Manu y yo guardamos un voto de silencio. Llego a casa en la noche y ella espera en la puerta. Abro y no dice nada, tan solo me mira, con la tristeza de sus pupilas dilatadas. Me cambio y luego voy a la cocina. En un plato rojo le sirvo sus croquetas. Mastica. Yo me sirvo un plato de cereal y me siento en la mesa. No prendo la televisión. De fondo se escuchan nuestros dientes chocar contra el alimento. Cham cham cham. Crack crack. Leo un rato, me levanto y me lavo los dientes. Luego regreso a la cama. Me acuesto tratando de abarcarla toda, aunque es inútil. Manu entra en medio de la oscuridad y se sienta en la misma esquina de siempre. Olisquea un poco la ausencia y luego se comienza a lamer, en un ritual que empieza en la barriga y termina en las patas. Cuando despierto ya me esta esperando frente a la ventana, atenta a cuando entre en la cocina de nuevo a servirle sus croquetas. Y así otra vez. En todo este tiempo no ha dicho nada. A veces abre el hocico y emite apenas un susurro de maullido, pero luego se arrepiente. Yo le correspondo, inútilmente. En esta casa ya no hay nadie que escuche los silencios.

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