Lucas Pereyra, un escritor al borde del fracaso, viaja a Montevideo a retirar 15 mil dólares para llevarlos a Argentina —es durante el peor periodo del kirschnerismo, los días del tipo de cambio oficial y el dólar blue. El viaje, también, es un pretexto para la infidelidad: Pereyra aprovecha para buscar a una mujer apellidada ‘Guerra’ que conoció meses atrás. Todo termina mal, por supuesto, cosa que se intuye desde las primeras páginas. Si no es la sorpresa, ¿qué ofrece, entonces, La uruguaya? Diría que ciertas páginas llenas de melancolía y poesía, así como una estructura impecable —tampoco mucho más, aunque los elogios sean demasiado generosos.

Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea.

Leída así, bajo esta clave, todo el texto no es otra cosa que la búsqueda del aire que salve al protagonista de la asfixia —en otras palabras, una salida a la típica crisis de los 40.

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