Canciones Mexicanas – Gonçalo M. Tavares

La noche previa a leer Canciones mexicanas criticaba a mi país con la desesperanza acumulada durante los últimos años. El libro de Tavares es un homenaje a nuestro esperpento, un retrato del absurdo (¿del horrror?) en el que estamos sumergidos —en el libro transita esa energía oculta que conecta la historia y el presente; la realidad y la irrealidad; la violencia con la más pura ternura. Es un recorrido, sí, pero no turístico, al menos no de la forma que lo entendemos:

Calma, tranquilo, dicen, ¡que tiemblas mucho!, ¡estamos jugando a la ovejita!, solo estamos jugando, ¿de qué tienes miedo?, ¿si tienes tanto miedo por qué te pierdes, maricón?, me dan una chuleta enciman del pan, come, pequeñito, dicen después, y se ríen de nuevo.

El libro se construye de fragmentos en los que el narrador, un extranjero, va contando sus impresiones sobre México —conforme el libro avanza, el mezcal se entreteje junto a una canción desesperada. Eso tenemos los mexicanos: desesperación, desesperación y una risa cercana al llanto. Esta psicosis, llevada al absudo, la usa Tavares para sugerir que en México todos estamos locos —¿y si lo estamos? Tal vez Rulfo se equivocó y lo nuestro no sea un cementerio, sino un manicomio.

Dejo, a continuación, uno de los textos.

La Carrera

La ignorancia y estar perdido en la Ciudad de México hacen esto: uno corre mucho y después para y se siente la persona más leve del mundoy después la más pesada, como si el cuerpo cambiara de peso, como si lanzara kilos a la calle y después recogiera el doble, y delante de una niña que tiene la falda más corta del mundo pregunto dónde está mi hotel, ¿qué hotel?, pregunta la chica, hay miles de hoteles aquí, mi hotel, digo, y le entrego la tarjeta con el nombre del hotel, no lo sé pronunciar, qué nombre es ése, un nombre nativo; ella agarra la tarjeta, parece que la mira con curiosidad y después dice no sé leer, soy analfabeta, ¿no lo ves en mi cara?, me pregunta, y yo digo que no, que por su cara no veo que sea analfabeta, ella pone una gran sonrisa, le falta uno de los incisivos, chica sin diente incisivo en el lado izquierdo, peligro detectado, ell habla y me llega el mal olor y ya no quiero saber nada más de la chica con la falda corta a la que le falta un incisivo, sólo me queda comenzar a correr y ahí voy yo una vez más, hago grandes carreras por la Ciudad de México, de noche es eso lo que me aconsejan que haga, si corres mucho las personas no te siguen, ningún malhechor se va a poner a correr detrás de ti, no son locos, cuando agarran a alguien y le cortan el cuello lo hacen a paso tranquilo, a pasito, como dicen, nada de esfuerzos, quien tiene que cansarse es la navaja, es lo que me dicen, y por eso ahí voy, sintiendo el sudor ya en el culo, una sensación desagradable, demasiado frío en medio del calory de la confusión que tengo en la parte de arriba del cuerpo, un hombre cuando se pierde tiene que transformarse rápidamente en un travesti, me dicen, todos le tienen miedo a los travestis, son los más peligrosos, por eso si estás perdido finge que eres un travesti, incluso aunque no se te dé bien, pero no es posible, no tengo ropa ni me dedico a la causa, avanzo por las aceras, miro hacia todos lados, parece que ya reconozco las calles, tal vez el hotel esté después de aquella esquina, doy la vuelta a la esquina y el hotel no está, estoy perdido y ahora mismo en la calle a veinte metros, hay cinco mexicanos, ave maría, digo, madre de Dios, digo, sálvame, digo y avanzo y ellos avanzan, ave maría, digo, ave maría, responden.

 

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