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"Moving on, as a concept, is for stupid people, because any sensible person knows grief is a long-term project. I refuse to rush. The pain that is thrust upon us let no man slow or speed or fix". Esta novela de Max Porter es especial. Por un lado, hace converger al poema y la prosa de una forma ágil que confunde los límites entre ambos géneros. Por el otro, retrata el dolor de una familia que pierde a uno de sus miembros —si algo nos enseña Porter es que el dolor reside en las pequeñas cosas, por ejemplo: los niños, para evitar la culpa ante el avance del olvido que empieza a arrancarles los recuerdos de su madre, olvidan a posta 'cosas' de su padre; o bien, el padre recuerda una noche juntos en la que bebieron Prosecco y parece gritar, desesperado, 'I want to be there again. Again, and again.' Encima de esto la novela incorpora un Cuervo, una alucinación o entidad que añade vida al relato y lo convierte en algo más que un hombre hecho un ovillo sobre el suelo. Con un ritmo rápido y distintas profundidades, 'Grief is the thing with feathers' es una novela que no dejará al lector indiferente. ***
Duele la situación en México, recuerden que pueden donar a la Cruz Roja desde amazon.com.mx. Si han estado en San Francisco tal vez hayan visto diversos murales con osos azules, trabajo de Sirron Norris. La primera vez que me topé con su obra fue en Mission District, en la esquina de Valencia con Clarion Alley. Norris tiene un problema con que se le etiquete como 'street artist' o 'graffiti artist': "One is totally different than the other. One is relatively ephemeral, usually the subject matter is limited, it probably doesn’t have a narrative at all, and it can be done at a large scale in under an hour. That’s graffiti art. It’s not expected to last. Everyone just expects it to go away. Murals tell about people’s histories, murals have a huge history in San Francisco, murals are painted with a brush, and murals take months to create". Si bien Norris reconoce la génesis latinoamericana del mural, su propuesta no está apegada a ella, más bien es una mezcla entre pop y graffitti (pese a que no le guste el mote) con el objetivo de recuperar el espacio público: "A lot of the houses were getting tagged and taken over by gangs (Mission District), so murals were created out of necessity to beautify the community. It made the community feel safer for children. Even though the neighborhoods might have been dangerous, people still wanted their kids to feel safe". Dentro de esta visión el oso azul nació como una representación del amor y la desilusión (to be blue, en inglés, es sinónimo de estar triste). Este árbol es "Teneré", obra de Zachary Smith y el despacho holandés Studio Drift. Fue exhibido por primera vez en Burning Man 2017 y tiene 175,000 LEDs que funcionan como hojas, lo que permite programar múltiples patrones en su follaje, como se aprecia en el video (el algoritmo que controla la iluminación de los LEDs imita el vuelo de los pájaros y recopila información kinética de las personas alrededor). El nombre "Teneré" significa "desierto" en tuareg, y simboliza una acacia que creció 400 kilómetros lejos de cualquier otro árbol en el Sahara. "Este árbol solitario solía ser uno de los símbolos más fuertes de la vida, floreciendo en las condiciones más adversas", explicaron los artistas, ya que el árbol original no existe más —en 1973 un camión lo derribó, siendo reemplazado por una escultura metálica y depositándose el original en el Museo Nacional de Níger. Hay veces que uno se encuentra con libros olvidables. Cuando esto sucede, ¿por qué continuar leyéndolos? Tal vez por la fatua esperanza de que algo sucederá que nos hará cambiar de opinión —mecanismo similar al que nos ata a una relación tóxica o sin amor. Otra respuesta la da Tim Parks en su ensayo Why finish books?: "son solo los jóvenes, vinculados aún a esa sensación de logro o hazaña inculcada por padres ansiosos, quienes continúan leyendo aunque no haya gozo". Bueno, pues así con este libro. Fui a Burning Man otra vez. La metáfora usual del festival es la del fénix, pero hay otra que me parece más interesante y está reflejada en uno de los principios del festival: "leaving no trace". En un mundo donde todo apunta hacia la inmortalidad —las calles, los monumentos, las obras, el Internet— es refrescante construir y destruir una ciudad en una semana, dejar aquel desierto atrás como si nunca hubiéramos estado ahí. Acabo de regresar a Barcelona después de algunas semanas fuera. En mi primer día, por azar, he parado en la Casa Vicens, una casa modernista construida entre 1883 y 1885 por un Gaudí de 31 años. Esta sería su primera construcción en Barcelona y pertenece a su etapa orientalista, piedra de toque, por decirlo así, de lo que sería su estilo posterior. Aunque ahora está en medio de la ciudad, Gracia era en aquel entonces una villa y ésta, una casa de campo.

