Raymond Chandler

El sueño eterno es la primera novela de Raymond Chandler, publicada a sus 51 años. En ella, Philip Marlowe toma por cliente a un general retirado que ha recibido una nota de extorsión. Al investigar el caso —el crimen aparente es en realidad solo una puerta de entrada—, asesinan al extorsionador. Poco a poco todas las pistas llevan a algo más grande: la desaparición de Rusty, el esposo de la hija del general, un hombre al que el general le había cogido cariño.

La obra de Chandler ofrece un curioso giro a la novela policial: el detective, antes una máquina racional —pensemos en Poirot y, por supuesto, en Holmes— se convierte en en una brújula moral: solo él puede navegar la corrupción de la ciudad a través de algo parecido a la decencia —en algún momento le pregunta la hija del general a Marlowe: “¿De qué manera es usted honrado?”, a lo que él responde: “Dolorosamente”.

Así avanza nuestro detective: con un dolor moral en el costado. Hay algo en el género que me fascina: sus convenciones y cómo se subvierten todo el tiempo —el tipo duro muestra, en un destello, notas de ternura; el perseguido se vuelve el que investiga; el detective se convierte en el criminal, etc. En todo caso la premisa inicial que planteó Poe se respeta: lo extraño, lo misterioso siempre tiene una explicación.

Es posible físicamente –dije–, pero no moralmente. Sería aceptar demasiadas coincidencias y demasiadas cosas que no concuerdan con la manera de ser de Brody y de su chica, y que tampoco están de acuerdo con lo que se proponían hacer. Estuve hablando con Brody durante un buen rato. Era un sinverguenza, pero no encaja como asesino.

Lo que esto nos ofrece es una suerte de esperanza: el mundo y sus hechos pueden ordenarse y ser explicados. Tal idea es en verdad consoladora.

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