El maestro del juicio final – Leo Perutz

El maestro del juicio final, de Leo Perutz, es una novela curiosa, a caballo entre lo fantástico y lo policial. En ella, el barón Von Yosh, un militar atormentado por la pérdida del amor de su juventud, es testigo de una serie de suicidios que tienen como común denominador a un extraño personaje llamado “El maestro del juicio final”.

La cocinera intentó forzar la puerta, chilló, empezó a dar golpes, la patrona acudió en su ayuda y entre las dos consiguieron abrir. La habitación estaba vacía, pero las ventanas, abiertas. Desde la calle llegaba el griterío de la gente y entonces se dieron cuenta de lo que había ocurrido. Abajo, en la calle, había una multitud arremolinada en torno al cuerpo sin vida del oficial que se acababa de tirar por la ventana, apenas medio minuto antes. En su escritorio había un cigarrillo encendido.

La habitación cerrada, artefacto inventado por Poe, es el punto de arranque para el personaje principal, un barón que avanza a tientas entre las pistas dispuestas y sus propias inseguridades.

Me parece como si hubiéramos recorrido a tientas, paso a paso, con esfuerzo, un largo y oscuro corredor en cuyo final nos esperaba un monstruo blandiendo su maza amenazadora.

Pero el monstruo no es sino una falsa pista: en la segunda mitad de la novela la trama da un giro para terminar, fiel al género, con una explicación científica y racional —recordemos que el relato policial es, ante todo, una respuesta a la novela gótica: en él, la razón se sobrepone siempre a la superstición y lo inexplicable es arrinconado por la luz de la razón.

En este sentido, El maestro del juicio final no es diferente a otras novelas del género detectivesco —lo que la hace única, acaso, es otro detalle: la primera parte de la novela se centra en los titubeos del barón y su constante lucha entre el deseo y la acción, entre sus pensamientos y los hechos. Tal indecisión parece, a momentos, escindir al personaje, de forma similar al conocido Dr. Jekyll y Mr. Hyde (en cierto momento Perutz escribe: “llevamos dentro un enemigo terrible y ni lo sospechamos”).

El titubeo de Von Yosh lo sume así en una lucha metafísica de la que no logra sobreponerse: pese a resolver el misterio, su destino es ominoso —tal vez por esto diría Borges que Perutz es “una suerte de Kafka aventurero”. En otras palabras, es imposible escapar a la tragedia.

Como hecho curioso, Leo Perutz nació en 1882 en la Praga austrohúngara, en el seno de una familia judía de origen toledano que, hasta el siglo XVII, se llamaba Pérez.

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