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**He actualizado este ensayo a partir de una nota de Vivian Abensushan. Pueden leerla al final del texto**

Casa tomada

El hogar se ha convertido en el espacio donde conviven nuestras fantasmagorías, donde la técnica habilita las ausencias. Basta con entrar a Internet para que una legión de presencias nos invada. Valeria Luiselli, en Papeles Falsos, escribe:

En nuestras casas, sobre todo si vivimos solos, nos acecha el imperio expansivo de Google y, a través de éste, la encrucijada de las compañías fantasmagóricas de todos nuestros conocidos lejanos.

Ante esto, la alternativa reside en la creación de intimidades en espacios ajenos (ídem):

Lo que tienes que hacer es salir de aquí lo más posible. Regresar sólo a estudiar y a comer, y nunca a dormir, porque a medida que uno va pasando noches en casas distintas –recámaras, pensiones, hoteles, cuartos prestados, camas compartidas–, conoce un poco más y tal vez más profundamente su intimidad.

Tiene razón. Salgo de la casa a deambular por las calles de la colonia Roma y me doy cuenta de que, en realidad, no sé de qué escapo. Me siento como Irene y su hermano en Casa tomada:

Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

–Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Alguien ha tomado la parte del fondo de mi cabeza.

Coachsurfing

Hace poco me inscribí a Coachsurfing, un servicio en Internet que te permite hospedarte con un anfitrión a ningún costo. La página depende de la buena voluntad de las personas y es una excelente manera de conocer gente de otros países o ciudades.

Un par de meses después de afiliarme, recibí un fin de semana a un tipo de Tijuana. Me llamó la atención que llegara prácticamente sin equipaje –traía consigo una maleta diminuta donde no cabía más que un cambio de ropa–, pero fuera de esto, su estancia no tuvo nada de particular: era un tipo educado, con una plática relativamente interesante. Cuando partió –había venido al DF por trabajo y pronto regresaría a Tijuana–, lo olvidé.

Pasaron unas semanas y volvió a mandarme una petición para quedarse en mi casa de nuevo. En aquella ocasión tenía que salir de viaje, por lo que denegué su solicitud. Un mes después me mandó otro mensaje: volvería al DF a realizar otros trámites y se preguntaba si podría quedarse conmigo.

Dejé sin contestar su petición y, el fin de semana previo a que supuestamente llegara, lo vi en una plaza comercial cerca de mi depa. Entendí de inmediato lo que estaba pasando: el sujeto en cuestión vivía en el DF pero buscaba otros lugares dónde dormir. Uno puede especular las razones por la que esto sucede: una pareja abusiva, la imposibilidad de comprar un espejo para rasurarse, la ausencia de agua caliente, la presencia de espíritus chocarreros; en todas estas, el común denominador es el mismo: salir de casa, evitar dormir ahí.

No volví a recibir al tipo de Tijuana, pero ahora que escribo esto, me hubiera gustado preguntarle si leyó, en algún momento, a Valeria Luiselli.

El spleen

Es verdad, le digo a Valeria dondequiera que esté, que los artilugios de los que ahora disponemos nos ayudan a crear nuevas incertidumbres –el teléfono móvil, o su versión vitaminada, el Smartphone, es el peor de ellos–. No es un fenómeno, sin embargo, de nuestro joven siglo –Valeria me escucha muy atenta–: ya Borges, en 1961, al escribir un prólogo sobre la obra de Macedonio Fernández, comenta:

La vida pastoril en un territorio casi desierto nos había enseñado a los argentinos el hábito de la soledad sin el tedio; la televisión, el teléfono y, ¿por qué no decirlo?, la lectura, tienen la culpa de que hayamos desaprendido ese precioso don.

¡Es el spleen el que nos agobia!, y recuerdo entonces que de esto también acaba de escribir Luigi Amara en La escuela del aburrimiento:

Pienso en el ritual del zapping, por ejemplo, en esa hilera un tanto obscena de canales de televisión que no consiguen atraparnos, por los que salta el dedo pulgar con desgana, casi por automatismo, como si recorriera las teclas de un piano infinito al que no logramos arrancarle la melodía que esperábamos. ¿Y no es también, en alguna medida, la definición secreta de internet? ¿No refleja el temblor, el estremecimiento a la vez banal y apabullante, de escribir una palabra, cualquier palabra, en sus motores de búsqueda?

