Pasado perfecto – Leonardo Padura

Pasado perfecto es la primera novela de Leonardo Padura sobre el detective Mario Conde. A diferencia de otros personajes similares que viven, hasta cierto punto, fuera del “sistema”, Conde es parte del cuerpo policial de La Habana. La novela arranca con una llamada telefónica: ha desaparecido un importante jefe del Ministerio de Industrias. La historia, como sucede en estos casos, no empata, pero lo interesante no es el crimen, que es trivial, sino el universo de personajes que se despliegan en una Cuba febril, suspendida entre la nostalgia y un presente amenazante.

El Conde miró con una nostalgia que ya le resultaba demasiado conocida la Calzada del barrio, los latones de basura en erupción, los papeles de las pizzas de urgencia arrastrados por el viento, el solar donde había aprendido a jugar pelota convertido en un depósito de lo inservible que generaba el taller de mecánica de la esquina. ¿Dónde se aprende ahora a jugar pelota?

La singularidad de la novela reside en describir una realidad que se desencanta de las falacias prometidas por la Revolución —en otras palabras, el crimen es un mero pretexto para decir lo que todos los escritores quieren decir sin saltar a la disidencia abierta.

En lo formal, Padura conoce todas las convenciones y honra al género de diversos modos. Un ejemplo: Conde no solo es lector, sino que desea convertirse en escritor —a diferencia de Carvalho, que quema sus libros en el fuego. Tal vez en esto reside el éxito del detective de Padura, en una sensibilidad que otros no poseen.

Asimismo, Padura le hace un guiño a Montalbán: el detective Mario Conde siempre tiene hambre.

El almuerzo era la compensación y la gran ventaja de trabajar los domingos. (…) Aquel domingo habían preparado un arroz con pollo tratado con consistencia de paella, caldoso y pesado, de un amarillo leve y perfumado. Además, los plátanos maduros fritos y la ensalada de lechuga y rábanos completaban una oferta que cerraba el arroz con leche bien rociado con canela para el postre. Incluso el yogur era de sabor y había para escoger: fresa o piña.

Acaso las tramas de Padura no sorprendan demasiado, pero sus libros poseen en sus situaciones y lenguaje algo que quizá trascienda al género mismo: vida. Las novelas de Padura están vivas, y tal vez por esto sean tan memorables.

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