1.

Regresas a Ámsterdam. En la víspera recuerdas una charla que tuviste con un amigo durante tu primer viaje hace cinco años. Hablaban de hongos alucinógenos y él te contó una historia muy extraña: un amigo suyo, años antes que tú y él se encontraran platicando en esta ciudad, comió unos hongos asiáticos que tenían un dragón en la envoltura. Pagó y, junto a un grupo de amigos, fueron un parque cercano «para estar en contacto con la naturaleza».

El tipo en cuestión se comió su dosis y poco a poco comenzó a sentirse atrapado dentro de una naranja. A ti la idea te dio risa, pero tu amigo prosiguió con una seriedad que asumiste como falsa o excesiva. «Entonces», continuó, «comenzó a gritar, a correr tratando de escapar». Los que estaban con él –tu amigo no detalla si él se encontraba ahí o no– lo persiguieron, pero no demasiado rápido: también habían comido la misma droga y estaban casi noqueados. El hombre atrapado en una naranja se angustió a tal grado que continuó corriendo y salió del parque a una avenida. Un auto lo encontró de frente y lo atropelló.

Pensaste en el sentido moral que se escondía detrás de la historia y te dio pereza. Como tu amigo se quedó callado, te sentiste obligado a preguntar lo obvio: ¿y qué le pasó? Se encogió de hombros: «se fracturó un brazo y una costilla solamente».

2.

Recuerdas que te contó esa historia porque ese día compraste unos hongos similares, aunque no logras acordarte si tenían un dragón o no en la envoltura. No supiste si te lo dijo como nota cultural o como un intento para disuadirte. Como hubiera sido, te los comiste. Sabían a tierra o a corcho. Recuerdas la sensación de movimientos, texturas y sonidos que se superpusieron a lo que te rodeaba, pero nada más. De ese Ámsterdam no queda sino el recuerdo de tus pupilas dilatadas y la imagen de una pared que no dejaste de mirar durante una hora.

3.

El segundo viaje termina y conservas unas cuantas memorias apresadas en fotografías. De regreso a casa cuentas tus experiencias y narras algunos detalles de la casa de Ana Frank, el Museo de Van Gogh y el Mercado de las Flores, cosas que no viste en tu primera visita y que nada tienen que ver con hongos ni accidentes ni naranjas.

4.

Años después eres viejo y no has vuelto a ver estas fotos. Por un azar –una naranja, un portobello– ambos viajes regresan y se tejen en tu memoria, atrapándote dentro de un espacio indefinido: el ayer o dos ayeres como gatos acariciándose entre sí. Te preguntas si esta sensación tiene o no relación con la historia que vagamente recuerdas y si, en todo caso, no es sino el desenlace de esa anécdota absurda que, años después, encuentra finalmente una conclusión.

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