agus, son todas estas vidas.

En Honduras la violencia es muy macaneada. Uno no puede trabajar tranquilo. Porque si uno con su esfuerzo y su sacrificio empieza a ganar su dinerito….

Esta son solo una de las decenas de historias que Agus retrata en el libro. Hay, además, datos duros, el rigor periodístico que nos ayuda a entender las magnitudes de los distintos conflictos de los que es testigo. Así, No somos refugiados es una oportunidad de acercarnos a las historias de aquellas personas que, un día, vieron destrozada su cotidianeidad. La esperanza, tal vez, es que podamos reconocernos en ese espejo.

Escucha también

Hablamos de este libro y otros temas relacionados a la migración en nuestro podcast:

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.