Hago una pausa, desconcertado. ¿No estoy yendo a ningún lado, verdad? Ambas ideas me parecen claras y se conectan de manera natural: buscamos esos fantasmas porque el tedio nos aqueja. Yo mismo lo compruebo cuando regreso a casa: escribo estas palabras en ropa interior, sentado frente a la computadora, mientras entro a Facebook para enterarme de lo que les pasa a otros:

Nueva imagen copia

Ese fragmento de vida sin duda acentúa el fracaso.

Casa habitada

Trato de llegar al meollo del asunto y regreso hasta Frankestein, a uno de los encuentros entre el Doctor F. y el monstruo:

Vuelve a suceder como ya sucedió: el ángel caído se convierte en un demonio. Hasta los enemigos de Dios y de los hombres tienen amigos y compañeros en su desolación. Yo, por el contrario, estoy solo.

Yo también estoy solo, y para cubrir esa soledad no hago más que transcribir las ideas de Valeria. Lo que a ella le favorece, a mí me provoca un insomnio terrible, como en ese poema de Francisco Segovia:

Y yo estoy sentado al borde de la cama

oyendo cómo a ti te sopla suave y en silencio el viento

que a mí me ha desvelado

—a medias dichoso y a medias desdichado.

                                                                                              Casa Habitada

Desilusionado, pienso que al común de las personas solamente nos es dado encontrar tres o cuatro ideas a lo largo de nuestra vida. Son conclusiones tan fuertes que se repiten en muestras charlas, en nuestros escritos, como si únicamente estuviéramos avocados a esos temas. En Los ingrávidos, novela de Luiselli posterior a Papeles falsos, la protagonista comenta:

Cuando dormía en camas ajenas, dormía profundo y me levantaba muy temprano la mañana siguiente. Me vestía rápido, me robaba alguna prenda –toallas, sobre todo, que olieran rico, o camisetas blancas– y salía a la calle de buen ánimo. Compraba un café para llevar, un periódico, y me sentaba en algún lugar muy público y en plena luz del día a leer. Lo que más disfrutaba de dormir en camas ajenas era precisamente eso.

Me pregunto lo que yo haría con un espacio ajeno –al día de hoy, lo único que tengo es un departamento rentado en la colonia Roma, donde duermo, defeco, escribo, como, me baño, tengo sexo con mi novia, veo la televisión, duermo otra vez–. El componente que Luiselli atomiza para construir estas intimidades en otros sitios es el sueño, el descanso –tal vez, con excepciones, ir al baño–. Suena padre, pero me entran dudas. ¿Cuántas camas ajenas necesito para empezar? ¿Puede ser el sofá de un amigo? ¿Es necesario que sea el de un amante? ¿Se vale llevarse una muda de ropa? ¿Una pijama? ¿Es lícito si pago por la cama?

Pienso en lo que me gustaría hacer una vez que esté ahí; por ejemplo, tener un cepillo de dientes. Veo mi escritorio: una laptop, libros, post-its pegados en la pared, un diccionario y una harmónica y escribo: intimidad: influjo personal sobre el espacio. Imanes sobre el refri, carteles de películas en las paredes.

No, no, no, me dice Valeria.

Tal vez pienso la intimidad como una cosa muy diferente, respondo. No me interesa conocerme, me interesa la intimidad del objeto, que las cosas que me rodean hablen por mí –nada más alejado del nosce te ipsum, por supuesto–. Quiero contarle de la harmónica M. Honner que tengo, por el centenario de la Independencia, pero me interrumpe:

El lugar común te acecha, responde con tristeza.

Los fantasmas

Nos gusta pensar en los fantasmas como presencias que ocupan lugares que no les corresponden, como espíritus que invaden nuestros hogares y que, al menos en las películas de Hollywood, siempre tienen intenciones malignas. No pensamos lo mismo de las ideas que nos invaden  –fantasmas también– y se alojan en nuestra cabeza como quistes, como inquilinos ajenos con los que, extrañamente, hemos decidido sentirnos cómodos. La idea de Valeria resuena, me seduce, al tiempo que persiste una sensación de incomodidad: no puedo escribir de esto, no puedo repetir lo que ella ya dijo –ataque del pundonor, palabra tan bonita–. Carlos Díaz Dufoo hijo escribió:

El diario suplicio de la idea prestada. La diaria fatiga de la idea que se presta.

