Imaginemos una escalera eléctrica que desciende lentamente: es tan larga que no alcanzamos a atisbar el final. Conforme avanzamos, las luces comienzan a encenderse. El trayecto, contrario a cualquier película de terror, está lleno de luz. Y, pese a esto, no podemos evitar sentirnos incómodos. Hay algo perturbador, intuimos, que se acerca poco a poco. Mandíbula, de Mónica Ojeda (Ecuador, 1988), funciona de forma similar a este descenso.

La novela comienza con el secuestro de Fernanda por parte de su profesora de literatura en un colegio del Opus Dei. Para entender este momento hay que acompañar al narrador por la serie de situaciones que desencadenaron el secuestro: desde los trastornos psicológicos de Clara, su profesora, hasta los ritos de paso del grupo de adolescentes al que pertenece Fernanda. Conforme la trama avanza nos damos cuenta de que algo macabro se va tejiendo poco a poco: las acciones a las que Fernanda y sus amigas son afectas (llamadas creepypastas y que son, en resumen, historias de terror que comenzaron a surgir en internet en foros de aficionados) comienzan a contaminar la realidad.

La premisa no es trivial: en 2014, cerca de Wisconsin, dos chicas de doce años apuñalaron más de una decena de veces a una amiga suya. Según los reportes, lo hicieron con la intención de ganar la simpatía de Slenderman, un ser imaginario popular entre los aficionados a dichos relatos. De acuerdo con Alberto Chimal, «la característica que une a todas las creepypastas es su intención de sugerir, siempre dentro del planteamiento de su propia acción, que “podrían ser verdad”: que el material presentado es un documento auténtico, meramente hallado por quien lo publica».

La imaginación es real y Mandíbula se construye sobre esta idea. Annelise, uno de los personajes del libro, despliega una imaginación brutal de la que se desprende una mitología única en la que las creepypastas se cruzan con referencias a Lovecraft, Melville y otros autores. Así nace el Dios Blanco y sus ritos, «el dios-madre-de-útero-deambulante, la verdadera madre y origen de la leche», a nivel simbólico, una exploración de los terrores asociados a la adolescencia femenina y los episodios que plantea, por ejemplo, la primera menstruación.

A nivel estético, Mandíbula posee un estilo único que mezcla una voz poética con un registro urbano vivo; en este caso, el habla de un grupo de adolescentes de clase alta en Ecuador. Tal registro es una intención vital de la autora: su prosa es impensable sin esta exploración del lenguaje: «La poesía es un intento de crear la experiencia de lo que no puede decirse», escribe la autora en la novela. En lo formal, vale la pena reflexionar sobre la arquitectura de la novela. Mi mejor aproximación se vale de una imagen: Mandíbula es un cruce de calles, la intersección entre distintos movimientos —en Nefando, Mónica había propuesto un triángulo: cuerpo, lenguaje y virtualidad—. Madíbula sigue un esquema similar en el que las dimensiones de la trama se mueven entre el placer, el cuerpo, el dolor y el miedo. Como una red tetralobulada, estos temas se intersecan y crean nuevos conjuntos que crecen en complejidad: la adolescencia, la sexualidad, el lenguaje, la experiencia.

La siguiente entrevista se publicó, originalmente, en la Revista Quimera de octubre de 2018.

¿Cómo nace Mandíbula? ¿Le debe algo a Bataille y a su Historia del ojo?


Le debe a Bataille y a muchos otros escritores que reflexionaron sobre lo abisal en el sexo y en las relaciones humanas. Creo que, sobre todo, la novela le debe mucho a la poesía, que es lo abisal por antonomasia, al menos para mí. Escribo siempre impelida por un instinto poético, no puedo narrar de otra forma, así que Mandíbula empezó a gestarse en mi cabeza a través de ese instinto: tenía en mi cabeza cocodrilos, volcanes, paisajes del miedo y en donde surgen pasiones muy grandes. Escribí desde esas intuiciones.

En la novela contrapones dos grupos: por un lado están los profesores y, por el otro, las estudiantes. En ambos hay seis personas, aunque avanzan en direcciones distintas: las adolescentes intentan alejarse de la madre, mientras que Clara, la profesora, recorre el camino inverso. Al final, sin embargo, ambos se encuentran. ¿Cuál era tu intención al contraponer ambos grupos de manera tan puntual?

