Retomo parte del ensayo “Droga, legitimación, literatura. Borges y el opio de Thomas de Quincey” de Jerónimo Ledesma (Universidad de Buenos Aires):

Si nos guiamos por lo que ya sabemos de la vida de Borges, debemos decir que no le interesaron las drogas. Si bien no podemos universalizar una declaración tan tardía como la que copiamos en nota al pie (1), ella encuentra eco en opiniones similares y no carece de representatividad. En el contexto de juventud, es decir, décadas del veinte y el treinta, la información sobre el consumo de drogas en vinculación con Borges no arroja resultados muy diferentes en cuanto a su interés, pero nos alerta sobre diferencias históricas que habría que investigar.

El primer trabajo importante sobre toxicomanía en nuestro país (Argentina), recordemos, es del mismo año que el primer poemario de Borges: de modo que a comienzo de la década del veinte, mientras Borges leía a De Quincey y escribía los textos urbanos de Fervor de Buenos Aires (1923) el legislador radical Leopoldo Bard reunía los materiales para su Los peligros de la toxicomanía. Proyecto de Ley para la Represión del Abuso de Alcaloides (1923), un trabajo que derivaría en las primeras prohibiciones legales de la venta de alcaloides en Argentina (Weissman, Sánchez Antelo, Fasano) (3). El hecho de que Borges consumiera cocaína trabajando en el diario Crítica durante la década del treinta debe ser compaginado con el nulo efecto, que según su propio testimonio, esa droga le habría producido, aunque la versión de Estela Canto difiera en este punto, como en tantos otros, de manera sugerente (4).

Como sea, los aspectos biográficos son menores comparados con el hecho incontrovertible de que su literatura se nos presenta libre de drogas, entendidas estas, si cabe, en sentido estricto, como lo que el Decreto 299/10 llama hoy, simplificadoramente, “estupefacientes”. Desde ya, podemos identificar intoxicaciones y delirios en sus textos, sólo que no suelen ser inducidos por ingesta de sustancias psicotrópicas. La fiebre, la enfermedad, el sueño, la turbulencia emocional, la experiencia religiosa, el disciplinamiento místico, la prisión, la ceguera, un acontecimiento fantástico o milagroso ocupan el rol atribuido por la toxicología a las drogas. Hay en “Emma Zunz” (1948), ciertamente, un barbitúrico, una “fuerte dosis de veronal” (BEC: 1015), pero cumple el papel homicida del veneno. “El Sur” (1953) es mejor candidato para una excepción a la regla, ya que en la alteración de la conciencia de Dahlmann, además de la “fiebre” que lo “gasta” tras el golpe con la ventana, interviene la inyección que le aplica un médico en el hospital (BEC: 916). Pero la relación entre las experiencias posteriores del relato y esta sustancia sin nombre es implícita y ambigua, por lo cual ese pinchazo de “El Sur” parece reafirmar –y subrayo parece– el lugar lateral o insignificante que en la literatura de Borges poseen los “estupefacientes”.

En todo caso, en “El Sur” la droga es un oscuro resorte –concedámosle ese función, por lo menos– para que se manifieste un destino soñado (“ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado” [BEC: 919]). Si incluyéramos bajo el rótulo “sustancias psicoactivas” también al alcohol, advertiríamos que el texto de Borges le concede a este brebaje, en variedades diversas (vino, caña, etc.), un espacio ficcional menos insignificante que a las drogas. Sin embargo, exceptuando la “caña de naranja” de “El Zahir” y el “pseudocognac” de “El Aleph”, el acohol borgeano es por definición “pendenciero”, porque cumple la función de incitar a la pelea y poner a prueba el valor de los hombres, como en “La intrusa” o “El muerto”. También en el ya citado “El Sur”: en el marco de ese delirio tal vez asociado a la droga, y como contraposición al destino deprimente de morir en un sanatorio por infección, vemos aparecer, como parte del delirio, ese mismo alcohol que pone “medio alegres” a los victimarios de Dahlmann, y al propio Dahlmann, quien acepta salir a la llanura a morir peleando. Este alcohol es el de la gauchesca y la literatura suburbana, que honra los valores del código heroico de la hombría.


1 “Si todos los países llegaran a ser de clase media –esa sería la utopía para mí– desaparecerían muchos males. En cuanto al alcoholismo, no lo entiendo; esperemos que desaparezca junto con las drogas. Yo con las drogas he tenido no sé si buena o mala suerte; he ensayado la cocaína tres veces seguidas y me di cuenta de que era lo mismo que tomar pastillas de menta. Posiblemente ocurra lo mismo con la marihuana y las otras cosas y la gente se dé cuerda…” (Vázquez: 227).
2 Por ejemplo, el 28 de diciembre de 1966 Bioy y Borges hablaron de escritores norteamericanos “entregados al alcoholismo”. Borges preguntó “¿Por qué hay allí tantos borrachos? ¿Por qué no consideran vergonzoso beber?”, ante lo cual Bioy le sugirió que la moda del acoholismo podía deberse, antes que al propio alcohol, a la literatura que hablaba del alcohol. La conclusión de Borges es característica: “En ese sentido, yo no soy muy sensible a la literatura… No creo que abunde la literatura del café con leche, de los huevos fritos. Tampoco me propongo iniciarla’”. (Bioy Casares: 1158). Véase también las referencias al actemín (283) y al opio (1526, 1528).
3 En la época el opio y la cocaína gozaban de una fama general, buena y mala, que se registra en los tangos, las crónicas periodísticas y las campañas de higiene (Saítta: 194-195). Fasano (2014) refiere, entre otros, estos títulos periodísticos ilustrativos: “Los fumadores de opio: el erotismo en plena La Boca” (La Época, 1916), “La cocaína está de moda” (Crítica, enero de 1923).

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