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Charles-Edouard Jeanneret, mejor conocido como Le Corbusier, fue un arquitecto Suizo-Francés, pionero de la arquitectura moderna en Europa —hay que recordar que el sistema europeo era el clásico y la reconstrucción post-Segunda Guerra Mundial abrió en Europa la posibilidad para otro modelo para la arquitectura. Dicho esto, para Le Corbusier el arquetipo a mirar era Estados Unidos: grandes piezas de concreto, rascacielos, autopistas, lugares de automóvil como parte del diseño citadino –en su libro "Hacia una arquitectura" de 1923 hace constantes referencias al auto como ejemplo de un nuevo mundo y, por extensión, de la nueva arquitectura que él buscaba. No sólo es símbolo de modernidad y progreso, sino que moldea la forma de la ciudad al integrar vías de circulación rápida: una ciudad construida para la velocidad es una ciudad construida para el éxito.

En Firminy, poblado cerca de Lyon, Le Corbusier construiría Firminy Vert, un conjunto arquitectónico que consta de una unidad habitacional, una iglesia, un estadio y una casa de cultura. El sitio ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad y refleja bien los principios de Le Corbusier: 
a) un edificio levantado sobre pilotes 
b) Un marco estructural formado por columnas y vigas
c) Paredes externas acristaladas
d) Un plano abierto flexible (sin muros de carga) que se puede adaptar de acuerdo con las funciones del edificio y sus cambios
e) Una terraza que actúa también como jardín y área común

Un lugar, sin duda, impresionante. Los puentes de Calatrava son de lo más célebre de su obra —están en Venecia, Barcelona, París, Mérida, Sevilla y, próximamente, Londres. En la foto se aprecia un detalle del puente Assut de l'Or de Valencia, un atirantado que cruza el Jardín del Turia. Es curioso que el grueso de la crítica se centre en el balance entre eficiencia y estética (por ejemplo, está cita de una nota de El Español: "La imagen y la voluntad de destacar prevalecen sobre la eficacia estructural y económica del encargo"), como si al tener que escoger fuera preferible siempre la primera. Julián Herbert se ha aventado un librazo con Cocaína —pienso en paralelismos con Denis Johnson y "Jesus' sons", por ejemplo. Si la literatura usual sobre las drogas gira alrededor de los excesos o la redención, en este libro "la blanca" funciona como ruido de fondo, estática que sirve para entender la derrota, rayas "que rehabilitan ante este pasón de simple vida". De todos los textos destaca "Soñar el sol", cuento vampírico, de los mejores que se hayan escrito en México. Es raro Calatrava. Más allá de la polémica —los fraudes, los materiales de baja calidad junto a la poca predictibilidad de sus presupuestos, su mal temperamento, etc.—, su obra parece querer alcanzar un futuro que nunca llegó. En otras palabras, envejeció mal: así era como imaginábamos el futuro hace 20 años. La Ciutat de les Arts i les Ciències parece un conjunto estetizante, esterilizado incluso, donde la arquitectura aspira a la pureza en medio de un mundo impuro. El fracaso de esta ambición es obvio: la eterna obra negra (el Ágora sigue inacabada), el óxido, la pintura descarapelada, etc., no hacen más que evidenciar la entropía que se apodera de cualquier sistema, incluso aquellos que cuestan más de mil millones de euros. Calatrava Drogotá, de Marc Caellas, es un libro mutante, a momentos ensayo, crónica y novela pero, también, carta de amor. ¿A quién? A Drogotá, por supuesto, siempre a un paso entre la dicha y la desdicha. El libro comienza con el fragmento de una carta que Burroughs le escribe a Ginsberg —"Bogotá está en una meseta rodeada de montañas. (...) sientes el peso muerto de España, sombrío y opresivo"— y continúa a través de las obsesiones y recorridos del autor por esa ciudad de todos. La mayor parte del texto, sin embargo, se mueve entre dos polos: la hipocresía moral y económica contra el consumo de drogas y, por el otro lado, el paseo —como el flâneur, Caellas avanza sin prisa y sin ruta fija. La técnica lo acerca al rumbero, aquel que sabe perderse en la fiesta (Caellas dixit). En este espacio es donde suceden los desencuentros, acaso la parte más entrañable del libro: "La mujer que canta hizo sus escenas con un entusiasmo a prueba de resentimientos hasta que, en la última función, en la escena en que canta desde un balcón a capela, terminó su interpretación con un corte de mangas seguido de un 'hijo de puta, esto es para ti'". Decía Gabriel Ferrater que la poesía era eso: momentos en la vida de un hombre ordinario. Esos momentos, añade Caellas, llegan en la voz de un recuerdo que es, al mismo tiempo, fantasma y emoción; lenguaje, pero también silencios.

