El complot mongol

Con «El complot mongol» arranca la literatura policial en México. En él, Filiberto García es convocado por el gobierno para investigar una serie de rumores que involucran a China con el posible asesinato del presidente de Estados Unidos y su contraparte mexicana.

Tal vez sea el indicado para esta misión, señor García. No le niego que es importante. Si manejamos mal las cosas, el asunto puede tener muy graves repercusiones internacionales y consecuencias desagradables, por decir lo menos, para México. Claro que no creo que suceda nada. Como siempre en estos casos, hay que basarse en rumores, en sospechas. Pero tenemos que actuar, tenemos que saber la verdad. Y la verdad que llegue usted a averiguar, señor García, solo podemos conocerla el Coronel y yo. Nadie más, ¿entiende?

A García —pistolero de la Revolución con un pasado lleno de horrores (¡pinche pasado!) y una pila de muertos detrás— lo ponen a trabajar con el FBI y la KGB para resolver el caso. Yuri Herrera, en el prólogo, lee la novela como el rito de paso entre las promesas de la Revolución y la corrupción del Estado Mexicano —decía Chandler que toda novela policiaca necesita un buen motivo y, en ésta, es el deseo de poder el que mueve la trama oculta.

Hay otros detalles que destacan: el “monstruo” que se enternece poco a poco por una mujer —dice Elmer Mendoza: “la promesa de una buena vida”—, la pecularidad del español mexicano que despista al gringo y al ruso, así como la triste actualidad de México como una fábrica de muertos. Vale la pena leer así —o releer— El complot mongol: como una excelente novela negra pero, también, como un documento de nuestra necropolítica, esto es, la idea de que para el poder unas vidas tienen valor y otras no.

Escuchen la conferencia de Ricardo Peláez y Paco Taibo II al respecto a la publicación de la versión gráfica de la novela:

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