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En Lucca hay una torre en cuya cima hay un árbol. El pequeño jardín de encinos domina el paisaje y recuerda otros tiempos: en Lucca se reunieron Julio César, Craso y Pompeyo para firmar el triunvirato. De aquel asentamiento romano quedan solo ruinas: la ciudad ha sido saqueada y reconstruida en innumerables ocasiones. Así, la Torre Guinigi es ante todo un símbolo: el de la vida y sus ciclos. Es interesante que, en Italia, muchos campanarios están separados de la iglesia. Tal es el caso de la Torre de Pisa, situada detrás de la catedral. En la cima hay siete campanas, una por cada día de la creación, afinadas en la escala musical. La famosa inclinación sucedió durante su construcción debido a malos cimientos y un suelo demasiado blando. Llegó a tener 5.5 grados de inclinación, aunque al día de hoy tiene 3.99 gracias a un equipo de ingenieros que logró restaurarla en la última década del siglo XX. Se dice que Galileo Galilei, nacido en Pisa, arrojó de la cima un par de balas de cañón de diferente peso para probar que la masa no afecta la velocidad de caída, aunque la única fuente de esta historia son las memorias de su secretario personal, Vincenzo Viviani. Hace unos años se prohibió a los turistas pisar el pasto colindante de la catedral, pero esto no ha evitado que sigan buscando la famosa foto en que parecen empujar o detener la torre. Me he encontrado con un ejemplar de la traducción de Pedro Páramo al italiano. "Venni a Comala perché mi avevano detto che mio padre, un tal Pedro Páramo, abitava qui." La catedral de Santa María del Fiore mezcla el gótico con el renacimiento italiano. Se comenzó a construir en 1296, pero no fue sino hasta 1436 cuando se finalizó la estructura principal, incluyendo el domo —la fachada tomaría otros 400 años en realizarse. Dedicada a la virgen María, la catedral está llena de motivos relacionados a su vida y la pasión de Cristo, por ejemplo, la primera puerta de izquierda a derecha representa la Caridad de la Madonna. Encima, entre los nichos de los doces apostoles, está la virgen con el niño. Tal vez lo más impresionante sea el domo: hecho de mampostería, es más alto que la estatua de la libertad y pesa más que un buque promedio. Obra maestra del Renacimiento, su construcción todavía plantea preguntas y misterios, por ejemplo, cómo es que logró ser construido sin apoyo de técnicas modernas o, siquiera, de soportes de madera. Si algo tiene la Toscana es armonía y precisión: el paisaje parece cortado a tijera, arboladas y viñedos están dispuestos como si se tratara de un collage. Las mejores vistas suceden al atardecer, cuando la luz inunda el paisaje y llena los viñedos de tonos dorados. La belleza es inalcanzable, pero al menos aquí parece ser un poco más asequible. "Gender as it functions today is a grave injustice. I am angry. We should all be angry. Anger has a long history of bringing about positive change. But I am also hopeful, because I believe deeply in the ability of human beings to remake themselves for the better. 
But back to anger." 👏🏼

Daniela

El sueño comienza con un hombre avanzando en el sentido opuesto a una multitud. Frente a él está el Monte Fuji, el horizonte envuelto en llamaradas gigantes.

Daniela habla con entusiasmo, agita las manos. Cuenta de los ríos de gente que escapan del infierno, del hombre que se detiene en medio de un puente a admirar el baile del fuego sobre el Monte Fuji.

Entonces una mujer dice: la planta nuclear ha explotado.

El rostro de Daniela está lleno de pecas que a Enrique le gustaría contar una por una, pecas que, a su manera, explotan también entre sus gestos: el residuo del big bang, rice krispies sobre el suelo.

Japón es tan pequeño que no hay escape.

Alguien mira su celular: es hora de ir a clase. Levantan sus mochilas y salen de la cafetería. Un par se despiden mientras caminan en dirección contraria. Daniela extiende la mano y sonríe. No sabrá que Enrique, esa misma noche, se masturbará imaginándola sobre él con esa misma sonrisa, sonrisa de ojos entrecerrados, como manga japonés. Él quiere decir algo, no de esto, sino de la película, pero otro se le adelanta.