Pienso en Sísifo y Prometeo: la repetición es un sinónimo del infierno.

El arte de repetirnos

La conclusión pareciera ser obvia: salir, escapar de los fantasmas, convertirnos en un flâneur y asumir su espíritu romántico. Pero, ¿qué hacemos con las ideas de los otros?

Vago por las calles dictándole a mi celular estas preguntas. Conjuramos la presencia de otros, anoto, porque hemos olvidado el arte de la contemplación. La melancolía es una forma del miedo a la obscuridad.

Pienso, de nuevo, en Macedonio Fernández. Borges cuenta:

En Macedonio hallé otra cosa. Era como si Adán, el primer hombre, pensara y resolviera en el Paraíso los problemas fundamentales. La erudición le parecía una cosa vana, un modo aparatoso de no pensar. En un traspatio de la calle Sarandí, nos dijo una tarde que si él pudiera ir al campo y tenderse al mediodía en la tierra y cerrar los ojos y comprender, distrayéndose de las circunstancias que nos distraen, podría resolver inmediatamente el enigma del universo. No sé si esa felicidad le fue deparada, pero sin duda la entrevió.

Intimidad en espacios ajenos: salir, encontrarse en otros. El camino inverso también es una fórmula: regresar, olvidar a los otros. Pienso en Bartleby, por supuesto, pero también en Oblómov, que se publicó tres años después en Rusia. O, poco más de un siglo después, El hombre que duerme, de Perec.

Instalado en la inmovilidad de Internet, busco “intimidades en espacios ajenos” y el segundo resultado se titula Harlem Shake y el espíritu de nuestro tiempo[1]. El resto son canciones y notas dispersas. Intento sobre otra línea: recuerdo, o creo recordar, un movimiento en Alemania donde la gente renta la habitación de un hotel, un hostal, o simplemente se van a casa de un amigo, para seguir viviendo la misma ciudad –yendo a trabajar, al gimnasio, a cenar– desde otro sitio, desde otra perspectiva, pero de esto tampoco logro encontrar algo. Me detengo un momento en Los no lugares de Marc Auge: el encanto de todos los lugares de la casualidad y del encuentro en donde se puede experimentar furtivamente la posibilidad sostenida de la aventura, el sentimiento de que no queda más que “ver venir”–, pero las reflexiones se desvían en un momento a otros temas.

¿Habrá escrito de esto Torri, Elizondo, Novo? ¿O tal vez algún francés: Voltaire, Barthes, Camus? ¿O algún griego? Probablemente sí, pero qué importa: tal vez Macedonio tenga razón y la cita sea un fracaso del intelecto.

La esencia onírica del Ser era uno de los temas preferidos de Macedonio, pero cuando yo me atreví a referirle que un chino había soñado que era una mariposa y no sabía, al despertar, si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre, Macedonio no se reconoció en ese antiguo espejo y se limitó a preguntarme la fecha del texto que yo citaba.

Epifanía

No son dos caminos, sino uno: repitiendo voces que no son nuestras es que encontramos nuestra propia voz. Lo que tienes que hacer, me dijo Valeria ya con unas chelas de por medio, es vivir con los fantasmas, volver a decir las cosas para que alguien más las escuche por primera vez.

Arborescencia de ideas: crear con ellas una habitación y compartirla.

Luigi Amara apoya y cita a Bonifaz Nuño: lo mismo, pues, pero diferente.

Me quedo callado, tratando de entender lo que quieren decir, reorganizando definiciones.

Ensayo: un viaje.

Ensayo: antología de fantasmas.

Ensayo: entarimado de ideas.

Doy un trago a mi cerveza.

Colofón

He encontrado en el libro Una habitación desordenada de Vivian Abenshushan este apunte contingente. Los fantasmas también se comparten entre los amigos:

Dormir en una cama ajena nos otorga contornos más rotundos: lejos del amable hueco de nuestra almohada, lejos de las hendiduras de la costumbre y la falsa seguridad de los pliegues, ninguno de nuestros miembros escapa a un instante de incomodidad. Por eso, deberíamos dormir en hoteles de paso o albergues miserables dos o tres veces al año. Como Ulises, volveríamos así renovados a nuestros lechos de palo.


[1] Entrevista a Jorge Majfud que gira, inconscientemente, sobre el tema de este ensayo: con vasta frecuencia, los “amigos” acuden a esos espacios virtuales con una necesidad de exponer sus intimidades o sus banalidades diarias, mientras “espían” las intimidades y las banalidades ajenas.

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