Ninguna cadena ligaba las desgracias de Cora a su personalidad ni su comportamiento. Tenía la piel negra y así era como el mundo trataba a los negros. Ni más, ni menos.

El ferrocarril subterráneo narra la historia de Cora y Caesar, afroamericanos que se escapan de una plantación de algodón en Georgia. La novela, escrita con cierto estilo anacrónico —lleno de digresiones, notas y explicaciones—, transita entre el horror de las plantaciones durante la época de la esclavitud —a un hombre le cortan los testículos y lo obligan a devorarlos antes de quemarlo vivo—y la súbita extrañeza de la protagonista al ser tratada como cualquier otra persona una vez llega a los estados libres del norte.

De una forma un tanto extraña, el libro no deja de ser un retrato del sueño americano: el triunfo ante la adversidad y la lucha del pueblo afroamericano por la libertad.

Ajarry murió entre el algodón, las cápsulas cabeceaban a su alrededor como las olas en un océano embravecido. La última de su aldea, cayó de rodillas en los surcos por un nódulo en el cerebro mientras le manaba sangre de la nariz y una espuma blanca le cubría los labios. Como si pudiera haber muerto en otra parte. La libertad estaba reservada para otros, para los ciudadanos de la ciudad de Pennsylvania que trajinaban miles de millas más al norte. Desde la noche que la raptaron la habían valorado una y otra vez, cada día se despertaba en el platillo de una nueva balanza. Si sabes lo que vales conoces tu lugar en el orden de las cosas. Escapar de los límites de la plantación suponía escapar de los principios fundamentales de tu exstencia: era imposible.

El título hace alusión a la compleja red de caminos y refugios secretos que posibilitaron la huida de esclavos hacia el norte de los Estados —se calcula que en la primera mitad del siglo XIX cerca de 100 mil hombres y mujeres de raza negra lograron escapar. En este contexto el libro, que a momento pareciera querer contarnos la historia de un personaje que se mueve entre cautiverio y cautiverio, se desluce por el panfleto que Whitehead escribe detrás de una historia lo suficientemente humana y sórdida como para valerse por sí sola. Aunado a esto, el retrato de Whitehead abusa de los estereotipos: los malos son muy malos y los buenos, valientes y honestos —esto es una exageración, por supuesto, pero tomemos a Ethel como ejemplo:

Desde que viera una talla de un misionero rodeado de nativos de la jungla, Ethel siempre había pensado que podría realizarse espiritualmente sirviendo al Señor en el África negra, iluminando a los salvajes.

Dicha construcción pretende ser una crítica (poco exitosa) al llamado “white saviour complex” americano. En todo caso, el hecho de que la novela ganara el Pulitzer y el National Book Award confirma que, en Estados Unidos, la lectura política del libro —“conquistar, construir, civilizar. Y destruir lo que haya que destruir. Para iluminar a las razas inferiores. Y si no, subyugarlas. Y si no, exterminarlas. Nuestro destino por prescripción divina: el imperativo americano”— es más importante que su calidad literaria. No debiera sorprendernos que el libro se transforme en película y gane un Oscar en cualquier momento (update: la convertirán en una serie de Amazon).

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