La fantasía de desaparecer. Perros escribe: “Nada resulta tan divertido como la suerte reservada a los hombres empecinados en esconderse, en escapar del prójimo. Ni Valéry ni Rimbaud ni Lawrence se hubieran dado a conocer de una manera tan universal ni tan rápida, si lo hubieran querido. Joven a la búsqueda del gran renombre, imítalos. Y si no vienen a buscarte, no llores por triunfar donde el genio fracasa”. Cierto. En otro sentido, tengo ganas de esconderme dentro de una roca y que nadie me moleste. Tener que llegar a un destino y no hacerlo: faltar al avión, evitar tomar el tren, tomar un autobús a otro lugar, escapar. En carta abierta al futuro pienso que llegaré a los 40 años con un par de cosas: un hijo, dos, tal vez, y algunos libros de los que me avergüence. Supongo que en ese momento me daré cuenta que ya nada queda más que repetir las fórmulas de los hombres, los lugares comunes y los mismos aprendizajes a los que todos les damos vuelta: nada vale la pena, nada es tan importante. Tal vez ese día compre un boleto de avión y decida irme –a la chingada, ese lugar tan mexicano- a otro país, un lugar con agua donde nadie me conozca. Dulce fantasía, el olvido.

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