La plaça del Diamant, escrita por Mercè Rodoreda en 1962, cuenta la vida de Natalia: desde sus penurias sentimentales con su marido, el prototipo del macho del siglo XX, hasta su lucha por sobrevivir durante la Guerra Civil española.

Tiene muchos aciertos, el primero acaso sea el tono naïve con el que la narradora cuenta su historia, un tanto ajeno a todo lo que le sucede («lo que a mí me pasaba es que no sabía muy bien para qué estaba en el mundo») y que sirve para realzar el efecto humorista y trágico de su matrimonio con el Quimet —un hombre, como muchos hombres, preocupado únicamente por sí mismo («me hizo pedirle perdón arrodillada por dentro por haber salido a pasear con el Pere, al que, pobre de mí, no había visto desde que reñimos»).

En este sentido, la novela podría leerse como el testimonio de una mujer bajo el yugo del machismo —por ejemplo, la siguiente cita se da después que Quimet, el esposo de la protagonista, decide montar un palomar en el techo de su departamento:

Solo oía zureos de palomas. Me mataba limpiando porquería de palomas. Toda yo olía a palomas. Palomas en la azotea, palomas en el piso; soñaba con ellas. (…) No podía decirle que sólo oía a las palomas, que tenía en las manos el tufo a azufre de los bebederos, el olor de las arvejas que resbalaban dentro de los comederos. (…) Y que todo había empezado porque yo había tenido que ir a trabajar a su casa, porque estaba tan cansada que no tenía ni aliento para decir que no cuando hacía falta. No podía contarle que no me podía quejar a nadie, que mi mal era un mal para mí sola y que, si alguna vez me quejaba en casa, el Quimet decía que le dolía la pierna. No le podía decir que mis hijos eran como flores mal cuidadas y que mi casa, que había sido un cielo, ahora era un batiburrillo, y que por las noches, cuando llevaba a los niños a dormir y les levantaba el camisón y les hacía ring-ring en el ombligo para hacerles reír, sentía el zureo de las palomas y tenía la nariz llena de olor de fiebre de paloma.

Además de su humor sutil, la novela está llena de rasgos costumbristas de la vida en Barcelona: desde los momentos de ocio y las fiestas populares, hasta la supervivencia durante la Guerra Civil. Con ésta, la historia da un giro hacia la tragedia: Natalia apenas si puede sobrevivir con lo poco que gana mientras que, en el frente, la muerte avanza poco a poco.

Por la tarde fui a ver a la señora Enriqueta y me dijo que ya habíamos dado un paso adelante y que estaba segura de que volveríamos a tener un rey. Y me dio media escarola. Y vivíamos. Todavía vivíamos. Y yo no sabía nada de lo que pasada hasta que un día la señora Enriqueta vino a decirme que sabía de cierto que había fusilado al Mateu en medio de una plaza y cuando le pregunté que en qué plaza porque no sabía qué decir, dijo que en medio de una plaza, pero que no sabía en qué plaza, sí, sí te lo puedes creer, los fusilan a todos en medio de una plaza. Y la pena tan grande no me salió de dentro hasta al cabo de cinco minutos y dije bajito como si se me acabase de morir el alma dentro del corazón, eso no…, eso no…

El final, sin duda conmovedor, nos sugiere que es posible sobrevivir, que es posible sobreponerse a la miseria espiritual, afectiva y econonómica, en síntesis, un gesto lleno de esperanza que redondea de forma magnífica el resto de la novela. Vale mucho la pena.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.