Me encanta cuando Lacan habla de la madre como la mandíbula de un cocodrilo porque es así exactamente como es la maternidad. Los cocodrilos tienen la mordida más fuerte del mundo animal y, sin embargo, guardan a sus crías en sus mandíbulas para protegerlas de los depredadores. Esa máquina para triturar se convierte en ese momento, también, en una casa. Una casa puede ser, entonces, una máquina para triturar y un hogar. Quería explorar ese aspecto de las relaciones entre madres e hijas, profesoras y alumnas No sólo la posibilidad caníbal del amor de una madre a su hija, sino también la posibilidad caníbal y destructora de la hija hacia la madre.

Internet es un espacio más en tus novelas: ya en Nefando nos habías sumergido en la deep Web y ahora nos llevas por el fenómeno de las creepypastas. ¿Por qué es importante para ti este territorio?

-He caído allí de forma accidental, digamos. O de forma natural. Internet es parte ya de nuestras vidas y si escribes sobre determinados temas es imposible ignorarlo.

Siguiendo con el tema de las creepypastas, el libro ofrece un compendio interesante. ¿Qué es lo que más te ha fascinado de ellas?


Soy una adicta al miedo. Me encanta el cine de horror y me gusta muchísimo la literatura de horror. Lo que me ha deslumbrado del mundo de las creepypastas es el cruce de formatos y de actividades que se gestan alrededor de estas historias: vídeos, imágenes photoshopeadas, canciones, fanarts, grupos en Facebook, etc. Y también que, al contrario de lo que muchos piensan, hay muy buenas creepypastas rondando por la red. Historias bien escritas y que te dejan los pelos de punta.

En la novela escribes: «Algo que no podamos hacer en ninguna otra esquina de este mundo», al referirte a los juegos que inventan Fernanda y sus amigas. Poco después mencionas que lo que buscan es «un exceso de experiencia». ¿Es la literatura, para ti, esa esquina, ese exceso?

Totalmente. Tengo que admitir que me gusta que la literatura me arrastre por fuera de mis propios límites. Me siento atraída hacia ese caos y descontrol porque es allí en donde encuentro a la escritura en toda su potencia y desnudez. En la literatura me permito ser salvaje, cosa que no puedo hacer en otros momentos.

El lenguaje es el perímetro que encierra la experiencia. Pero afuera hay cosas que a veces no podemos articular. Esto le pasa a Clara. Este, también, es un tema recurrente en tu obra: el lenguaje es insuficiente. ¿Proviene esta preocupación de tu labor y procesos como escritora?

Creo que siempre empiezo a escribir desde el balbuceo. Y me gusta, por más extraño que suene, que sea así. Me gusta sentarme a escribir sintiendo que quiero decir algo, pero que no sé cómo hacerlo o si podré hacerlo. Entonces, la escritura deviene en descubrimiento. Por eso, quizás, se termina colando como tema en mis novelas.

En una entrevista comentaste que el proceso de escritura, para ti, es también un proceso de autodescubrimiento. ¿Qué has descubierto de ti misma al escribir Mandíbula?

He aprendido a leer algunos de mis propios miedos en clave familiar. Siempre lo he dicho: la familia, a veces, es el monstruo debajo de la cama. Y nosotros somos el monstruo que está encima cubriéndose con la sábana.

En tu cuento «Caninos» mencionas que «el dolor puede ser luminoso». En Mandíbula exploras una idea similar: «Estar asustada te hace sentir muy viva y muy frágil». Pensando en Schopenhauer, ¿crees que estas experiencias límite, en concreto el dolor y el miedo, son positivas?

No sé si a la manera de Schopenhauer, pero sí, creo que en la agilidad está la fuerza. Hay algo muy potente en ser vulnerable. Hay una fortaleza que sólo llega a ti a través de la vulnerabilidad.

El escritor es un explorador y me parece que tus búsquedas son más bien descensos, a veces, a espacios desolados. Como escritora, ¿qué tan profundo estás dispuesta a descender?

La escritura es un espacio en donde no me pongo límites. Estoy dispuesta a ser muy vulnerable para ser fuerte y, si para ello tengo que ir hacia abajo, pues lo haré, con miedo pero con ganas.

 

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