Los-que-duermenEl libro Los que duermen me ha sorprendido gratamente. Descubierto a partir de una presentación casual que se dio en el sitio donde tomo un taller, el libro consta de 15 cuentos donde hay una profunda búsqueda intelectual hacia diversos temas: la historia, el tiempo, el lenguaje, la realidad, el futuro, por mencionar algunos. El primer cuento de la notable selección, Cuaderno de Bitácora, habla de una sociedad donde el comercio es a través de las palabras:

Consideran que, de entre todos los patrimonios humanos, es con mucho el lenguaje el más valioso y útil, por lo que los biroches exigen que las palabras sean tasadas como una mercancía más, e intercambiadas y vendidas de tal manera que los compradores puedan hacer uso de ellas.

El lenguaje como preocupación y materia de la literatura. En este blog se había reseñado un libro de Auster con una preocupación similar, y lo cierto es que Gómez Bárcena, a través de este libro, entra en diálogo con un conjunto de escritores cuyas preocupaciones intelectuales son las que rigen su narrativa, y donde tal vez el caso más conocido para Latinoamérica sea Borges. En otro texto, La leyenda del rey Aktasar, las indagaciones del autor nos llevan a cuestionarnos mito e historia, así como la génesis de la religión -¿existimos porque hemos sido soñados por los dioses, o los dioses existen porque nosotros los soñamos?-.

La cercanía del autor con la Historia lo lleva a establecer un diálogo interesante con momentos como la Segunda Guerra Mundial, o la caída de Troya. Verdad – mentira, ficción – realidad, son algunos de los binomios que se exploran con excelentes resultados. Se agradece, además, lo pulcro del lenguaje, y un grado elevado de maestría en la construcción del entramado literario. Gómez Bárcena posee una sólida fundación, que hace de Los que duermen un libro interesante y harto disfrutable para aquellos interesado en este tipo de literatura.

Se extraña, sin embargo, una mayor profundidad al abordar la experiencia humana. Las preocupaciones intelectuales en la mayoría de los textos rara vez aterrizan en retratos humanos que nos hagan experimentar emociones tangibles. No hay sensualidad, no hay amor, no hay odio. Salvo el cuento “Las buenas intenciones” (a mi juicio, uno de los mejores textos), al autor le gana el intelecto sobre el corazón. Georges Hyvernaud dijo, en algún momento: “Hay dos clases de escritores: los que van de la literatura a la vida y los que van de la vida a la literatura. Los que no salen de la literatura, ésos no cuentan”. En este caso, Gómez Bárcena se queda en un punto intermedio en conectar la vida a sus preocupaciones intelectuales. Definitivamente Los que duermen es un gran título, pero un mejor balance entre cuentos como Las buenas intenciones y La leyenda del rey Aktasar nos permitirían vislumbrar que el autor no ha vivido solamente en sus construcciones mentales, sino que se ha permitido, a partir de ellas, interesarse plenamente en el hombre y su naturaleza (como nota al pie, alguien que lo ha hecho bien en este sentido es Kurt Vonnegut).

Si lo encuentran, cómprenlo, ya que además es parte de la colección de Salto de Página, editorial independiente enfocada en nuevos talentos. Para otra reseña, pueden consultar Crónicas Literarias. Una entrevista con el autor puede leerse acá.

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