–¿De qué año es?

–Creo que de los noventa.

Continúa diciendo cómo escapan los delfines, menciona el cielo cobrizo que se extiende por kilómetros, humaredas rojas, amarillas y moradas que tienen nombres de Pantones.

–Pantone 527. Cesio 137.

En el salón, la profesora ha comenzado a escribir nombres en el pizarrón. La mayoría de ellos están muertos.

–¿Me prestas la película? –pregunta Enrique.

–Claro, te la traigo mañana.

Una hora después la clase termina y Daniela sale más rápido que el resto. Para Enrique el día ha terminado. Camina entre los pasillos de la universidad y se siente extraviado, como un turista en medio de una estación de trenes. Sonríe. La imagen es graciosa porque Enrique nunca ha estado en una. Hablar de películas seguro le ha hecho pensar en esto.

Esa noche la sonrisa de Daniela lo acompaña en sus fantasías. Tiene una idea: meter sus dedos índice y medio en su boca. Mientras lo hace, ella acompaña el gesto con la misma sonrisa de esa tarde, una sonrisa que lo rodea hasta que ella, en un grito, anuncia algo que termina pero que en realidad empieza: la certeza de otro cuerpo, una necesidad por acercarse.

Enrique limpia su mano y su vientre con papel higiénico que tira después en el bote de basura del baño. Es cómodo tener un baño en su habitación, como cómodo también resulta salir, bajar las escaleras y tener la cena lista. Son cosas que no piensa. ¿Por qué pensar en lo que se da por hecho? Daniela, por el contrario, es una historia distinta, algo que todavía no tiene al alcance de la mano.

La sirvienta lo observa: tiene la mirada perdida en algún lugar del refrigerador. ¿En qué piensa? En el pelo de Daniela como cerillo recién encendido. Pero no podría responder si se le preguntara, más bien lo siente como un escozor en la punta de los dedos. Toma un cuchillo y con la mano izquierda sostiene el sándwich mientras la derecha dirige el filo hacia el pan. El acero no encuentra diferencia entre su piel y la harina. Enrique siente el ardor, pero la sangre se cohíbe, como si alguien la hubiera anunciado y ella, tímida, tomara un momento para decidir salir.

El rojo sobre el pan le hace pensar en la bandera de Japón. ¡Mierda! Voltea a su alrededor pero no hay nadie. La sirvienta seguramente se ha ido a ver la televisión.  Su mundo es muy cómodo, ¿por qué la sangre? No la necesita, no existe más que por el Pantone que la representa y del que no recuerda siquiera la clave.

Regresa a la habitación y pone el dedo en el chorro del agua. Toma un curita y envuelve su dedo: las volutas de sangre se han ido como cabellos por el lavamanos. La noche lo cerca: ¿hay aventuras para él allá afuera? ¿Qué vivirá Daniela detrás de las paredes que los separan? Pasa la hora siguiente buscando algo que se acomode a esta pregunta: Ginger, pero Ginger Lynn es rubia. Red headed. Las imágenes chocan, revientan en gestos parecidos al dolor. Los gemidos de las dobles de Daniela se pierden en ecos que nadie en la casa escucha.

Al mediodía siguiente se encuentran de nuevo en la universidad. Ella alza la mano como si fuera a responder una pregunta importante y sonríe: ¡Enrique! De su bolso extrae la película y se la entrega. Enrique lee el título y ve un arcoíris en un campo. Tiene un pensamiento hermoso que no sabe cómo expresar, algo que resulta de la triangulación entre ella, su sonrisa y la portada de la película.

