Últimas tardes con Teresa puede resumirse así: un chico del arrabal conoce a una chica «pija» de Barcelona. El encuentro, por supuesto, no sucede en línea recta: el protagonista da un largo rodeo para encontrarse con ella. Tras múltiples paseos en moto y noches furtivas, la felicidad que tanto anhela termina por desvanecerse entre los dedos.

Allí, bajo las acacias suavemente teñidas de rosa, con la brisa de la madrugada despertando nuevas fragancias en el jardín, el joven del Sur abrazó y besó a la muchacha por última vez, furiosamente, como si se fuera a la guerra.

Hay algo perverso en la anécdota y, al mismo tiempo, tal vez sea esto el principal triunfo del libro: en el Pijoaparte vemos una transformación, no por amor, sino por sus propias ilusiones —“crédulo, miedoso y decoroso pretendiente, en una triste y estremecida sombra de lo que fue”. Ha caído en esa trampa por sí solo, por supuesto, pero ¿no podría leerse esta transformación como el paso necesario para convertirse en un ser humano? Tal vez no: la mirada del Pijoaparte, al cierre de la novela, no transmite nada salvo la sensación del animal al acecho.

Habría que reprocharle cómo Marsé deja caer con pesados movimientos sus largas descripciones, sus elipsis, sus epígrafes en cada uno de los capítulos, como si ese simulacro de una novela de Balzac fuera lo que valiera la pena de aquella intersección. Pero no. Lo que importa es otra cosa, algo que apenas y es posible encontrar entre tantas páginas: que el Pijoaparte es un cobarde y Teresa, por su parte, una curiosa —y, bajo cierta perspectiva, una turista de lo sórdido.

La serpiente, al final, termina mordiéndose la cola: Manolo, el trágico bribón, repite en su juventud el trauma que vivió de niño: es imposible escapar de la realidad miserable que lo rodea. Teresa, por supuesto, tarda poco en olvidarlo.

Fugazmente de acuerdo con el espíritu de cierto verano, vinculado por un brevísimo instante al vértigo de la seda y la luna, el sombrío rostro del murciano no acusó ninguna de estas noticias, ni siquiera aquellas que hacían referencia a Teresa: se hubiera dicho, pensó Luis Trías, que había venido buscando simplemente una confirmación a lo que ya sabía.

La vida y los amores son así: tibios y mediocres. Siendo así, habría que exigirle a la literatura algo más de fuerza.

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