Apuntes de la vida cotidiana no. 280718

Llegaron, como legión, a saquearlo todo.

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Alguien, a la distancia, solloza. La ceniza, lo único que nos queda, todavía está caliente.

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Metemos las manos en ella y nos frotamos la cara y el pecho. Luego, formamos pilas con nuestros muertos y les prendemos fuego —nuestros cuerpos, se cree, pertenecen al cielo: hemos de partir, siempre, en forma de humo.

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Nos pusimos de pie al sonido de sus trompetas. Sus caballos bufaban, daban de coces al suelo. Los más jóvenes no sabían que llegaría este momento. Los más viejos deseaban, solamente, que fuera el último. Los demás apretamos los dientes.

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Llovió. Es mal augurio: los que se han ido no podrán descansar —han caído de nuevo a la tierra, en nuestra lengua, el lugar que te ata los pies.

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De pie: así recibimos la tormenta.

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Alguien, en medio de aquella masacre, comenzó a aullar. No era un grito de rabia. Tampoco de dolor. Parecía la melodía perfecta para acompañar aquella danza. Nada más.

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Entonces se fueron. Tras de sí dejaron estos rostros cubiertos de ceniza y el viento cargado de electricidad.

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Cuando la lluvia pase habremos de emprender nuestro camino, esto es, las huellas de sus caballos.

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Hasta que nos volvamos a encontrar.

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