Al llegar a casa descubre que no es una sino muchas, cada una un fragmento del entusiasmo de Daniela. La película no le gusta, entiende poco, o nada, de lo que está pasando, eso que sucede en la pantalla pero también dentro de él. Piensa en parar la película. El cine debiera ser algo que se disfruta, se repite. Mira el reloj: es jueves y algunos de sus amigos están de fiesta. Falta una hora para que termine la peli. ¿Qué hará? Intuye que si la acaba, esas imágenes que verá pensando en ella y que ella vio pensando en otra cosa un día los conectarán, hablarán a los dos en los mismos términos. Daniela como la mujer en la tormenta de nieve. Daniela danzando en el huerto de los duraznos o, más adelante, siendo consumida por la radiación.

El temor nuclear tan démodé, el mensaje de que el hombre está acabando con el planeta. Eso no es cierto. O tal vez sí, pero ya nadie habla de esto.

Cierra los ojos y los vuelve a abrir después de unos segundos. Le ha dado sueño. Cuando regresa la atención al televisor se da cuenta que un hombre camina entre la niebla. ¿Quién es? Eso no importa: está solo. Cuatro minutos después sigue solo. La atención de Enrique coquetea con el teléfono mirando si acaso tendrá algún mensaje que lo saque del tedio. En la pantalla aparece otro hombre. O demonio. Tiene un cuerno en medio de la cabeza.

¿Vas a venir o qué?

No contesta a sus amigos. Han aparecido unas flores amarillas de la nada.

Ya pedimos una tella.

Son dientes de león gigantes.

Enrique responde con una serie de mensajes que terminan en el momento en el que el demonio lleva al hombre a una colina. Al pie, un grupo de actores gritan y se revuelcan alrededor de charcos de sangre. Corrige: si son actores, simplemente es agua teñida de rojo. Los hombres aúllan, gruñen, y a él todo esto le causa desconcierto. La cámara hace un breve acercamiento y por un momento sus gestos le hacen pensar en los actores porno al momento del orgasmo.

Algo lo amenaza. Es el demonio, por supuesto.

El protagonista escapa y el sueño termina.

¿Cuál es la conclusión?, se pregunta. Dientes de león monstruosos. Cuerpos en sufrimiento. Escapar de los demonios. Las imágenes se repiten como un malestar mientras maneja a encontrarse con sus amigos. Lo que sigue es obvio: alcohol, tropiezos, sílabas arrastradas.

–¿Qué estabas haciendo?

–Viendo una película.

Pero no dice de qué. Tampoco le cuenta a nadie al día siguiente lo que sueña. La universidad está calcinada. Alguien, tal vez él mismo, menciona: la planta nuclear ha explotado. Poco importa: mira su reloj, tiene que ir a clase. El cielo es gris y la vida está en blanco y negro. La ceniza se extiende como infinita nieve, se levanta mientras arrastra los pies hacia el salón de clases. Le sorprende lo pálido que están todos con los que se encuentra.

Habría que entender cómo se tejen sus sueños. La mano de Daniela que lo toma y lo sacude. Es una sobreviviente, como él. Enrique quiere sacarla de ahí, ¡olvida las clases!, grita, pero ella comienza a besarlo. Mientras le quita el pantalón, arriba el cielo se ve hostil, las nubes se agitan como una canasta de serpientes.

–Daniela…

Pero Daniela está ocupada y Enrique se deja hacer. No está seguro aún de que esto sea un sueño y si lo es, no le importa, Daniela tiene su boca donde él siempre la imaginó. No le extraña que sea así: era cuestión de tiempo, piensa. Mete sus dedos en el cabello de Daniela y arden: es como hundir las manos en un pastel hirviente. Sus dedos se deslizan entre la carne, asen el cráneo, pedazo rugoso de hueso que levanta de una Daniela fundida como un pedazo de cera.

Al día siguiente la resaca es terrible.

–Ten –le dice a un compañero de clase–, dásela a Daniela.

Camina al estacionamiento dispuesto a irse.

¡Enrique!

Voltea. Su cabellera en llamas ilumina los pasillos de la universidad como si fuera la única mujer de un mundo recién muerto.

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