Hace años me leí La vida interior de las plantas de interior y, cuando vi el libro en Casa Usher, me dio curiosidad regresar a los cuentos de Patricio Pron —que no había publicado desde 2013, fecha en la se editó el libro al que hago referencia. En Lo que está y no se usa nos fulminará pareciera que hay algo en el pasado de los personajes que se ha roto y buscan, de alguna manera, recuperar —el ejemplo más claro sucede en “Repetición”, un cuento en el que un hombre regresa a Brasil intentado reconstruir una parte de su pasado, un momento que intuye como una «bifurcación, (…) un instante en el que las cosas pudieron haber sido de otra forma, por completo distinta».

Finalmente lo encuentra. La puerta azul parece haber sido pintada en varias ocasiones, en diferentes tonos de azul; la suma de todos ellos recuerda imprecisamente al que tenía cuando Paulo asistió a la fiesta. Frente al galpón, el guanábano ha crecido y ahora proyecta su sombra sobre buena parte de la calle: en lo alto, comprueba, los frutos han madurado ya y cuelgan como animales moribundos.

En «Oh, invierno, sé benigno» sucede lo mismo: el narrador encuentra el hecho decisivo de su juventud pero no sabe explicarlo, tal vez porque no tiene explicación.

Repentinamente, lo envolvió la pesadumbre, cuando pensó en sus amigos solteros, que se prestaban a citas a ciegas o contrataban agencias matrimoniales o abrían perfiles en redes sociales de solteros y se enorgullecían de sus hallazgos. (…) ¿Qué había hecho durante todos esos años?, se preguntaba a veces: trabajar, encerrarse en su apartamento, salir con una o dos mujeres que algunos amigos habían creído perfectas para él y que tenían defectos evidentes, físicos y de carácter, que hacían imposible que lo suyo funcionase, masturbarse generalmente de madrugada, tratar de no sentir conmiseración por sí mismo y caer una y otra vez en ella.

En otras palabras, es una ilusión entender el pasado y pensar que tiene alguna relación con el presente. En “Las luces sobre su rostro” pasa algo similar: no solo el personaje regresa al pasado y recorre sus avenidas, sino que lo hace sabiendo todo lo que vendrá —un fenómeno que el escritor denomina como “determinismo” y que más adelante se asume en toda su dimensión borgeana:

Por fin comprende, pero no acepta, que la oportunidad que se le ha otorgado no consiste en vivirlo todo para no cometer los mismos errores, sino en vivirlo todo a secas, sin poder enmendar ningún desacierto.

Sí: es imposible entender el pasado, todavía más querer cambiarlo. Al final, acontece una certeza: todo es inútil, la futilidad es la condición primaria de la existencia.

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